Capítulo 4

1744 Palabras
Abro los ojos lentamente, gracias a los rayos de sol que se colaban por el ventanal de mi habitación. De seguro, dejé la cortina mal acomodada. Gruño y trato de levantarme, pero un brazo me impide moverme. Me volteo lentamente y me encuentro a Samuel, durmiendo plácidamente con la boca entreabierta. Estuve un largo tiempo solamente observándolo, hasta que volví a mí. Trato de quitar cuidadosamente su brazo para no despertarlo y cuando lo logro, voy al baño a hacer mis necesidades. Tras terminar todo, me pongo a buscar una cola para recoger mi cabello. —Buenos días, pequeña —me saluda cuando salgo, rascándose su ojo izquierdo. —Bonjour, amour (Buenos días, amor) —el futbolista sonríe al escucharme hablar en mi primer idioma. —No sé si es posible, pero me gustas un poco más ahora. Dime otra cosa en francés —apoya su brazo en la cama y coloca su mano en su barbilla, mirándome embobado. —Tu m'enchantes et tu n'as pas d'idée (Me encantas y tú no tienes idea) —murmuro con una media sonrisa. —Ajá, claro. ¿Y qué dijiste? —pregunta confundido. Me echo a reír, tratando de cambiar y evitar el tema. No era momento para confesar mis sentimientos. —¿Cómo dormiste? No recuerdo haber sentido tus gritos o que te levantaras, caí noqueado. —Dormí toda la noche —Samuel abre los ojos y me hago la coleta ante su mirada fija—. No tuve nada. —¿Es oficial? Ya vengo a dormir contigo siempre, ¿verdad? —Que pesado, eh. El baño está ahí, voy a bajar un momento. Salgo de la habitación y mientras bajo las escaleras, un aroma demasiado familiar y delicioso inunda mis fosas nasales. —¡Mamá! —grito entrando en la cocina, corriendo a abrazar a mi madre. —Trésor (Tesoro), nos vimos hace dos días —carcajea en mi oído—. No quiero que vuelvas a correr en pantuflas por la casa, porque terminarás en un hospital. —No arruines el momento, maman (mamá), ¿qué haces aquí? —Tu hermano va a llegar justo a tiempo para su entrenamiento y cuando me dijo que estabas sola, me vine. Ahora siéntate para servirte —asiento dos veces con la cabeza y voy a sentarme de una en el mesón de la cocina. Empiezo a comer las tostadas francesas con la ensalada de frutas, que también había preparado mamá. Todo esto acompañado con un jugo de naranja casero. Extrañaba tanto su comida y a penas tengo dos días aquí. —No me dejó dormir ese bebé en el avión. Fue terri... —mi mamá se ve interrumpida por el sonido de una puerta cerrándose. —¿Camz? —Samuel me llama desde arriba. La mujer que me dio la vida me mira frunciendo el ceño y yo solamente sonrío.  —¿Estabas con alguien? —susurra atónita. Hago un sonido con mi boca para que haga silencio e Isabelle refunfuña en respuesta. —¿Dónde estás, Camz? —la voz de Samuel sonaba cada vez más cerca—. Ah, aquí estás. —Maman, Samuel. Samu, mi mamá, Isabelle. —Creo que nos conocimos en la boda de Adrien. De todas formas, Samuel Nuñez, mucho gusto. —Isabelle Dupont, un placer, coeur (corazón) —toma su mano y lo jala para darle un beso en cada mejilla—. ¿Quieres desayunar, guapo? —Sí, sí —asiente y se sienta a mi lado de una—. No sabía que tu madre vendría. —Ni yo. —Todavía no me creo que hayas dormido toda la noche, sólo porque estabas conmigo. —Te dije que normalmente cuando dormía con alguien, me sentía segura o algo así —le explico, imitando su acción. —Es raro saber que te pude ayudar con eso. Ya, no es raro, sólo... se siente bien —hace gestos raros con las manos. —Te voy a besar, amour. —Uhm, dale —alza las manos en señal de inocencia