—¡Hora de levantarse! —Escucho a una sirvienta vociferar por todo el pasillo. Miro el reloj de pared que marca las cinco de la mañana y salto de la cama para asearme. Si antes me quejaba por la carencia de aseo, ahora el problema es que debo hacerlo demasiado.
Me pongo un vestido cualquiera y me hago una larga trenza. Cuando termino de vestirme, me apresuro en dirección de la sala, allí ya hay algunas chicas esperando. ¡No llegué tarde! ¡Perfecto!
—Diríjanse a la cocina en orden. Esta actividad se hará cada mañana todo el tiempo que estén en esta mansión. El té mañanero es la bebida más importante del joven amo, quien tiene gustos exigentes y exquisitos; asimismo, requiere que su té esté servido al amanecer. Como pueden apreciar, hay cinco mesas para ser utilizadas por tres de ustedes. Cada mesa tiene tres teteras, tres tazas y hierbas con especias. Según sus criterios, utilizarán los ingredientes para crear una bebida deliciosa y energética. Pueden empezar.
Camino en dirección a la mesa, emocionada con esta actividad; el té siempre se me ha dado bien. Recuerdo que mis padres me delegaban esa función porque les encantaba como me quedaba. Empiezo a mezclar especias y hojas, una vez la tetera se ha calentado lo suficiente. Cuando ya ha tenido el tiempo adecuado, rallo un poco de jengibre y lo hecho a la infusión. Acabado el tiempo dado por las jefas, todas servimos el té; por mi parte, termino mi labor endulzándolo con miel.
Mi estómago duele cuando Yaja prueba mi bebida, los nervios me atacan de forma cruel provocándome sudores fríos y temblores. Aprieto las manos contra la tela de mi vestido, temerosa del veredicto. Mi puntuación está muy mal, así que otra mala calificación me hundiría demasiado.
—Está bueno, pero puede mejorar —dice con indiferencia. La decepción me ahoga y la frustración cala mis huesos. Por más que me esfuerzo, soy un fracaso. Por lo menos no soy la única que necesita mejorar, es lo que nos han dicho a casi todas, a las que no, es porque les quedó mal.
Después de preparar el té, nos llevan a una habitación donde hay dibujos de hombres desnudos. No soy la única sonrojada, incluso las jefas parecen un tomate de rojas. Una mujer vestida de forma elegante y sensual —y con aire de superioridad— entra con un látigo en las manos. No puedo evitar el estupor al ver el objeto ser manipulado por ella como si fuese un juguete. Muchas veces he sentido el dolor desgarrador de ese pequeño instrumento.
Ella se sitúa frente a nosotras y, sin decir palabra, nos indica que nos sentemos en las banquetas que se encuentran en este pequeño salón. Todas obedecemos contrariadas, temerosas de esa señora. Ella, sin embargo, empieza a explicar los nombres de cada parte de los cuerpos desnudos, con denotada soltura y manejo, sin un atisbo de vergüenza, usando el látigo para apuntarlas. El látigo es n***o y largo, un poco diferente a los que usan para azotarnos, puesto que este no tiene soga, más bien es erguido. Es de esos que se utilizan para montar caballos.
Todas prestamos atención a sus explicaciones sobre el deseo s****l de los hombres y los lugares donde ellos experimentan mayor placer. Es increíble el silencio en el salón, la manera en que todas atendemos atentas a tan interesante clase. No sé por qué esas explicaciones traen imágenes del cuerpo del joven amo, mojado con el agua del estanque donde ambos nos bañamos. ¿Por qué hace calor?
—El joven amo aún no ha intimado con ninguna mujer; por tal razón, deben aprender bien el arte, dado que su primera experiencia debe ser maravillosa. Pese a que la práctica hace al maestro, el conocimiento teórico puede evitar malas experiencias.
No lo puedo creer. Ese joven apuesto y altanero es virgen. ¡Quién lo diría!
>> No sabemos cuál de ustedes tendrá el privilegio de ser la primera en el lecho del amo, dado que ustedes serán su práctica para que, cuando le toque casarse, ya este sea un experto y pueda satisfacer a su esposa en la cama.
La indignación provoca un amargor en todo mi pecho. ¿Es decir que seremos los juguetes de aquel amo? ¿Nos usará como objeto para poder ser buen amante?
¡Qué asco de persona! ¿Cómo pueden existir ese tipo de hombres? Espero que nunca tenga el infortunio de estar en su lecho.
Después de la atrevida clase, nos toca el desayuno; cabe decir que tampoco pude comerlo por mi falta de modales.
Estoy echando agua a las rosas del jardín justo como nos enseñaron. El objeto en mi mano tiembla, puesto que el hambre me está provocando sacudidas y un tremendo mareo. Dejo la tetera en el suelo y me siento sobre este porque ya no soporto la debilidad; mi estómago duele y mi cabeza da vueltas. Me siento muy mal.
