—¡Ya nos vamos! —grita Erica desde las escaleras. Tenían como diez minutos esperándome para irnos a ver el ansiado derbi.
Hoy era el partido que paralizaba a Madrid en el campo rival y no estaba preparada para combatir toda esa plaga. Pasé la noche en vela, debido a que mi pesadilla había vuelto y uniéndose a eso, lo de Samuel, pero ya me había tomado tres cafés y me encontraba bien.
—Váyanse si quieren. Me falta mucho.
Menos mal y la uruguaya había traído su coche. Vuelvo a mi habitación para terminar de alisar la mitad de cabello que me faltaba y aplicarme un poco de maquillaje para cubrir mis lindas y notables ojeras.
Llevaba puesto mi par favorito de vaqueros ajustados con las rodillas desgarradas, las típicas Adidas SuperStars y la camiseta de la temporada pasada, obviamente con el dorsal de mi hermano. Además, llevaba mi amuleto de la suerte, que es un collar con el número siete, regalo de cumpleaños de Samuel Nuñez. Hablando de cumpleaños, mi sobrina hermosa, Mía, cumple dos añitos hoy y lo celebraremos luego del partido.
Agarro mi bolsa y tiro dentro el pase que me dieron las chicas, dinero, maquillaje y mi móvil. Corro por las escaleras, agarro las llaves del coches de Adrien de la mesa y por fin salgo.
Intento llegar rápido al estadio, pero el tráfico estaba horrible, que es algo común, pero en un día de derbi se notaba mucho más.
—¿Aló? ¿Camz? ¿Ya estás en el estadio? —me pregunta mi hermano al contestar mi llamada. Nunca me contesta, así que esto es un milagro.
—Necesito saber donde estaciono tu coche, estoy a tres cuadras del estadio —digo rápidamente, tratando de que sus gritos fueran menores al escucharme, pero no lo logro.
—¿¡Qué!? ¡Mi pobre bebé! ¡Mon dieu! —Adrien empieza a murmurar algunas maldiciones en francés—. Dios, ¿qué hice para merecerme esto? Yo he sido un muy buen samaritano y tú...
—Adrien Dupont, ¿me vas a decir o lo dejo tirado a dos cuadras? —lo interrumpo, harta de sus quejidos.
—¡Camile Sophia Dupont Lopes!
¡Que ni se te ocurra! —alejo el móvil al escucharlo murmurando cosas en francés de nuevo.
Creo que fue Jorge, quién le gritó algo como "Venga macho, deja de susurrar cosas en francés que me tienes loco y dile de una puta vez, hombre". Suelto una carcajada y Adrien parece volver a la realidad.
Llego al estadio tras un par de minutos de haber cortado la llamada y por fin dejo el "bebito lindo" de mi hermano en donde me indicó. Faltaba una hora para el partido, pero nunca me había gustado llegar tarde.
Muestro el pase en la puerta que encontré fácilmente, pero cuando estaba adentro no sabía por donde coño caminar. Es la primera vez que venía a ver un partido en los palcos del estadio del rival.
—¿Estás perdida? —un marcado acento español llama mi atención y me volteo asustada, llevándome tremenda sorpresa.
—Eh, sí. No tengo ni idea de don-nde quedan los... palcos —respondo tratando de estar tranquila.
—Sigue derecho y al final vas a ver unas escaleras a tu izquierda, las subes y eureka —el chico me señala el camino con una gran sonrisa, que hizo que sonriera con él.
—Muchas gracias y disculpa la molestia —empiezo a caminar por donde me había indicado. Tengo que huir antes de que me desmayé.
—¡Espera! —grita y me detengo para verlo corriendo hacía mi.
—¿Qué?
—Se te cayó esto —alza su mano y el pequeño siete da vueltas en el aire.
—Dios, muchas gracias, en serio. Es mi vida esto —murmuro al tener el collar en mis manos. Me hubiera muerto si lo hubiera perdido.
—No hay de qué. Por cierto, me he dado cuenta, en este minuto de conocerte, que agradeces más de lo que deberías —susurra riéndose.
—Me enseñaron que es de bien nacido el ser agradecido —respondo ante su observación. La sonrisa en su cara se ensanchó más—. Me tengo que ir, muchas gracias.
