Capítulo 4

1415 Palabras
  Acaricio la cama de sábanas frescas y suaves, adornada con una colcha gruesa de color dorado, perfecta para combatir el frío. Dos armarios se yerguen frente a mí; al abrirlos, vestidos, blusas y faldas se encuentran enganchados de forma ordenada. Vislumbro también, algunos pantalones elegantes; me imagino que serán para montar a caballo sin problemas. En esta habitación tengo mi baño privado, un gavetero y un tocador con un enorme espejo frente a él; un banquillo con sentadera acolchada, un sin número de maquillaje, perfumes, cremas, accesorios para el cabello, joyas, espejos pequeños, peines en diferentes tamaños y un cepillo. ¿Es así como las señoras logran verse tan elegantes y bonitas? Son meros accesorios y productos, sin ellos, esas mujeres son como nosotras las esclavas: personas comunes y corrientes. Me siento en la cama con precaución, como si no debiera hundirme mucho o estar en ella. Es un instinto de supervivencia, donde te inhibes de tocar un objeto, para no ser castigado. Todos estos años viviendo y siendo tratada como menos que un animal salvaje, así que tener estas comodidades de forma repentina, me hace sentir incómoda y extraña, como si nada de esto fuera para mí y debiera mantenerme alejada. Tal vez con el tiempo me acostumbre a esta nueva vida, y el recelo y escepticismo dejen de mandar alertas a mi cuerpo, y al fin pueda disfrutar de todo esto. Esbozo un suspiro antes de dejarme caer sobre la cama. Quiero llorar ante la sensación agradable del suave colchón en mi espalda. No recuerdo la última vez que sentí tal comodidad. Bueno, sí lo recuerdo... Solo que esa vez no presté atención a la sensación agradable, puesto que mis sentidos estaban enfocados en el miedo y el dolor de aquel horrible momento, cuando mi virginidad fue arrebatada por el amo de aquella hacienda, donde me llevaron un año después de haber sido esclavizada. Había corrido con suerte todo ese año porque nadie me había tocado, pero tuve que ser vendida a ese pervertido que me hizo tanto daño. Limpio las lágrimas que resbalan por mis mejillas, todavía el asco y la rabia me corroen, la impotencia de tener que dejar que hiciese con mi cuerpo como quisiese, solo porque yo era una simple esclava que tenía que obedecer o moría de una forma cruel y dolorosa. ¿Por qué legalizaron la esclavitud? ¿Por qué ese malvado rey permite que los poderosos hagan como deseen y cometan actos delictivos en nombre de la autoridad? ¿Por qué me arrebataron mi vida, mi hogar, mi familia? Lloro... No debo rendirme ahora, más bien, tengo que buscar la manera de ser libre e ir por mis hermanos. "Lailif roma". Esas palabras me reconfortan y dan la fuerza y el coraje, para seguir luchando contra la resignación. No me conformaré con ser esclava o criada, debe haber alguna manera de conseguir mi libertad y reunirme con mi familia. «Si es que están vivos». Sacudo la cabeza ante ese pensamiento. No, ellos están vivos y nos vamos a encontrar. Toques bruscos en la puerta corta el hilo de mis pensamientos. Me levanto con rapidez mientras limpio mis lágrimas. Abro la puerta y una sirvienta delgada, de cabello color zanahoria y ojo grises me mira con desagrado y el ceño fruncido. Trago pesado por lo mucho que ella me intimida. —¿No se ha aseado aún? —pregunta con marcado disgusto—. Acaba de viajar por horas; debe darse un baño y ponerse una ropa elegante. Tiene diez minutos para hacerlo y venir al comedor para el almuerzo. Su tardanza, le bajará puntos. Ya debería estar en la sala junto a las demás. —Me mira de arriba abajo de forma despectiva—. Aunque, no creo que usted logre obtener buenas calificaciones; no me la imagino siquiera como criada del amo. Bajo el rostro con extrema vergüenza. Me siento tan insignificante en este momento. Corro al baño para asearme, no entiendo por qué hay que bañarse tanto, pero debo hacer mi mejor esfuerzo, no quiero volver a ser esclava de bajo rango. Pese a lo pequeña que me siento en este momento, la rabia inunda mis venas, ¿no es