Preparo el té bajo la atenta mirada de todos; mis manos temblorosas son evidencias de los nervios que me atacan en este momento. ¿Y si no le gusta?
—Joven amo, Marlene hace un té exquisito —dice Yaja de repente, captando la atención del amo—. Ella es conocedora de las especias más finas y las hojas utilizadas por la realeza. Marlene se crio entre la servidumbre de nobles, por lo tanto, ella sabe cómo complacer el paladar más exquisito y exigente. Le recomiendo que pruebe su bebida.
—Gracias por la recomendación. Qué Marlene prepare el té para mí, también. Mientras esté en la mansión beberé el té de una sola persona, escogiendo en cada visita a una criada nueva para la tarea.
Miro al amo por inercia. Está sentado en una butaca cómoda que sus sirvientes trajeron para él desde la sala, para que nos observe a mí y a Marlene mientras preparamos el té. Observo al joven amo con precaución, estudiando sus gestos y su forma de hablar. Su sonrisa ladina me hace entender que es una persona relajada, le gusta divertirse y dar placer al paladar. Escojo especias dulces y de sabores intensos, mezclo todo y le pongo un poco de menta, endulzo con miel y le añado un poco de jengibre raspado.
Una vez terminamos, Marlene se apresura y le sirve con elegancia, exagerando sus poses y su manera de caminar. Un olor a perfume inunda el lugar, ha escogido hojas aromáticas para la bebida.
—Huele bien y sabe exquisito. Eres muy buena con los olores.
—Gracias, joven maestro —responde ella, airosa. Bien, estoy segura de que Marlene será quien le sirva el té al amo, no hay manera de superar la altura con la que hace las cosas.
—Señor para ti. No soy tu maestro ni tampoco te he dado esa confianza. Deja de ser insolente.
No creo ser la única impresionada en este lugar, todas nos quedamos estupefactas. Marlene se disculpa abochornada y vuelve a su lugar detrás de la mesa.
—Adelaida, ¿qué esperas para servirme el té? —me reclama. Me apresuro a servirle tratando de no ensuciarlo con mi torpeza. Tantos años siendo esclava que se la pasaba limpiando pisos y caca, que estar sirviendo té de forma elegante y con protocolo es difícil para mí.
—Disculpe el poco desenvolvimiento de Laida, señor —se apresura a decir Yaja, quien me mira de mala manera al no tener gracia ni elegancia para hacer estas cosas—, ha sido difícil enseñarle a esta esclava de rango bajo. Si desea podemos devolverla a la mansión de los amos, ella es un caso perdido.
Sus palabras traspasan mi pecho y la indignación me ahoga. ¡Es tan injusto lo que dice! He puesto mucho esfuerzo para aprender, dado que ellas no me explican nada y me dicen que observe como las demás lo hacen cuando pregunto. A todas les entrenan y dan instrucciones, pero a mí me tratan como si no valiera la pena enseñarme; creo que dan por sentado que no lo lograré.
«No llores. Debes ser fuerte», me animo a mí misma. Respiro profundo para ahogar el deseo de llorar. No entiendo por qué me avergüenza tanto que el amo escuche esas quejas en mi contra.
«No debería importarme lo que él piense...»
—Parece que no fui claro con usted la última vez que hablamos. —La mirada amenazante que le atina a Yaja me provoca temor—. Absténgase de hablar si no va a decir nada productivo. Soy yo quien decide si me quedo o no con las criadas. De todas formas, pertenecen todas a mi mansión ahora, mi padre me cedió el derecho. ¿Tiene algún problema con eso, Yaja?
—Por supuesto que no, señor. Disculpe mi atrevimiento, solo quiero lo mejor para usted y su casa, es todo.
—Limítese a hacer su trabajo —le reprende con marcado disgusto—. Y tú... —Trago pesado cuando sus ojos se posan sobre mí—. Dame mi té antes de que se enfríe. —Me sonríe.
¿Por qué es tan amigable conmigo? ¿Acaso no entiende que me traerá problemas con las demás si sigue tratándome de esa manera? Frunzo el ceño tratando de ser indiferente y que las demás vean que no hago nada a propósito.
—Perdone mi distracción, señor.
—¿Cómo me llamaste? —La taza resbala de mi mano ante el miedo que sus ojos avellanados me causan, cuando me confronta con la mirada.
