Capítulo 7 POV Aylin

1163 Palabras
No por nada a Dominic lo llaman el Alfa Oscuro. Apenas dejamos el territorio neutral del consejo de hombres lobos fuimos emboscados, él se encargó de borrar la amenaza sin titubeos, dejando un rastro de sangre tras de sí como mensaje. Y al llegar a Lunarcrest, el poder de la manada se sintió en el aire como una fuerza que obligaba a inclinar la cabeza. Dominic iba un paso por delante, y su sola presencia marcaba el camino. Cada vez que intentaba alejarme, el vínculo tiraba de mí como una cadena invisible, recordándome que no tenía opción. —Bienvenida —dijo al cruzar el umbral de su residencia. La palabra sonó como una sentencia. No respondí. Guardé el silencio como escudo. El interior era impecable. Amplios corredores, luces suaves, guardias en cada esquina. Ninguno se atrevía a mirarme directamente, pero sentía sus miradas cuando pasaba. Era como si mi sola existencia alterara el orden que conocían. —Cuando yo no este a tu lado tendrás dos guardias acompañándote siempre —explicó—. Tienes libertad para moverse dentro del perímetro. No más allá. —Libertad —murmuré con ironía. Dominic no dijo nada más y me llevó directamente a mi habitación. Me sorprendió que no intentara acostarse conmigo de inmediato para asegurar al futuro heredero; lo había imaginado menos paciente. Al entrar, la vista me atrapó sin que me diera cuenta de cuándo me acerqué al balcón. No había barrotes. Solo el vacío. El bosque frente a mí se extendía denso y silencioso, como si él —a diferencia de mí— sí fuera libre. —¿Te gusta? —preguntó. —No estoy aquí por gusto. Avanzó despacio, como si midiera la distancia exacta en la que podía acercarse sin asustarme… o sin perder el control. No supe cuál de las dos cosas. —No eres una prisionera. —Tampoco soy libre. —Eres mía, eso es suficiente. La forma en que lo dijo no fue agresiva. Fue peor. Sonó a certeza. A algo que no estaba abierto a discusión. —No te pertenezco, Dominic. —Sientes el vínculo, llevas mi marca —replicó, con calma. —Lo que siento y a lo que me forzaste no cambia el hecho de que no quiero estar aquí. Se detuvo frente a mí, a tan poca distancia que pude sentir la tensión extendida entre ambos. No era aire. Era el vínculo. Invisible, firme… peligroso. —No voy a obligarte a que tengas sexo conmigo —dijo—. Pero no voy a dejarte ir. —¿Y eso en qué te diferencia de un carcelero? —En que puedo protegerte —respondió sin dudar. —¿Protegerme de qué? ¿De ti? Sus labios se curvaron apenas, sin alegría. No negó. —De todo lo que no controlas aún —contestó. Entonces tocaron la puerta. —Alfa —informó Harold su Beta—. Todo está preparado para la reunión como solicito. —En un minuto —dijo Dominic. Cuando Harold desapareció, él volvió a mirarme. —Hay reglas —anunció con voz baja, firme—. No salgas sola. No te transformes a menos de que este cerca. No hables con todo el mundo. No respondas a provocaciones. No pongas tu vida en riesgo para demostrarme algo. —Y si lo hago igual —desafié. —Estaré ahí para recordarte las reglas. —Eso no es protección. Es control. —Aylin —susurró—, si quisiera controlarte, ya lo habría hecho. Me sostuvo la mirada. No había amenaza directa. Había algo peor: convicción. Era el tipo de hombre que no necesitaba gritar para que todos obedecieran. —¿Qué es esto para ti? —pregunté—. ¿Un juego? ¿Una posesión? —Destino. —Para mí no lo es. —Ya lo es —respondió con una certeza que me heló. Se acercó un paso más. No retrocedí. No lo haría. —Tú decides cómo enfrentarlo pero aun así ocurrirá te guste o no. —Entonces que quedé claro —dije en voz baja—. No me arrodillaré ante ti. Dominic me miró como si esa respuesta lo complaciera. Como si esperara eso de mí. —No quiero que lo hagas amenos que sea en la intimidad para tomar toda mi longitud. Dejó el balcón y se dirigió a la puerta. Antes de salir, giró la cabeza. —No me subestimes, Aylin. Cuando se fue, el silencio quedó cargado de su presencia. Era absurdo, pero el cuarto entero olía a su autoridad. Caminé hasta la cama. Toqué el marco de la ventana. Me obligué a respirar. Tocar la marca espiritual en mi piel fue un error. Apenas mis dedos rozaron el sitio exacto, un pulso se encendió como si mi propio cuerpo respondiera a su nombre. No me gustó. Me recordó que la conexión era real. Que mi libertad tenía una cadena invisible. No lo sientas, me dije. No lo aceptes. Pero ahí estaba. Aflojé las manos y me obligué a pensar. Escapar no era viable. No aún. No conocía rutas, ni aliados, ni debilidades. Luchar directamente era suicida. Dominic no solo era fuerte: tenía a toda una manada detrás. Afuera, escuché murmullos. Guardias cambiando de turno. Voces bajas pronunciando mi nombre con cuidado. “Nuestra Luna.” La palabra me atravesó. No como un halago. Como una presión. Me senté en el borde de la cama. Mi respiración era estable. No porque no sintiera miedo, sino porque no iba a mostrarlo. Sería mi manera de resistir. Una bandeja apareció sobre la mesa. Pan, carne, vino y agua. No escuché entrar a nadie. La cortesía era parte del mecanismo. No barrotes. Atención. Comodidad. Control silencioso. Me obligué a comer algo. No por hambre. Por estrategia. Si me debilitaba, ganaban. Pasado un rato, las luces del pasillo se atenuaron. Desde el balcón, vi a los gamma reunirse en formación. Una especie de ritual nocturno. Disciplina. Estructura. Todo giraba en torno a Dominic. Harold quien descubrí era el Beta de Dominic levantó la vista hacia mí. No me saludó. Solo me sostuvo la mirada hasta que cerré las cortinas. Volví a sentarme. La sensación de estar atrapada sin barrotes era peor que una celda. No había un muro que romper. Había un sistema entero funcionando a favor de Dominic. No voy a rendirme, pensé. El silencio era denso, como si la residencia respirara con él. Entonces escuché un aullido a lo lejos. Otro le respondió. Después otro. Era la manada, llamándose entre sí. Mi loba interior se tensó, como si reconociera el idioma. Kaela empujó la superficie de mi mente, inquieta. —No te atrevas — murmuré mentalmente. —Quiero correr en el bosque — me respondió y me levanté de golpe. Caminé hasta el balcón nuevamente y abrí las cortinas con brusquedad. La noche era negra. Los árboles, impenetrables. Era como si el bosque me invitara a correr en él y yo no supiera como decirle que no.
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