responsabilidad de ellos explicarnos las reglas y lo que se espera de nosotras? ¿Cómo puedo yo adivinar esas cosas? Salgo de la habitación con agitación; escoger un vestuario me ha consumido casi los diez minutos, dado que no sé vestirme como las demás; no entiendo de maquillaje, lujos o cómo escoger el mejor accesorio. Soy el centro de atención cuando entro a la sala, situación que me hace sentir incómoda al instante. Camino tratando de disimular la vergüenza y los nervios, uniéndome al grupo que me examina con diferentes expresiones de acuerdo al rostro. Algunas me miran con lástima, otras con diversión, mientras que la mayoría sonríen de la satisfacción. Por supuesto, es una competencia y mientras más torpe tu contrincante, más esperanzas tiene. Por lo visto, soy yo quien está mal parada en la competición. —Llegas tarde, Laida. Tienes cinco puntos menos —dice Yaja con decepción. Las lágrimas se agrupan en mis ojos ante el bochorno y la incomodidad, al saber que estoy decepcionando personas. Soy un caso perdido. —Lo siento. No conocía las reglas. Prometo esforzarme mejor la próxima vez —digo con la voz en un hilo y la cabeza gacha. —Es lo que se espera de ti —añade antes de mirar por encima de mí y dirigirse a todas nosotras—: No esperen a que le diremos todo lo que se espera de ustedes, es su responsabilidad estar un paso adelante y buscar información sobre su trabajo. ¿Acaso creen que servir al amo es un trabajo fácil? Solo las que son proactivas y diligentes tendrán el privilegio de servirle directamente al joven heredero. Tengo ganas de entornar los ojos y burlarme de esta ridiculez. ¿Cuál es la gran cosa con ese tipo? Ni siquiera es un m*****o de la realeza. ¿Por qué se requiere tanto esfuerzo para cumplir los caprichos de un chico mimado? ¡Me mata la rabia! No soporto a ese hombre. ¿Quién se cree él que es para decirnos como debemos ser, vestir o comportarnos? De seguro es un pedante arrogante, con aires de superioridad que se cree el dueño del mundo. No lucharé por ser concubina de ese señor, más bien me esforzaré por ser criada; aunque tendré que soportarlo de todas formas, por lo menos no estaré en su lecho. Después de afrontar los regaños y reclamaciones de Yaja y las demás jefas a cargo, nos conducimos a un enorme comedor, donde yacen todo tipo de comida. Vajillas elegantes adornan la gigantesca mesa, junto a cubiertos que jamás he visto en mi vida. La boca se me hace agua ante los manjares frente a mí, estoy ansiosa por tomarlos y probarlos, no recuerdo cuando fue que comí alimento decente. Nos muestran cómo sentarnos y no nos dejan en paz, hasta que logramos hacerlo por lo menos un poco parecido a como ellas no muestran. Pasan los minutos que se han vuelto eternos, dado que nos muestran cada cubierto en la mesa y su uso. Mi estómago ruge ansioso.  Pasa casi una hora y mis ojos lagrimean al percatarse que la comida se está enfriando. ¿Acaso quieren torturarnos? —No se agarra así el tenedor —me corrige la mujer delgada de cabello color zanahoria. ¡Qué ridiculez! Tantas reglas para comer. ¿Cómo disfrutan la comida los ricos? Estoy harta de esto, tengo hambre. No nos dejan probar bocado hasta que agarremos de forma correcta los cubiertos, a este paso moriré de hambre. Me confunden todos ellos. ¿Por qué no se come todo con uno solo?   ***   Camino; disgustada, irritada y con ganas de llorar. Algunas de nosotras no llegamos a comer porque no supimos utilizar los utensilios de la mesa, teniendo que ver como las que sí lo hicieron, comían esas delicias frente a nosotras.  ¡Es tan injusto! Con todo y el estómago vacío, tuvimos que ponernos a planchar y doblar sábanas; nos enseñaron la manera correcta de hacerlo, puesto que, si llegamos a ser criadas, esa sería una de nuestras tareas. ¡Estoy tan cansada! Ha sido un día ajetreado y lleno de eventos y tareas nuevas, ha sido difícil asimilar este cambio repentino.  Y para colmo, con el estómago vacío. ¡Maldito joven heredero! ¡Cómo lo odio!
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