Quiero odiarlo por esa honestidad. Quiero odiarme por escucharla. Quiero que mi cuerpo me obedezca como cuando corrí por el acantilado y me arrojé al vacío para escapar de él. Quiero. Pero el querer no manda sobre la sangre cuando el cielo decide tocarla. Y Kaela estaba siendo rodeada por el lobo de Dominic, sometida por el vínculo.
—Si la marca se consuma —dice alguien en el círculo—, Lunarcrest tendrá que enfrentarse a las consecuencias.
—No se consumará —prometo—. No permitiré que mi cuerpo sea la firma de un tratado que no he leído.
Kellan aplaude una vez, despacio.
—Tienes lengua hembra—comenta—. Estarías mejor de vuelta en la manada que te vio crecer.
Ronan niega, cortante:
—Dominic llevas el continente en la boca y crees que no se te clavarán los bordes. Que comience entonces a gestarse la guerra en contra de ti y los tuyos. Tendras que cuidarte la espalda cuando salgas de aquí.
Sus palabras no son amenazas vacías. Son promesas que huelen a sangre. El líder del consejo cierra los ojos un instante, como si quisiera recordar una vida sin nosotros.
—He escuchado suficiente —dicta—. Por la Ley de los Ancestros, y porque los designios de la Diosa de la Luna no pueden ser negada sin consecuencias que derramen pena sobre todos, declaro que la reclamación es válida. Aylin Silverclaw, debes cumplir tu destino.
Humillación. No una que llore en rincones. Una que se queda de pie. Una que aprieta los dientes hasta que duele, porque no voy a implorar. Mi voz sale baja, pero firme:
—Aun así no lo acepto.
Dominic me mira. Y por primera vez, creo ver algo parecido a respeto. No lo suficiente para que cambie su curso. Sí lo bastante para que la línea entre ambos no sea solo fuego sino también hielo.
—Basta ya —me advierte, casi en silencio, algo solo para mí—. No te atrevas avergonzarme.
—No querer que me reclames para terminar siendo solo un vientre no es avergonzarte —le devuelvo—. Si me quieres de rodillas, que sea porque te enfrenté de pie.
Él asiente una vez, la inclinación mínima de alguien que no pide permiso para ser quien es. Después gira hacia el círculo, hacia el líder del consejo, hacia los Alfas que siguen presentes.
—La marca —dice, sin teatralidad—. Ahora.
Mi estómago se cierra. Las marcas suelen ser privadas. A puerta cerrada. Con testigos reducidos, si acaso. Hacerlo frente al consejo es un mensaje, uno que no necesita traducción, no se trata de amor, se trata de poder.
—Dominic… —intenta el líder, con último esfuerzo—. La ceremonia…
—La Ley no exige ceremonia —corta él—. Solo exige certeza.
Me aferro a la última piedra de mi voluntad.
—No consiento.
—No te pregunto —responde.
Me acerco dos pasos, porque si voy a ser herida, prefiero que sea mirando de frente.
—Hazlo —le provoco—. Marca lo que no has conquistado. Y recuerda este día cuando la vida te cobre el precio de no escuchar.
Dominic baja la cabeza lo mínimo para acercarse a mi cuello. Sus manos no me aprisionan. No necesita. No aquí. No con todos mirando. Podría apartarme. Podría morderlo primero, rasgarlo, obligarlo a sangrar. Sé pelear. Pero lo que está por ocurrir no es una pelea. Es una firma.
Todos en el bosque contienen el aliento. Escucho mis propios latidos, el de Kaela encabritada, el rumor opaco de demasiados hombres que desean ver una historia escrita con mi piel. Trago el miedo como veneno que no estoy dispuesta a que me maten hoy.
Él roza con los labios la unión entre mi hombro y cuello. No hay caricia. Es la medida exacta de un sitio que conoce sin haberlo tocado. Su aliento es un aviso. Sus colmillos, la decisión. Cierro los ojos solo un segundo, no por rendición, sino para guardar el mapa de todos los caminos que un día tomaré lejos de él.
—Dilo —exijo, sin moverme—. Dilo para que quede asentado ante todos. ¿Qué soy?
Él obedece, pero a su manera.
—Mía —dice.
Entonces muerde.
El dolor es un relámpago n***o. No grito. No le doy eso. Aprieto las manos hasta que las uñas se clavan en mis palmas. Siento la marca levantarse, sentir, arder. No hay romance en esto. Hay ancla. Hay cadena. Hay un idioma que mi cuerpo comprende aunque mi cabeza lo maldiga. Kaela aúlla por dentro, no sumisa, sino desatada. En algún sitio, alguien maldice en voz baja. Otro reza. Kellan sonríe con esa avidez propia de los que aman el conflicto. Ronan me observa sin placer, sin pena: solo mide la grieta que se abre en la balanza del continente.
Dominic retira los colmillos despacio, como si la pausa tuviera también su liturgia. Su mirada vuelve a la mía. No hay disculpa. Tampoco deleite. Hay posesión, desnuda, sin adornos. Me toma la barbilla y me obliga a sostenerle el mundo en los ojos.
—Mi Luna —repite—. Te guste o no.
Me limpio la sangre del cuello con el dorso de la mano y sonrío lo suficiente para que sepa que lo odio por esto. Por forzarme.
—No olvides lo que acabo de prometer —susurro mentalmente en el canal de comunicación que formo al marcarme—. Si me hicieron destino, seré tu tormenta.
El líder del consejo declara lo obvio con voz hueca:
—Queda asentada la marca. —traga— se asume, por consecuencia, que Aylin Silverclaw ahora es la Luna de Lunarcrest
Kellan da un paso, calculado.
—Nos veremos fuera —anuncia—. Y el juego será otro.
Ronan inclina la cabeza, filo y paciencia.
—Ojalá los muros que construyas para proteger tu manada sean altos. A partir de hoy, los vas a necesitar.
El líder intenta ordenar la dispersión, pero pareciera que la neutralidad ya no le pertenece a este sitio. Las voces se elevan, se cruzan, se hieren. Me quedo inmóvil, con el pulso en la marca latiendo bajo la piel, como un tatuaje de guerra.
Y entonces ocurre.
La luz de luna se cuela ante nosotros, no es amable, no es suave. No nos bendice. Nos señala. Siento la luz sobre la herida como una firma que se fija. Un presagio. Un recordatorio.
Dominic la siente también. Lo sé porque su cuerpo se tensa y porque su voz, cuando se alza, no es humana en lo absoluto. No es una palabra. No es un discurso.
Es un aullido.
Un aullido que rompe en el cielo, que se estrella contra las paredes de lo invisible, que declara ante todos que, le guste a quien le guste, se ha consumado lo que él quería. Un aullido que me marca por segunda vez, esta vez sin colmillos, con sonido. Una promesa. Una amenaza.
El bosque entero se queda quieto. Yo no. Por dentro, en un lugar que él no conoce, me levanto. Afuera tal vez sere su Luna. Adentro, soy la tormenta que acabo de jurarle.
El aullido de Dominic se apaga entonces. La marca arde. La luna insiste. Y el juego, por fin, comienza. Porque yo no voy a marcarlo a el y tampoco voy abrirle las piernas fácilmente.