—Illa, déjame presentarme. Soy Francisco, bueno, Isco, Isco Hernandez —extiende su mano con una bellísima sonrisa en su rostro. ¿Acaso nunca deja de sonreír?
—Sé quien eres —él se ríe y yo suspiro. Si supiera de mi fanatismo.
—Una del Dportivo sabe quién soy y no me mira asqueada o me golpea, eso es nuevo —murmura y rio al imaginarme algo así.
—No te confíes que todavía estoy a tiempo.
Él mira hacia abajo y yo sigo su mirada, confundida. Descubro que todavía tiene su mano extendida hacia mí, que pena doy.
—Ay, lo siento, así soy. Mucho gusto, soy Camile —por fin tomo su mano y él la besa, haciéndome sonrojar—. Camile Dupont.
—¿Dupont? ¿Eres familia de Adrien? —interroga, aún tomando mi mano.
—Soy su hermana —le contesto riendo.
—Te seguí en i********: hace...
—Hace dos semanas —suelto interrumpiéndole y él suelta una risita.
—Fue un gusto conocerte, pero estoy llegando tarde y el mister va a matarme, capaz ni salga de titul...
—¿Qué haces aquí todavía? Tienes que ir a jugar —agarro sus hombros, intentando que se diera vuelta, pero él ni se inmutó.
—Vale la pena si me quedo —me guiña un ojo y yo bajo la mirada.
—Bueno, a mi sí me están esperando arriba, así que...
—Ojalá podamos vernos luego, Mini Dupont —Isco se deshace de nuestro agarre y empieza a caminar sin dejarme de mirar. ¿Cómo me llamó?
—¡Nos vemos, Francisco! —grito cuando veo que estaba a punto de cruzar a otro pasillo.
Sonrío como idiota y sigo el camino que me indicó, temblando como una gelatina. Y así, por fin, pude encontrar a las demás.
—Con que por fin llegas —me regaña Sofía, cruzándose de brazos.
—Una reina nunca llega tarde, simplemente todos los demás llegan temprano —recito la famosa frase de la película que protagoniza Anne Hathaway de Disney.
—Ya, en serio, ¿por qué tardaste tanto? —inquiere Bea.
—Me perdí, ya saben —les comento haciendo un movimiento raro con las manos, tratando de descartar detalles.
—Dudo que sea eso, porque cuando Bea preguntó, sonreíste como idiota. ¿Qué pasó, Camile? —ahora pregunta mi cuñada, quién se da cuenta de todo. No sé como diablos lo hace.
—A veces odio que seas tan observadora —la señalo y ella se encoge de hombros con una sonrisa triunfadora.
—Me encontré a alguien en el camino. Adivinen quién, no mejor, yo les digo —todas me miran raro al ver mi alegría—. Me encontré con Isco.
—Ala ala, ¿Isco, Isco Hernández? —dice Bea.
—¿El Isco que te gusta? —cuestiona Sofía.
—¿El malagueño? —habla Erica.
—Ese Isco, me iba a dar algo —les cuento prácticamente llorando de la emoción—. Es tan guapo y me llamó Mini Dupont y puedo morir en paz.
Luego de haberles contado la historia con detalles y alguna que otra lloradera de Mía porque quería palomitas de maíz, el partido comenzó.
La primera parte fue algo peleada y trabada en el mediocampo, pero el Madrid FC tuvo más ocasiones claras que no llegaron a finalizar, gracias a que el portero estaba donde tenía que estar.
Durante el medio tiempo, aprovechamos para sacarnos fotos e ir a buscar las deseadas palomitas que quería Mía y mini pizzas, porque teníamos un hambre increíble.
En el comienzo del segundo tiempo ambos equipos salieron con todo. El Deportivo tuvo más oportunidades que en el primer tiempo, pero el Madrid seguía igual de fuerte. Hasta que en el minuto 53 marcó el delantero estrella del otro equipo, tras un gran centro por izquierda.
—No me jodas, no me jodas —resoplo acomodándome en el asiento.
El equipo entendió que era el momento para empezar a atacar y pasaron solo cuatro minutos para que Adrien empatara, tras una gran jugada del equipo.
