Capítulo 8 POV Aylin

1287 Palabras
Así que me lancé. Durante un segundo estuve suspendida en el aire, sintiendo cómo mi cuerpo dejaba atrás el peso de todo. Antes de tocar el suelo, mi forma humana se disolvió y mi loba tomó el control. La tierra fría bajo mis patas fue lo primero que sentí. Lo segundo, la libertad. No había nada que se comparara con correr así. Ni órdenes, ni profecías, ni expectativas. Solo yo. Solo nosotras. Kaela, mi loba interior, avanzaba con un ritmo firme, casi furioso, como si también necesitara escapar de algo que no se podía nombrar. Y, aunque me negara a admitirlo en voz alta, yo deseaba exactamente lo mismo. Quería un instante donde mi vida me perteneciera. Uno solo. Pensé en la profecía, en el destino que todos daban por hecho, en la cadena invisible que Dominic y yo compartíamos sin haberlo pedido. Pensé en todo lo que deseaba romper. Pero antes de dar otro salto, su voz atravesó el bosque. Profunda. Contenida. Y furiosa. —Regresa, Aylin. Me detuve… solo un segundo. Lo justo para sentir cómo la rabia se encendía dentro de mí. No iba a obedecer. No hoy. No así. —No voy a volver —le respondí por nuestro enlace, dejando que mi desafío le llegara nítido—. Prefiero ser libre. —No voy a pedírtelo otra vez. Tal vez era la euforia de correr. Tal vez era la desesperación. O tal vez era que ya no podía seguir viviendo conforme a lo que otros querían de mí. Lo ignoré y seguí corriendo, más rápido, más lejos, como si pudiera arrancarme la marca que tenía en el alma. Y entonces lo vi. Un claro. Amplio, silencioso, casi demasiado perfecto para ser real. Me detuve en seco, sintiendo un escalofrío extraño que no pertenecía al frío de la noche. Dominic ya estaba allí. Su lobo, imponente, ocupaba el centro del claro. Me esperaba con esa certeza irritante que siempre tenía respecto a mí, como si supiera exactamente hacia dónde terminaría corriendo. —Ni se te ocurra —su voz resonó en mi mente. La advertencia era clara. Casi… letal. Sentí el impulso de retroceder. Apenas un movimiento de patas. Pero no tuve oportunidad. Dominic se lanzó. No fue un ataque. Hubo precisión, sí, pero no violencia. Su hocico se cerró en mi cuello con una mordida firme, completamente intencional. No dolió. Pero sí quemó. Un reclamo. Un recordatorio. Un “eres mía” que no necesitó palabras. Kaela tembló. No por miedo. Sino porque entendía perfectamente lo que esa mordida significaba en nuestro mundo. El problema era que yo también lo entendía. Le gruñí en mi mente. A él. A mí. A todo. Recuperé mi forma humana sin pensarlo, arrastrando a Kaela conmigo. Dominic hizo lo mismo. Él quedó de pie, respirando agitado. Yo… desnuda. Él lo notó de inmediato. Su mirada recorrió cada centímetro de mí sin intentar disimular la reacción. Y su control… vaciló. Ese instante, ese quiebre mínimo, ese deslizar lento de su mirada… me erizó la piel. No debería haberme afectado. No debería haber sentido nada. Pero lo sentí. Un tirón en el pecho. Un calor en el estómago. Una tensión que no quería admitir. Dio un paso hacia mí. Mi respiración cambió. Apenas un poco, pero lo suficiente como para que él lo notara. No podía permitirlo. Cuando llegó a mi alcance, me moví primero. Me incliné hacia él y lo mordí. Sin fuerza para herir, pero sí con intención. “No voy a obedecerte.” Sus ojos se abrieron, sorprendido. Confundido. Afectado. Dominic no estaba acostumbrado a que nadie le respondiera así, mucho menos su futura Luna. —¿Cómo se te ocurre…? —empezó a decir, su voz quebrada entre enojo y algo más primitivo. No lo dejé terminar. Me acerqué y lo