Capítulo 6

1562 Palabras
El cielo nublado anuncia lluvia, por lo que hacemos todos los quehaceres con rapidez. Aún mi espalda se siente lastimada, pero eso no es impedimento para hacer mi trabajo. Ya estoy acostumbrada. Recojo las mantas que la brisa fría ha secado, y corro dentro de la casa cuando las gotas empiezan a caer. Una vez adentro, llevo las mantas para ser planchadas. Murmullos se escuchan en el cuarto de planchado; es un amplio espacio donde planchamos las telas y las doblamos. Me escondo en la pared que me oculta de algunas de mis compañeras para poder escuchar su conversación. —Según escuché de las jefas, van a haber algunos cambios en la forma de tratarnos. Es por esto que ya nos dejan comer, aunque no usemos bien los cubiertos. Según orden directa del joven amo, las jefas serán destituidas si nos niegan alimento o azotan. Escuché también, que todos los sirvientes de la nueva mansión, sin importar el cargo, tendrán un salario. Al parecer, el joven amo volverá a las costumbres de años atrás, cuando no había esclavitud. —Pero los sirvientes siempre han tenido salario, no le veo la novedad —replica otra del grupo. —La novedad es que los esclavos estamos incluidos. Ya no seremos llamados esclavos, al contrario, todos seremos sirvientes. Los murmullos no se hacen esperar. Mi corazón late con agitación ante la nueva información. Ahora más que nunca debo esforzarme por mejorar, no quiero ser devuelta a la mansión de los padres del joven amo y ser una esclava. Decido dejar de esconderme y entrar al cuarto, al instante en que ellas se percatan de mi presencia hacen silencio, todas observándome de forma incómoda. Desde que desperté ayer de mi extraño desmayo, todas me miran de una manera extraña y recelosa, y evitan mi presencia. Asimismo, las jefas me tratan mejor y me miran con temor, pero también con expresión rencorosa y de disgusto. No entiendo la razón ni el porqué del cambio después de lo sucedido, pero me siento rechazada, sola y asustada. Es como si todas las mujeres de aquí estuvieran en mi contra de manera disimulada y me vieran como a una amenaza. «Es tan incómodo». Si tan solo tuviera a quien preguntar sobre los acontecimientos, que sé que sucedieron mientras estuve convaleciente. Me gustaría saber también, quién fue mi salvador y por qué gastó un remedio tan caro en alguien tan insignificante como yo. Me imagino esa fue la razón de haber perdido el conocimiento por dos días y de que de mis heridas no quedarán cicatrices. Me dieron una loción que me quita el dolor por varias horas, también. Lo peor es que no recuerdo nada más que los azotes y el calor del cuerpo de aquel hombre al cargarme. ¿Quién era él? ¿Por qué nadie me dice nada? Hago mi trabajo sin mirar a las presentes, que se han sumido en un fastidioso silencio y de quienes puedo percibir su escrutinio. Respiro con alivio al terminar y me dirijo a la cocina a preparar té. Cada día, recibimos un itinerario sobre nuestras tareas particulares, las cuales debemos hacer a tiempo y sin percances, para que podamos tomar nuestras clases con puntualidad. —La primera visita formal del joven amo será mañana. Está de más decirles que deben esmerarse en complacerlo y demostrar sus capacidades. Las puntuaciones recibidas por nosotras son importantes; no obstante, el joven amo tiene la decisión final. Él es quien escogerá a su favorita. ¡Qué tontería! Yo solo quiero poder ser criada en esa mansión para no ser esclava. Eso de competir para enamorar a un pedante que se cree el dueño del mundo, no me interesa en lo más mínimo. —Marlene; te tenemos un vestido y perfume especial para que impresiones al joven amo; es tu recompensa por tener la mejor puntuación. —Agradezco su misericordia, Yaja. No soy merecedora —responde ella con la mirada baja. Puedo percibir la envidia y desacuerdo en las demás, quienes se tragan su disgusto de forma disimulada. Observo con admiración a la joven mujer de cabellera larga, lacia y negra. Sus ojos son verdes y su cuerpo atractivo. Ella es hermosa, tiene clase y denota elegancia. Sin duda alguna, ella es la indicada para ser la concubina del joven amo, además, es la favorita de todas las jefas. La miro fascinada con sus gestos finos y la hermosa sonrisa, que sus labios llenos y pintados de rojo le regalan. Tiene porte sensual y coqueto, asimismo, mucha propiedad al hablar. *** Trato de dormir, pero me es imposible. Pese a que me he puesto la loción para el dolor, siento la incomodidad cuando mi piel toca el colchón; no importa la posición, molesta de todas formas. Pero más que mi lastimado cuerpo, mi ansiedad se debe a esa visita. No lo entiendo. ¿Por qué me pone tan nerviosa el saber que ese hombre estará en la mansión por varios días? No debe afectarme, él es un señor más de la élite. Un amo que, aunque cambia el nombre a sus esclavos, no nos da la libertad y sigue utilizándonos como objetos. Él... es un hombre inalcanzable.   ***   —Niñas, escojan bien su vestuario y maquillaje. Mis colaboradoras le ayudarán con el peinado —vocifera la maestra de sexualidad, quien también es estilista y diseñadora; por todos los rincones de este enorme vestuario se escucha su voz dando instrucciones. Es ofuscante estar aquí todas chocando, con los trapos tirados por doquier, tomando el peine que suelta la otra, pidiendo que suban la cremallera de los vestidos, etc., etc., etc... Busco con frustración e impotencia entre todas estas telas algo que me quede bien; sin embargo, no tengo ni idea de cómo combinar un vestuario o maquillaje y ya el tiempo se está acabando. Quiero llorar al no saber hacer estas cosas; mamá era una mujer campesina sencilla, que no necesitaba de estos lujos para enamorar a papá. Miro a mi alrededor para encontrar una cara que me sea amigable y poder acercarme, mas no sé a quién acudir, dado que las chicas aquí me evaden, ignoran y me tratan como si fuese una peste contagiosa. —¡Todas al salón, el joven amo acaba de llegar! Siento que me sube la bilis y el piso debajo de mis pies se mueve. Me apresuro en vestirme con la primera falda que encuentro de tela de algodón y color blanca, colocándola encima de una blusa ajustada que decoro con un cinturón de seda color cereza. Las mangas son anchas y cubren la mitad de mis brazos, y la parte delantera forma una V en mi clavícula que no enseña mucho. Con una gargantilla sencilla termino mi vestuario, dejando mi cabello ondulado suelto, entonces proceso a maquillarme. Ni idea de cómo hacerlo, pero debo esforzarme. —¡Tarde como siempre! —Me reprende Yaja entre dientes. Bajo el rostro abochornada y ofendida. Tampoco es que llego tarde siempre, en estos días me he esforzado mucho y he sido puntual. El silencio inunda el gran salón cuando unos sirvientes y guardianes entran, en medio de ellos, un joven con un atractivo singular se yergue con suficiencia, mirando por todo el alrededor como estudiando y evaluando cada detalle. Trago pesado cuando se acerca a nosotras; su imponente y lustre presencia me causa unos nervios horribles. Todas bajamos la mirada cuando se posa delante del grupo, mostrando con ese gesto respeto a la autoridad del hombre. —Adelaida —dice él con voz dulce y pausada—, mírame cuando te hablo, por favor. —Levanta mi mentón con su dedo índice, entonces me estremezco cuando nuestras miradas se conectan. Esos ojos avellanados... —Perdone mi imprudencia, amo. —Nikanor, para ti. —No podría llamarlo por su nombre, mi señor. —Entonces hazlo por mi apellido, pero no me llames amo jamás. —Le llamaré señor, entonces. —Eres muy osada. —Sonríe de lado y mi me mira con diversión—. Sin embargo, puedes llamarme joven maestro. —Sí, joven maestro. —¿Qué le has hecho a tu bello rostro? Ve y lávate la cara. Ese maquillaje te hace ver como un bufón. —Estalla en carcajadas a mi costa. Si no fuera el amo, ya le hubiera dado algunas cachetadas para que no se burle de mí. La rabia arde en mis venas porque él sigue riendo, como si de verdad fuera un bufón contratado para divertirlo, o como si yo le estuviera haciendo cosquillas. ¡Qué tipo tan desagradable! Cuando se calma del ataque de risa, me mira mordiéndose los labios para no seguir riendo y simula ponerse serio—. Cuando regreses, me preparas mi té. Corro en dirección al baño un poco avergonzada, al mismo tiempo, siento alivio al poder liberar mi rostro del desastre que mi inexperiencia ha provocado. Mientras me alejo, percibo las miradas de odio y desprecio de parte de las demás competidoras. ¿Por qué me da la impresión de que para ellas soy una amenaza? ¿Acaso no pueden notar lo mal que lo estoy haciendo? En vez de parecerle atractiva al amo, le parezco graciosa. Si supieran que a mí no me interesa ser la concubina de ese tonto, pero también, es obvio que él nunca me escogería; o tal vez sí, yo sería su bufón personal. Idiota.
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