El primer entrenamiento de mi hermano al que voy durante mi vuelta a Madrid y Samuel pasó todo el rato mirándome, lo que generaba que las chicas soltaran tremendas boberías para avergonzarme. Creo que todavía parezco un tomate.
—¿Samuel y vos? —pregunta Sofía, alzando sus cejas—. ¿Para cuándo?
—No, para nada. Bueno, eso creo.. no sé.
—¿Cómo que no sabes? —cuestiona Bea.
—No tengo idea de lo que somos. Siempre hemos tenido esta cosa rara, pero ahora me cuesta ocultar lo que siento y no sé si él siente lo mismo.
—Samuel está coladito por ti —canturrea Erika en mi oído.
Encojo los hombros y me quedo callada, sumergida en mis pensamientos. Tengo que empezar a aclarar esto inmediatamente.
Los chicos empezaron a salir del vestuario y como siempre van a las gradas, donde los esperábamos conversando. El primero en llegar fue Jorge y un rato más tarde llegó Diego. Adrien y Saúl salieron de últimos.
—Hermanita de mi vida —me saluda Titi, tirándome un beso.
—Pequeña —Samuel camina hacia donde estaba y me abraza delicadamente.
—Hola, Nuñez—murmuro. Saúl se remueve nervioso y sonrío victoriosa.
Observo por encima del hombro del ilicitano y descubro la mirada fija de mi hermano en nosotros, causando que me pusiera nerviosa.
—¿Nos vamos ya? —me pregunta al oído, haciendo que un escalofrío recorra mi cuerpo. Sé que está sonriendo de la misma manera que yo lo hice unos segundos antes.
Asiento emocionada y sin pensármelo mucho, tomo su mano. Él baja la mirada confundido, pero luego las entrelaza lentamente.
—Nos vemos, chicos —se despide el futbolista. Empezamos a caminar de la mano y una sonrisa inconsciente estaba posada en mi rostro.
—Adiós, tórtolos —responden todos al unísono.
—No los llamen así, gracias —Adrien desaprueba el apodo y todos se ríen de él, a veces es muy sobreprotector.
Nos vamos al estacionamiento, mientras él me contaba que Diego había engordado 1kg y el uruguayo los empezó a culpar por el asado de mi bienvenida. Cuando llegamos al estacionamiento, busco con la mirada el coche del ilicitano y al encontrarlo, salgo corriendo para detenerme frente a la puerta del piloto.
—Hoy conduzco yo —suelto, mientras me apoyo en la puerta. Samuel se coloca frente a mí, mirándome enternecido.
—¿Ah sí? ¿Y las llaves? —cuestiona, acercándose más. Miro a mi alrededor y veo a algunos hinchas sacándose fotos con otros jugadores y ya estábamos causando que algunas miradas se posaran en nosotros, así que decido acabar con esto pronto.
—Cariño, ya las tengo —él se cruza de brazos, confundido.
Meto mi mano en su bolsillo derecho y en un movimiento rápido, las saco del mismo. Él ni se movió ante mi tacto.
—Siempre Family Friendly —las sacudo en el aire, le doy un leve empujón y me volteo para montarme.
Ya dentro, Samuel vuelve de su trance riéndose. Camina hacia el asiento de copiloto como un niño pequeño, al que le habían quitado su juguete preferido.
—Es mi coche —se cruza de brazos y hace un puchero. Juro que me lo como.
—No por hoy —le guiño un ojo y enciendo el motor para ir a la cafetería.
Pasamos los quince minutos de viaje, cantando a todo pulmón las canciones que ponía el DJSamu, desde Ozuna hasta Beret. La nueva canción de Enrique Iglesias y Bad Bunny es la favorita del momento del jugador, porque no se cansó de decir lo mucho que le gustaba. Yo sólo lo observaba de reojo, me encanta verlo feliz.
—Ya llegamos —digo y amenazo con apagar el coche.
—¡Espérate! —me golpea la mano que tenía puesta en las llaves y cierra los ojos, inspirado.
—¿Qué te pasa, flaco? —sobo mi pobre mano recién golpeada. Saco mi móvil y empiezo a grabarlo para guardar este momento.
—Viene mi parte favorita, cállate —aún con los ojos cerrados, coloca su dedo índice en su boca, indicándome que me callara—. Vacila que la vida va veloz, igual que tu ex que era medio precoz.
—Ahora sí, llegamos —me hace una seña para que apague el auto y así lo hago—. Ese video sale de tu móvil y tu futuro esposo no te vuelve a hablar.
—¿Futuro esposo? No veo a Francisco Hernandez por ningún lado —hago como si estuviera buscándolo y Samuel rueda los ojos.
Odiaba cuando me pongo en modo fangirl por el número veintidós del Madrid FC, equipo rival del Deportivo Madrid. Corto el video y me hago una nota mental de borrar esa parte del video luego.