Cierro los míos con fuerza ante lo inevitable, mas nada sucede. Los abro poco a poco y el alivio me abraza al notar que el detuvo la caída. Vuelve a poner la taza en la pequeña bandeja que yace sobre la mesa, y la toma otra vez por el asa, dando un sorbo con elegancia. Cierra los ojos mientras saborea el líquido en su boca, cuando lo abre, mi corazón salta en mi pecho al encontrarme con esa mirada intensa.
¿Por qué siento tantas emociones cuando él me mira?
—Nada mal —murmura con expresión divertida—. Por cierto, creo haberte dicho que me digas joven maestro. Si te es largo, puedes llamarme maestro o Nikanor, como te sientas más cómoda.
Puedo percibir las miradas afiladas clavarse en mi espalda, por lo que me esfuerzo para no mirar a nadie aquí presente. Sé que todas me odian en este momento, de seguro creen que el joven heredero me prefiere o algo así. Él solo se divierte a mi costa y su diversión me va a costar mucho cuando se vaya, y me quede a merced de estas mujeres celosas.
—J-Joven maestro... —Vuelve a sonreír con satisfacción. ¡No lo soporto!
—Bien dicho, Adelaida.
Me arde la sangre. Este niño mimado me está colmando la paciencia.
—Joven maestro, ¿acaso es mi maestro para yo llamarle así?
—Eres una insolente muy osada... —pronuncia con superioridad—. Por algo te he pedido que me llames así.
Asiento tragándome la incomodidad. Creo que a este amo le gusta ver el mundo arder y me ha tomado a mí como como su fósforo. Le debe ser divertido ponerlas a todas en mi contra, sabiendo él que no tengo la mínima posibilidad de ser su concubina.
—Yaja, de los cofres con joyas, perfumes y ropas que traje de mi viaje, dale una porción a Marlene por su excelente trabajo al servir el té y por tan exquisita combinación. Sin duda alguna, ella me va a representar en las reuniones especiales y me será útil al tratar a mis invitados.
¡Lo sabía! Solo se divertía a nuestra costa al haberme tratado con confianza.
«No debe importarte...»
—Buena elección, joven amo —alaba Yaja con satisfacción. Ambas mujeres sonríen con suficiencia y expresión de victoria—. Le daré las indicaciones a Marlene para que le prepare el té mientras usted esté en la mansión.
Veo a todas cambiar la expresión. Deben estar aliviadas de saber que no soy la favorita del amo y que aún tienen la oportunidad de dar la batalla.
—Yaja, debes aprender a entender lo que te digo. En ningún momento me he referido o dado a entender, que la señorita Marlene me servirá el té; dije que me será útil cuando tenga invitados. El té me lo servirá Adelaida hasta que alguna de las demás prepare la bebida mejor que ella.
Ah...
Bajo el rostro al percatarme que las expresiones de las mujeres han cambiado y se tornan tosca y de odio hacia mí.
—No soy digna de servirle el té, joven maestro —me apresuro a responder con la esperanza de que escoja a Marlene.
«No quiero ser el objeto de odio y celos».
—¿Vas a renunciar a tu mérito por el miedo al rechazo? No eres una cobarde, así que no vuelvas a decir que no eres digna. Por cierto, tengo un regalo para ti.
Mi corazón late tan fuerte que siento que se saldrá de mi pecho.
Niego en respuesta porque el habla no me sale. Él tiene razón, debo pensar primero en mí. Y si creen que soy la favorita, ¿qué? ¿No se trata de eso esta competencia?
—Creí que tu escrutinio era porque mi atractivo te tenía impresionada, pero tu observación minuciosa era estudiándome para deducir el tipo de bebida que podría gustarme. Diste en el punto, tu té me ha encantado. Aunque, por supuesto, sé que también me mirabas porque soy muy apuesto.
¡Y este tipo, ¿qué?!
—¿Apuesto? Se equivoca, yo ni siquiera he notado cómo son sus facciones. No tiene ningún atractivo que llame mi atención.
Creo que he excedido los límites. ¿Acaso quiero morir? El temor me aborda ante el mutismo que llena la cocina y la manera en que el joven amo abre la boca en sorpresa.
¡Estoy muerta!
—Ja, ja, ja, ja, ja, ja... ¡Qué mentirosa eres!
¿Se está riendo?
Mis ojos se abren de forma exagerada y mis mejillas arden. ¿Este tipo es el heredero del gobernador? A mí me parece un muchacho inmaduro, no un señor con tal responsabilidad.