—¡Ese es mi hermano! —grito como loca, ganándome las miradas asesinas de las personas que estaban abajo de nosotras.
Adrien corre justo a la esquina de donde queda nuestro palco y hace su celebración. Mía, al verlo, empieza a reírse en brazos de su mamá. Luego hace una "C" con su mano y tira un beso. Señores y señoras, el mejor hermano del mundo.
El francés sale disparado al banquillo y le pasan una camiseta que ponía "Feliz Cumpleaños, Mía" y en ese momento pensaba que me iba a derretir de amor.
El partido quedó 1 a 1, dejándole un sabor amargo a ambos equipos, aunque el Deportivo quizás fue el más favorecido, porque sigue manteniendo la segunda posición. Tras el final, bajamos a los vestidores a esperar por los chicos.
—¡Hermanito! ¿Cuántas veces tengo que decirte que eres el mejor del mundo? —empiezo a besar todo su rostro y Adrien trata de quitarme de encima.
—¡Camile! ¡Jorge! Ayúdame, hermano —lo sigo besando y sigue intentando quitarme, pero no lo logra.
—Yo me voy —el moreno levanta las manos y Adrien lo mira decepcionado. Dejo de darle picotazos y me subo a él, enrollando mis piernas en su cadera. El rubio se ríe y me abraza fuerte para no dejarme caer.
—Tenías que ver como se puso cuando marcaste. Gritaba de todo y juraba que las personas iban a empezar a tirarnos cosas —me acusa mi mamá, perdón, Erica.
—Tenía que dejarles en claro quien manda en la capital —me recuesto en el hombro de mi hermano y hago un puchero. Todos se ríen al verme como una bebé malcriada.
—¿La hija de Adrien es Camile o Mía? Estoy confundido —dice Fernando saliendo del vestuario, ganándose una miradita de mi parte. El español me tira un beso como respuesta.
—Petite (pequeña) —Anto me baja para decirme algo—. Te va a llevar Diego y Sofía, porque Jorge y Bea se van conmigo.
Asiento ligeramente y le doy un beso en la mejilla. Después siguieron saliendo los demás y me quedo con otros del equipo, esperando al defensa uruguayo y su novia. Estos salen acompañados de la persona a la que menos quería ver, pero no le presto atención. Me despido de los chicos y me voy corriendo detrás de la pareja.
—¡Sofi! —grito subiéndome a su espalda y ella agarra mis piernas rápidamente.
—Dios, que susto —despeino a la pobre y ella se queja.
Mi móvil empieza a sonar y me bajo de su espalda para contestar. Los uruguayos me gritan algo que no escucho, mientras me alejo para atender la llamada.
—¿Aló?
—¿Camile?
—La misma. ¿Quién habla?— pregunto desganada. No me gusta hablar por llamada.
—Isco. ¿Has salido ya?
—Ala, Francisco, hola. Voy saliendo, ¿por qué, qué pasa? —contesto haciéndome la tranquila, aunque en realidad, mi corazón estaba saltando por todo el lugar.
—Um, estem... era para ver si querías ir a por un helado.
—Hoy es el cumpleaños de mi sobrina, pero si quieres quedamos otro día. Eh, ¿y tú como conseguiste mi número?
—Contactos, señorita. Voy saliendo, me debes una. Nos vemos, Mini Dupont.
—¿Por qué Mini Dupont? —pregunto curiosa, porque ese apodo me trae mucho recuerdos.
—Adiós, Mini.
—Chau, Isco —corto la llamada y sonrío al darme cuenta de que estaba hablando con mi crush de toda la vida.
—Con que Mini Dupont...
—Adiós, Nuñez —empiezo a caminar a la salida, pero Samuel me toma del brazo y me voltea. Me deshago de su agarre y doy un paso hacia atrás.
—¿Por qué de la nada Francisco Hernández me escribe para pedirme tu número y te llama por el apodo que solía usar yo? —murmura entre dientes y ruedo los ojos, mientras me alejo aún más de él.
—Si tanto querías saber, ¿por qué no le preguntaste? De todas formas, no te interesa. Vete, de seguro Bianca te está esperando —me doy la vuelta para irme de una vez por todas, pero me vuelve a tomar por la muñeca—. Samuel, ya suéltame, es en serio.