besé. Breve. Firme. Certero. Lo suficiente para romperle la cordura que intentaba sostener. Dominic quedó inmóvil, como si mi boca hubiera desarmado cada uno de sus pensamientos. Y lo supe: ese era mi momento. Mi cuerpo cambió de nuevo. Sentí cómo Kaela reclamaba control, cómo huesos y músculos se reajustaban en un solo latido. En cuanto mis patas tocaron el suelo, me lancé hacia el bosque. “¿Qué estás haciendo?” gruñó Kaela dentro de mí, molesta. “¿Tienes idea de lo que nos espera cuando nos alcance?” No quería escucharla. No quería pensar. Solo quería correr. Pero no llegué lejos. Un rugido detrás de mí anunció su presencia antes de que lo sintiera. Su sombra cubrió mi cuerpo y, en menos de un parpadeo, Dominic me atrapó otra vez. Esta vez no hubo delicadeza. Su mordida cayó en mi cuello con fuerza. Dolor. Esta vez sí hubo dolor. Un sonido escapó de mi garganta, ahogado y agudo. Y Kaela chilló dentro de mí. La sentí encogerse, someterse, lastimada por completo. “Suelta”, dije mentalmente y me forcé a cambiar. Mi forma humana regresó de inmediato. Esta vez, vestida. Respirando entrecortada. Dominic recuperó su forma humana enseguida, su furia aún presente, pero controlada… —¿Qué demonios fue eso, Aylin? —su voz era baja, peligrosa—. ¿Te divierte jugar conmigo? No respondí. Sentí cómo algo en mí simplemente se apagaba. La rabia. La pena. La lucha. Todo se volvió un peso muerto. Dominic dio un paso hacia mí. La intensidad en su mirada me golpeó más que el dolor de la mordida. —Estoy hablándote. ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué te comportas como una niña? No dije nada. Solo me encogí de hombros. Pequeño. Mecánico. Frío. Ese gesto le dolió. Lo vi. Se tensó. Perdió la respiración un segundo. Y me cargó sobre su hombro sin advertencia. No me resistí. No valía la pena. Me llevó de vuelta a la residencia con una furia que se podía sentir incluso sin verlo. Los gammas se apresuraron a acercarse cuando nos vieron. —¿Dónde estaban? —su voz helada retumbó en el aire—. ¿Cómo es posible que su futura Luna salga sola sin que uno de ustedes lo note? —Alfa, nosotros… —intentó decir uno. Dominic lo cortó con un gruñido seco. —Si vuelven a fallar así, no necesito repetirles lo que les haré. ¿Entendido? Las cabezas se inclinaron al instante. No dijo más. Me llevó a la habitación. Cerró la puerta detrás de nosotros. Caminó hacia el balcón, coloco y revisó las cerraduras una vez. Dos. Tres. —Quiero que sea la última vez —dijo, cada palabra afilada— que me desafías. De nuevo, no dije nada. Hasta que noté la marca en mi cuello. Oscura. Firme. Visible. La toqué con los dedos. Ardía. Levanté la vista hacia él. —Eres un verdadero animal. Él se congeló. Un segundo. Nada más. Luego avanzó hacia mí, me tomó de los brazos y me lanzó sobre la cama sin llegar a lastimarme. Se inclinó sobre mí. Su sombra me cubrió. Su mirada se clavó en la mía. —Y es mejor que no lo olvides —susurró, la voz baja, peligrosa, estremecedora—. No vuelvas a intentar escapar. Me soltó y se enderezó. Salió de la habitación sin mirarme. La puerta se cerró. El silencio cayó sobre mí. Hasta que Kaela habló, molesta y herida. “¿Qué crees que estás haciendo? Nos vas a meter en más problemas.” Yo suspiré, exhausta. —Tú querías correr —le recordé. Kaela bufó. Ni siquiera respondió. Y por primera vez… Las dos nos quedamos en un silencio incómodo. Largo. Cargado de cosas que no queríamos enfrentar. Ni ella. Ni yo. Porque lo que habíamos incitado en el claro era obvio que Dominic no lo iba a olvidar.
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