El olor del jardín aún flotaba en la mañana cuando Lucius abrió los ojos confundido en su cama. No era el perfume dulce de las flores, ni tampoco el aroma exquisito de Elara lo que estremeció su piel sino algo distinto: el vacío. Elara ya no estaba a su lado y su ausencia era como un dolor físico. El cuerpo de ella, que durante la noche había sido fuego y ternura en sus brazos, había dejado una huella tibia en las sábanas ahora vacías. Se incorporó lentamente, su instinto advirtiéndole que algo estaba mal, podía sentirlo en el rugido de su sangre en el estremecimiento de su piel. La casa estaba demasiado silenciosa para su gusto. Demasiado quieta. Aun con las cortinas cerradas, percibía el día detrás de los muros como un intruso. “Está fuera en el jardín, seguro”, se dijo a sí mismo. Así

