—Ábrelo. —Tomo con nerviosismo la caja que el amo ha extendido en mi dirección, una vez estamos en un pequeño cuarto que parece un estudio. Pidió que nadie nos molestara y cerró la puerta para que tengamos privacidad.
Abro la caja decorada con manos temblorosas. No hay joyas ni perfumes, tampoco ropa fina. En su lugar, se encuentra un libro con tapa gruesa y dorada.
—Cultura general —pronuncia como si adivinara mis pensamientos—. Un poco de economía, política y administración, también. Necesito que lo estudies. En mi segunda visita te haré preguntas.
No salgo de mi asombro, pero me siento feliz. Siempre he querido aprender más que solo a leer y escribir, pero donde vivía era lo único que teníamos disponible. Acaricio la tapa dura del tan pesado y buen libro, y mis ojos se cristalizan por lo mucho que me gusta este regalo.
—Gracias, joven maestro.
—Sabía que te gustaría. —Sonríe. No entiendo qué tiene su sonrisa que me hace estremecer.
«Lailif roma», resuena en mi mente como un recordatorio. De inmediato, me siento culpable por tener estas extrañas emociones, este nerviosismo cuando su mirada me escudriña o esa sensación de bienestar que su presencia me causa. No... Debo enfocarme en lo importante.
—También te traje esto. —Introduce un chocolate que ha sacado de una caja roja con plateado en mi boca. Casi jadeo ante el delicioso sabor del postre. Nunca había probado tal exquisitez, que se derrite al saborearlo. Lamo mis labios cuando el contenido en mi paladar se deshace y quedo con ganas de más; el joven amo como que lo adivina y pone otro chocolate dentro de mi boca.
—¡Qué delicioso! —exclamo cuando termino de comerlo. Su sonrisa le ilumina el rostro; está satisfecho de que me haya gustado.
—Guarda el resto para cuando requieras algo dulce.
¿Son normales los latidos frenéticos de mi corazón? ¿Por qué el joven amo me trata tan bien? ¿Y si quiere llevarme a la cama? De inmediato, los recuerdos de su cuerpo desnudo dentro del agua me acorralan. Siento varios escalofríos recorrer mi cuerpo y el rostro me arde.
—¿Qué es lo que estás pensando, Adelaida? —Su mirada pícara me estremece.
—Sobre lo valioso y útil que este libro es...
Soy una vil mentirosa.
—¿Y por eso te has puesto roja como un tomate? —inquiere divertido, provocando que el pulso se me acelere.
—No estoy roja... —Estoy tan avergonzada que no puedo retenerle la mirada. Todo mi interior empieza a descomponerse cuando el acorta nuestra distancia y levanta mi mentón para que lo encare.
¿Es normal que me falte el oxígeno? ¿Qué rayos me está pasando con este hombre?
—Te voy a enseñar lo básico de todo lo que he aprendido yo. Quiero que seas más que una concubina; si te soy sincero, solo tendrás ese título para poder protegerte. Mi verdadero interés contigo es que seas mi asistente personal, pero esa posición tendrás que ganártela. Así que esfuérzate y da lo mejor de ti, no quiero escuchar quejas de que eres inservible.
¡Lo sabía! El joven amo nunca se fijaría en mí para estar en su lecho. Aunque me sorprende que me considere para un cargo tan importante. ¿Por qué yo?
Debería sentir alivio ante la información que me ha dado, pero…
Es tan estúpida la decepción que siento. ¿Se puede estar feliz y triste a la vez? ¿De verdad creí que el joven amo me veía con ojos especiales? Finjo una sonrisa para disimular mi decepción, temerosa de lo que estoy sintiendo.
A mí no me atrae el amo, ¿cierto?
***
Murmullos y miradas furtivas cargadas de celos, odio y reproche, es lo que recibo de las demás al salir del estudio con el joven amo. Deben estar pensando lo peor y, el simple hecho de ser mal interpretada, me genera vergüenza e incomodidad.
Ignoro el mal sabor de boca ante el escrutinio asesino y reprobatorio de mis compañeras, y me apresuro a hacer mis tareas del día, las cuales se han visto afectadas gracias a la lección de dos horas de parte del amo. Me duele la cabeza por toda la información recibida, además de las nuevas reglas y normas, pero es más agradable aprender con él que con las jefas. Por lo menos el amo es cortés y paciente, y no utiliza palabras hirientes cuando fallo, más bien me anima a intentarlo de nuevo.
Suspiro por el estremecimiento de mi cuerpo y me obligo a alejar esas emociones de mí, o, por lo menos, a esconderlas muy en el fondo hasta que logre ignorarlas por completo.
«No debo tener sentimientos por los malvados. Ellos son mis enemigos, quienes me lo han arrebatado todo».
Por más amable que el joven maestro se muestre, él es parte de ellos; él también nos tiene sirviéndole en contra de nuestra voluntad. Él está preparando mujeres para tenerlas en su lecho a su merced, usarlas como objetos para sus bajos deseos y para su conveniencia.
«Él es uno de ellos».
Otro suspiro lleno de amargura sale de mí. Las lágrimas su reúnen en mis ojos y me provocan escozor. Hago mis quehaceres con el pasado martillando mi cabeza, reviviendo el dolor de haber visto los c*******s de mis padres sin poder llorarlos, de no haber sido capaz de abrazarlos por última vez o de haberles dado un entierro digno.
Ellos me arrebataron a mi familia, mi vida, mi dignidad...
«Debes ser fuerte».
"Lailif roma"
Seco las lágrimas que mojan mi rostro mientras lavo los trastes. Respiro profundo para dejar de llorar, entendiendo que el odio y el rencor en el pecho ya es suficiente, para poder pisotear cualquier emoción ilícita que ese joven me provoca. No me dejaré engatusar por su linda sonrisa o su trato dulce, no caeré en la trampa de sus ojos avellanados. Él es mi enemigo y lo usaré para lograr mis objetivos. Esta vez no trataré de escapar como las otras veces, esta vez mi batalla estará disfrazada de lealtad y sometimiento.
***
Lo veo marcharse sobre su corcel, cual imponente caballero. Antes de irse, me dejó algunas indicaciones y tareas. Es así como debo esforzarme el doble y hasta perder sueño, dado que mis tareas anteriores siguen siendo la mismas. Lucho contra el sentimiento de abandono y añoranza, y me animo a mí misma a ser valiente y no dejarme amedrentar, puesto que entiendo que ahora empezará mi infierno. Puedo percibir la satisfacción de las demás, al quedarme sin la protección del joven amo de la que había disfrutado en esta semana; ahora estoy a merced de ellas. Me giro en dirección contraria del camino por donde el joven amo se ha marchado, y me encamino a pasos lentos dentro de la mansión.
«No te dejes intimidar».
Mantengo el rostro bajo sin encarar a ninguna, puedo sentir sus miradas afiladas sobre mí. Paso en silencio por en medio de ellas, sintiéndome como un pequeño ratón entre víboras.
¿Es el temor a ser acosada lo que me hace extrañarlo tanto? Porque su ausencia ya me está causando un vacío intenso en el pecho.
«Joven amo, regrese pronto, por favor».