y sonrío como nunca. Lo tomo de la nuca y pego mis labios con los suyos. La sonrisa de Samuel seguía en su rostro, aún con nuestras bocas juntas. Nuestros labios se movían lentos y sincronizados, parecían estar hechos a la medida. Hasta que oímos un carraspeo, eso hace que nos separáramos de una y creo que me rompí el cuello. —Aquí está el desayuno, aunque creo que ya comieron lo suficiente —dice burlonamente mi mamá, colocando el plato en la mesa. —¡Por favor, mamá! —exclamo avergonzada y ella se ríe junto al castaño. Seguimos comiendo, conversando de todo un poco, aunque un poco más de mí. Mi mamá le cuenta a Samuel todo lo que puede sobre mi vida y yo sólo los miraba abochornada. —¿Mamá, puedes parar? Creo que Samuel no quiere saber como llevé a mi ex a cenar y Adrien casi lo asesina. —Me tengo que ir —murmura Samuel, luego de mirar su móvil. Mamá sale de la cocina, porque alguien la había llamado y me quedo mirando al futbolista, que se estaba levantando. —¿Ya? —Sí, tengo entrenamiento y si llego tarde, el entrenador me mata. Acuérdate, derbi —contesta con una mueca también.  —Ya empezaré mi brujería —susurro sólo para que Saúl me escuche. Riéndose, el español me da un sonoro beso en la comisura de mis labios. —Esa es mi chica —susurra en mi oído y un escalofrío recorre mi cuerpo. Sabe como jugar conmigo. —¿Ya te vas, guapo? —mamá entra en al conversación, cuando vuelve a la cocina. —Sí, señora... —Señora no, tan vieja no soy. Isabelle —lo interrumpe y rio a carcajadas. Siempre hace lo mismo. —Isabelle, gracias por el desayuno, estaba delicioso. Rubia, nos vemos. Au revoir —Hay que mejorar ese francés —murmuro. Él rueda los ojos y empieza a alejarse. Escucho sus pasitos rápidos saliendo de la cocina y luego la puerta principal cerrándose. —¡Es muy guapo, Camile! —exclama mi progenitora sin creérselo. —Lo sé. —¿Por qué durmió aquí? —pregunta enarcando su ceja. —Vino a pasar el día, se hizo tarde y no nos dimos cuenta, le dije que se quedara. —¿Cómo reaccionó a tu ataque después de las pesadillas? —interroga, limpiando el mesón. —No la tuve... —¿Qué? —mi madre se detiene de golpe, algo asombrada. —No tuve las pesadillas —me sonrojo ante su mirada fija. —¡Mon dieu! (Dios mío) ¿Te gusta? ¡Te gusta, trésor! Exijo que me digas ahora —la francesa da pequeños saltos alrededor de la cocina y mis mejillas se colorean aún más. —¿Por qué te pones tan feliz?  —Pensaba que te ibas a quedar sola, con ocho perros, viendo Mamma Mia y cuidando a los hijos de tus hermanos, sobretodo los de Adrien, porque quiere tener un equipo de fútbol —rio al recordar lo que mi hermano había comentado en nuestra última cena familiar—. Mi niña está creciendo, no puede ser. —Pour déjà avec cette, maman (Para ya con eso, mamá.) —No te hagas y responde mi pregunta —se cruza de brazos y me mira fijamente. Me da miedo. —No sé si me gusta... —Si lo sabes, Sophia —cuestiona, llamándome por mi segundo nombre. —No me digas Sophia y quizás me gusta, sólo un poco. —¿Un poco? —Un poco mucho. ¡Se acabó! El resto de la mañana se la pasa burlándose de como me gustaba Samuel, hasta que llegó Erica con Mía del aeropuerto, quién también se enteró de todo, ya que a mi madre le encantaba el cotilleo. Más tarde llegó Adrien de su entrenamiento para almorzar todos juntos en el patio de la casa, dejando el tema atrás. Alrededor de las dos de la tarde, decido ir a trotar por la urbanización privada, mientras esperaba que el ilicitano apareciera en casa como el último mensaje que