Al entrar al lugar, ambos agradecemos internamente que estuviera algo vacío. Nos sentamos en la mesa de la esquina y esperamos que vengan por nuestra orden.
—¿Qué vas a pedir? —me pregunta y lo miro incrédula—. Una tarta de chocolate y un frapuccino de caramelo con extra crema batida. ¿Para qué pregunto?
Sonrío como una tonta, aún se acuerda de lo que siempre pido. —Ding ding ding, tenemos un ganador.
—Sigo creyendo que es mucha azúcar para un desayuno.
—Lo que no mata, engorda. Y adivina quién no engorda —Samu me señala, mientras yo hago poses. Es una tradición que tenemos—. Deja lo saludable y nutritivo para después, tío.
Me quedo observándolo por un largo tiempo, sin saber que más hacer. Nuñez estaba leyendo el menú y sabía que no tenía idea de que pedir. Miro cada una de sus pequeñas cosas, su ceño fruncido, su nariz perfecta, sus lindos ojos...
—¿Tengo algo en la cara o qué? —me interrumpe tocándose su linda carita, algo preocupado.
—N-no no. Solo pen...pensaba —respondo balbuceando. Me atrapó con las manos en la masa.
—¿En lo guapo que soy? —me guiña un ojo coqueto y siento el calor subir hasta mis mejillas, avergonzada.
Una guapa chica llega a pedir la orden y desde el primer momento, noto sus intenciones con mi acompañante. Sin embargo, lo peor era ver como Samuel le seguía la corriente, sin importarle que estaba presente. Al momento de traernos la cuenta, ya tenía los apellidos cruzados, imagínense lo molesta que estaba.
—Si quieres le pido el número a la morena para que vengas con ella la próxima —susurro, cruzada de brazos.
—¿Estás celosa? —me mira con los ojos bien abiertos, mientras tomaba un sorbo de lo que quedaba en su bebida.
—No, que va. Me quiero ir, me voy —me levanto con mi frapuccino en mano y salgo del lugar apresuradamente.
Camino y camino por el estacionamiento tomando grandes sorbos del café, hasta que me toman por el brazo y me voltean fuertemente.
—¿Qué pasa, Camile? —pregunta, acariciando mi mano vacía.
—No sé —respondo soltándome su agarre y pasándome la mano por mi cabello.
—¿Estás celosa?
—¡Sí! ¡Obvio que sí! —espeto, cansada de que preguntara—. ¿Cómo no? Si pasaste todo el día mirando a la chica.
El ríe bajito y me abraza, como siempre hace cada vez que quiere que lo perdone y por eso, a mí no me queda de otra que devolverle el abrazo. Nadie se puede resistir a un abrazo de Samuel Ñunez.
—Camz, no sabía que te ibas a molestar, estaba bromeando —dice—. Estoy interesado en alguien.
No respondo y me alejo para botar el envase de mi frapuccino en la basura. Cuando regreso al coche, Samuel estaba listo para arrancar, por lo que cuando entro, nos vamos del lugar enseguida.
—¿Estás interesado en alguien? —pregunto rápidamente. Me estaba carcomiendo la mente lo que había dicho.
Samuel asiente rápido y seguro, sin dejar de mirar el camino.
—¿Quién? —insisto, para luego poner mi atención en mis uñas. Que desesperada soné.
—No sé si la conoces, pero es alta, rubia, ojos azules, creo que debería ser modelo. Tiene un carácter que mejor ni te digo —ríe levemente y continua—. A pesar de todo, siempre está con una sonrisa y para completar, es una c***k jugando al fútbol...
Paramos en la puerta de la urbanización y eso hace que nuestras miradas se conecten, aunque rápidamente Nuñez tiene que mostrar la credencial para que nos dejen pasar, dándome un tiempo para controlar mis hormonas.
—Creo que sé quien es la chica —me hago la pensativa y él se voltea—. ¿Será que su nombre comienza con Camile y termina en Dupont?
—¿Cómo supiste? —exclama fingiendo sorpresa.
—Lo adiviné —muerdo mi labio y miro por la ventana, para darme cuenta de que ya estábamos llegando.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa? —muerdo mi labio de nuevo y el español se estaciona en frente de la casa de mi hermano.
—Te voy a besar —murmura entre dientes. Sonrío sin mostrar mis dientes, cuando veo como se acerca lentamente. Es un gran momento para hacer una broma.
Abro la puerta del coche y me bajo apresurada. Empiezo a caminar sin mirarlo, una triunfante salida. A pesar de que tenía ganas de besarlo, no puedo cambiar mi forma de ser, eso jamás.
—!Me debes una! —grita bajando el vidrio, le guiño un ojo y entro a casa.