—¿Qué haces ahí tirada? —Una de las jefas, creo que su nombre es Dina, interpela con marcado disgusto—. ¡Vas a arruinar el vestido!
Trato de ponerme de pies, pero la debilidad me lo impide; vuelvo a caer.
—¡Esclava maldita! ¡Levántate ya!
—No puedo... Me siento muy mal... —balbuceo. Esta mañana, en mi segundo aseo, me di cuenta de que tenía el periodo, empeorando mi situación de ayuno. Porque hoy es el segundo día que no como nada.
—¡Obedece, zorra! —Me patea. Me revuelvo del dolor, pero eso es combustible para ella seguir pateándome en el costado. Jadeo ante el sufrimiento de su maltrato y la impotencia de no poder evitarlo. Trato de ponerme de pies, mas no puedo. Ella llama a los guardias, quienes me arrastran con rudeza al patio. Es un espacio abierto cementado, con banquetas, algunos pozos, jardines y un parque alrededor, que es precedido por el monte y las enormes cercas de la mansión. Las chicas que están allí me observan aterradas, al percatarse de que estoy siendo arrastrada por todo el concreto con violencia, arañándose mi vestido y la piel descubierta.
Rasgan las ropas de mi espalda y mi cuerpo tiembla por la anticipación de lo que sé que sucederá. Lágrimas pesadas mojan mis mejillas, me siento desolada y abandonada, necesito regresar a mi hogar, junto a mi familia. Quiero ver la risa sincera de mamá, quien se la pasaba estallando en carcajadas porque era feliz con el amor de papá y sus hijos. Quiero volver a sentir sus brazos cálidos alrededor de mi cuerpo, cuando era mi refugio al sentirme enferma. Necesito de sus cuidados, de su deliciosa comida.
Papá... ¡Cómo anhelo volver a escuchar sus anécdotas e historias! Cómo extraño las risas de mis hermanos cuando rodeábamos una fogata en el patio, bajo el cielo estrellado. Mamá y yo preparábamos chocolate con leche, y todos disfrutábamos atentos los cuentos de papá.
"Lailif roma ".
Mis lágrimas silenciosas son testigos de mi sufrimiento, de mi soledad. Cada latigazo se lleva consigo mi aliento, el dolor es insoportable. Siento la sangre emanar de mi espalda, el ardor que deja cada golpe. Todo se torna borroso a mi alrededor y siento que el suelo se mueve. Náuseas me provocan arcadas y vomito un líquido que quema mi garganta, dado que no tengo nada en el estómago.
No debo querer morirme en este momento, no antes de cumplir mi promesa, no antes de encontrarlos.
—¡Qué demonios están haciendo! —La voz imponente y ronca de un hombre me sobresalta. Percibo la tensión en el ambiente, pero estoy demasiado mareada como para prestarle atención a lo que sucede. Solo escucho a Dina dar explicaciones y acusarme de no sé qué. El hombre la reprende y ella se disculpa y pide piedad.
¿Qué está sucediendo?
Siento que me levantan con delicadeza, más bien me levanta, porque es un solo hombre quien me carga entre sus brazos; su pecho fuerte y cálido me sirve de apoyo y su delicioso aroma me reconforta.
¿Quién es mi salvador y por qué se ha apiadado de mí?
—Lamento no haber llegado a tiempo, Adelaida —susurra sobre mis oídos.
Su voz me da consuelo y me siento segura en sus brazos. Mi cerebro decide confiar en él y dejar mi cuerpo descansar, entonces me rindo y mi mente se apaga.
***
—Póngale más ungüento para que no le quede cicatriz.
Escucho la voz ronca y varonil que se percibe lejos.
Siento manos sobre mi piel lastimada, quiero gritar, pero no tengo fuerzas. El calor de una manta cubre mi cuerpo, entonces escucho pasos que se alejan y la puerta cerrarse. El colchón se hunde y me siento observada. El cosquilleo en mis mejillas me hace entender que alguien me acaricia.
«Se siente bien».
—Odio que una mujer sea abusada de esta manera. En especial, una con un cuerpo tan frágil como el tuyo. ¿Cómo pueden ser las personas tan crueles? ¿Por qué existe la esclavitud?
Quiero responder que yo me siento igual que él, que me alegra encontrar a alguien que piense lo mismo que yo, pero no puedo. Estoy totalmente paralizada y sin voz. ¿Qué fue lo que me dieron?
Al cabo de unos minutos siento que se levanta y se aleja, la tristeza me embarga cuando la puerta se cierra y la habitación se siente vacía.
¿Quién es este caballero tan noble que me ha ayudado? Espero que, al despertar, pueda conocerlo.