me había enviado decía. Emprendo mi trote escuchando mi playlist especial, que eran canciones súper movidas. Iba cantando "Believer" de Imagine Dragons, cuando me di cuenta de que estaba en la misma calle donde vivía Samuel y decido ir a sorprenderlo. Cruzo en la esquina y sólo tuve que pasar dos casas para estar al frente de la suya. Noto su coche n***o estacionado afuera, está en casa entonces. A su lado, estaba otro coche, un deportivo rojo que se me hace ligeramente conocido. Toco la puerta dos veces y espero a que abra, jugando con mis anillos. Escucho un "voy" y luego unos pasos cerca de la puerta. —¿Quién e... —Hola. —Hola... ¿Cómo estás? —pregunta, rascándose la nuca. Sólo hace eso cuando está nervioso. —Genial. ¿Está todo... —me veo interrumpida por el fuerte sonido de unos tacones chocando contra el suelo. —¿Quién es? —al oír esa voz, un nudo se me forma en la garganta. Samuel baja su mirada y simplemente quería salir corriendo—. Con que la famosa Mini Dupont, hola. La falsa emoción destacaba en el tono de voz de Bianca. La castaña pone su mano en el hombro del ilicitano y este se remueve ante su acto. —Hola, Bianca —la saludo de la misma manera que ella recién—. Bueno... como veo que estáis ocupados, mejor os dejo. Escucho a Samuel gritar mi nombre, pero no podía detener mis lágrimas  y no iba a dejar que me vieran así. No lo haría, no les daré el gusto. Llego a casa luego de haber recortado el camino por ir corriendo y como sé que las chicas estaban presentes, ya que vi sus coches afuera, entro corriendo a mi habitación, porque no quiero hablar con nadie.  Empezaba a creer que podíamos a comenzar algo, que Samuel era especial, que de verdad le importaba, pero por lo que veo, no era así. Y para completar, volvió Bianca. La misma persona que tanto daño le hizo a nuestra amistad. Tras varios minutos de sólo llorar, me levanto y voy al baño a ducharme. Estoy dentro como una hora, intentando relajarme mientras lavaba mi cabello. Me pongo unos pantalones suavecitos que tienen guitarras y una camiseta de Adrien. Me tiro en la cama con una toalla en mis manos para secar mi cabello. En estos momentos, extrañaba estar en casa, tocar la guitarra para Theo, porque a mi hermano menor le encantaba oírme cantar. Mamá nos preparaba café, mientras nosotros pasábamos la tarde cantando nuestras canciones favoritas. —Cami, por favor —oigo como por millonésima vez a las chicas insistir en lo mismo. Decido abrirles, tenían más de una hora afuera y no se lo merecían. —Pequeña, ¿qué pasó? —pregunta Eri, levantándose del suelo cuando abro la puerta. —Nada importante, ni siquiera sé porqué me pongo así —inhalo, causando que mi nariz mocosa hiciera un sonido raro. —No mientas —inquiere Bea, sentándose en mi cama, donde yo ya estaba sentada. —No estoy... Bueno, las odio. —Decínos —pide impaciente la uruguaya. —Fui a casa de Samuel y cuando abrió lo noté raro, pero no le presté atención, hasta que escuché unos tacones —hago una pausa dramática—. Era Bianca. —¡La puta que lo parió! Te juro que lo voy a matar —grita Sofia, levantándose de la cama de golpe—. ¿Qué le pasa por la cabezota esa que tiene? Que hijo de puta, te juro que lo voy a matar. —Cálmate, fiera. No somos nada serio, puede estar con quién quiera. Además, no me importa. —Entonces, ¿por qué lloras?— cuestiona Erica y me quedo callada de golpe. "If it doesn't hurt me, ¿why do i still cry?" "Si no me dolió, ¿por qué todavía lloro?
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