—¿Me vas a dejar hablar?
—Habla antes de que me arrepienta —cierro los ojos, tratando de concentrarme en no escucharlo.
—Bianca estaba en casa, porque buscaba las cosas que quedaban de ella. Camz, jamás volvería con ella después de todo, tienes que creerme —el español toma mi mano y la acaricia con su pulgar.
—¿Y por qué tengo que creerte? —balbuceo, enarcando una ceja y soltándome de su agarre.
—¿Cuándo te dije una mentira? —me quedo callada y él chasquea la lengua—. Exacto, nunca. No soy capaz de hacerte daño, pequeña Dupont.
El castaño acomoda un mechón suelto de mi cabello y lo esconde detrás de mi oreja. No sabía que decir, así que lo beso. El beso era muy desenfrenado para mi gusto, pero no me quejo. Su lengua recorre mi labio inferior pidiendo permiso para entrar en mi boca y yo muerdo su labio, generando un gruñido de su parte.
—Discúlpenme tórtolos, pero hay un cumpleaños al que tenemos que ir —Diego venía con los ojos cubiertos por una de sus manos.
—Guzmán —Saúl lo llama y este quita la mano de sus ojos lentamente. Le saco la lengua y Diego rueda los ojos.
—Que agresiva, Camilita. Samuel, ¿no le diste de comer? Aunque por lo que venía escuchando, creo que te dió de más.
—Cállate ya —entrelazo mi mano con la de Saúl y caminamos hacia el defensa para darle una colleja.
—Te odio —murmura, mientras se soba la parte donde recién lo había golpeado y rio ante su dramatismo.
—Dieguito guapo —dice Samuel y le da una nalgada al pobre.
—Bue, mejor huyo de ustedes, par de raros —el defensa sale corriendo hacia su auto.
Empezamos a caminar al coche, porque como Diego y Sofía huyeron, tengo que irme con Sanuel. Camino a casa, voy mirando a través de la ventana, pero el ilicitano coloca su mano en mi rodilla y luego de eso, me quedo viéndolo a él. Los primeros acordes de la nueva canción de Sebastian Yatra empezaron a sonar en la radio.
—¡Te rompí el labio! —me acerco y giro su cabeza un poco para ver su labio sangrando.
—Salvaje, eres una salvaje.
—¡Hey! —golpeo su hombro, uniéndome a su risa.
—Me encanta esta canción. Me recuerda a ti, escúchala —Samuel sube el volumen y empieza a menear su cabeza de lado a lado.
"Recuerdo aquel día como si fuera hoy.
No hay nada como ella, ni siquiera me encontró.
Recuerdo todavía la vez que la besé,
es mi primer amor y ahora escribo su canción.
Hay algo más inexplicable como su mirada,
inigualable como la manera en que me cela
y trata de disimular que no está mal.
Voy a cuidarte por las noches,
voy a amarte sin reproches.
Te voy a extrañar en la tempestad
y aunque existan mil razones para renunciar.
No hay nadie más.
Se llevó todo, se llevó tristeza.
Ya no existe espacio en la melancolía,
porque a su lado todo tiene más razón.
Me llevé sus lágrimas, llegaron risas.
Cuando estamos juntos la tierra se paraliza,
se paraliza.
Voy a cuidarte por las noches,
voy a amarte sin reproches.
Te voy a extrañar en la soledad
y aunque existan mil razones para terminar
No hay nadie más.
No quiero a nadie más.
No hay nadie más."
—Para el coche, por favor —susurro al borde de las lágrimas—. ¡Samuel!
—Pero si ya llega... —lo interrumpo, cambiándome de mi asiento al de él, lo más rápido que puedo—. ¿Qué pasa, pequeña?
Me coloco a horcajadas sobre él y rodeo mi cuello con sus brazos. El futbolista me mira preocupado, mientras entrelazaba sus manos en mi espalda baja.
—Te quiero —susurro. Samuel me muestra su mejor sonrisa.
—Y yo te quiero a ti —responde, para luego unir nuestros labios y quedarnos un rato más en el coche.