Capítulo 9

1664 Palabras
—¿Me pasas la sal, por favor? —pido a una de mis compañeras en la mesa. —Tómala tú misma —responde de mala gana. —Está lejos de mí y a tu lado, ¿me harías el favor? —¿Quién te crees que eres para darme órdenes? Bájate de tu nube, que el amo te trate diferente no te hace mejor que nosotras, tampoco te quita la etiqueta de esclava. No eres más que eso, una esclava limpia caca que no debería estar aquí. No tienes ni la clase ni la habilidad para ser la favorita del amo. No te creas que llevas ventaja sobre nosotras, es cuestión de tiempo para que el amo se dé cuenta de lo inservible que eres, ni siquiera sueñes con que serás tú la escogida. Por alguna extraña razón, sus palabras me suenan a amenaza. Trago pesado y lucho contra mis lágrimas; me siento una tonta ahora mismo ante la mirada de desprecio de las demás, que se posan sobre mí. No escucho reprensión de parte de las jefas, más bien se les nota lo satisfechas que están con las palabras de mi compañera. Termino de comer en silencio ignorando lo desabrida que está la comida, puesto que, si me levanto para tomar la sal, las jefas me corregirán por la falta de etiqueta, se supone que debo pedirla a la persona que está cerca de esta. Después de terminar con las tareas, aprovecho mi tiempo de ocio para leer el libro que el joven amo me regaló. Estoy fascinada con todo lo que estoy aprendiendo, aunque debo admitir que me siento indignada de que la política de estas regiones apoye los abusos de los ricos. En esta nación si no tienes un título importante no eres nadie y tu voz no es escuchada. Mas tener influencia social te puede servir para lograr cualquier objetivo. Eso me hace analizar el asunto del concubinato. Como concubina del posible gobernador, tendré influencias en la sociedad y mi voz se tomaría en cuenta. Eso significa que tendría herramientas para luchar en contra de la esclavitud y poder encontrar a mis hermanos y liberarlos, en caso de que sean esclavos. ¿Qué tal que yo me haga partícipe de verdad en este tonto circo? Si el joven amo ha depositado confianza en mí para ser su asistente, ¿qué me impide conquistarlo para que me escoja como a su favorita? Una nueva idea se maquina en mi cabeza, el entusiasmo me embarga y me abrazo a esta nueva esperanza de cumplir mi promesa y obtener mi libertad. Si el joven amo nos utiliza a nosotras a su antojo, ¿por qué no hacer lo mismo con él? Conquistarlo, seducirlo hasta que enloquezca por mí y tenerlo a mi merced para cumplir mis deseos. Sé que los hombres pueden llegar a ser muy manipulables cuando se enamoran. Entonces es lo que haré, enamoraré al joven amo y lo usaré para lograr mis metas. «¿Cómo se supone que harás eso?», ataca mi conciencia. De inmediato, la inseguridad me gana. No tengo idea de cómo seducir a un hombre. Ni siquiera sé cómo vestirme bien y ni digamos maquillarme. El joven amo hasta se rio de mi intento de maquillaje. Hago un puchero y me abrazo al libro sumida en mis maquinaciones. En ese momento, veo a Marlene recogiendo rosas. De seguro hará perfume con ellas; Marlene es muy buena con los aromas. Tan hermosa y delicada. Si fuera como ella, de seguro sabría cómo seducir al amo. Estudio cada uno de sus gestos, su sonrisa de labios cerrados, como si le costara hacerlo abiertamente; la manera en que camina contoneando sus caderas, con los brazos siempre separados y con pose graciosa. O, por lo menos, lo es para mí.  ¿Al joven heredero le gustaría que actuara como ella?   ***   —No deberían estar preocupadas por ella, solo es una esclava recoge caca. El amo le tomó lástima por lo que sucedió, a él nunca le ha gustado el castigo a los esclavos. No entiendo por qué Tufa incluyó a esa ratita dentro de los esclavos que irán a la nueva mansión, tener que enseñar a esa niña bruta y sin modales es un martirio. Duele. Quema que todas me menosprecien, incluyendo a Yaja. Ella no me soporta, desde que me conoció me ha tratado como si tuviera una enfermedad contagiosa o algo por el estilo. ¿Por qué me odian tanto? ¿Qué les he hecho yo para que me traten de esta manera? Finjo que no he escuchado nada y entro a la cocina en silencio. Empiezo a lavar los trastes evitando encarar a las demás, la tensión ha creado un ambiente incómodo. Es vergonzoso sentir sus miradas sobre mí; el mutismo que ha sido causado por mi presencia es insoportable. Siento que me ahogo en este lugar, necesito terminar rápido para poder salir de aquí. Es tan incómodo. —¿Para dónde crees que vas? —Yaja se me pone en frente cuando me dispongo a salir, una vez he terminado mi trabajo. —Debo tejer la bufanda que le daremos al joven maestro, la mía está atrasada porque me han puesto el doble de tareas en estos días, sumándole las asignaciones que él mismo me puso. —¿Acaso es ese nuestro problema? Si el amo se divierte haciéndote la vida más difícil es asunto tuyo. Por lo menos le sirves de bufón porque aquí ya eres una completa inútil. ¿Crees que llegarás a ser siquiera una sirvienta? Tus calificaciones están tan bajas que tu destino final será regresar a la mansión del gobernador a limpiar caca, ese es tu verdadero lugar, junto a los cerdos y la inmundicia. —Una cerda parece ella —se burla Marlene. Aprieto los puños y me muerdo los labios. No voy a llorar, no voy a llorar. Debería estar acostumbrada a este tipo de tratos y peores que este. Definitivamente, no me dejaré amedrentar por ellas. —Diga usted que otras tareas debo hacer, Yaja —replico, ignorando la burla de Marlene y lo tosca que la jefa se muestra conmigo. En fin, ellas no son nadie significantes en mi vida, me debe importar un comino lo que piensen de mí. —Te toca limpiar los baños, los pisos y los establos. Tienes que terminar antes de la cena, porque sabes que debes comer en el comedor junto a todas, bien aseada, vestida y peinada. Trago pesado ante esta injusticia. ¿Desde cuándo a nosotras nos tocan este tipo de tareas? Se supone que debemos aprender las asignaciones básicas de las concubinas o las mucamas cercanas al amo. Los pisos, los baños y los establos lo limpian los sirvientes que el amo contrató para ello. Asiento sin rechistar dado que no tengo opción, aunque es obvio que solo yo haré este tipo de tareas.   No sé cuánto tiempo ha pasado, pero a este ritmo no cenaré hoy. Paso el trapo por el piso del baño de los trabajadores, debido a que no me dejaron usar un suape, alegando que no quedan lo suficientemente limpios así. Pero yo sé que es una vil excusa para ponérmela difícil. Cuando por fin termino, corro a mi dormitorio para bañarme. Todo lo hago en tiempo récord para llegar puntual a cenar. «Tengo mucha hambre». Corro por todo el pasillo, percatándome de que no me vean. Según las jefas, correr es de mala educación y le quita clase y elegancia a una concubina. Llego al comedor con la respiración agitada. Me paro unos segundos al final del pasillo para recuperar la compostura y que no se note mi urgencia. Para cuando llego, ya están recogiendo la mesa y las chicas esparciéndose por toda la casa. No... Me acerco a Yaja y la miro con timidez. —Llegaste tarde, ya la cena terminó. —Pero... —Juego con mis dedos con marcado nerviosismo—. No llegué a tiempo por todas las tareas que me pusieron. Una cachetada me agarra desprevenida. —¿Te estás quejando de tus tareas, esclava? ¿Quién te crees que eres para refutarme, insolente? Tengo tantas ganas de golpearla de vuelta. Creo que se le olvida que ella también es una esclava, por más rango que tenga y por más jefa que sea. Pero debo tragarme mis deseos y bajar la cabeza. No puedo buscarme más problemas. —Tengo mucha hambre. El joven amo ordenó que todas comiéramos y que no suframos hambre. —Las estamos alimentando, no es nuestra culpa que tú no te presentes a la cena. Me arde la sangre de la impotencia. —Estoy aquí, vine a cenar. —Tomo valentía no sé de dónde. —¿Quieres cenar? —Me agarra fuerte por los cabellos, de inmediato, todas posan su mirada sobre mí—. ¿Ves que tengo razón al decir que solo eres una inmunda esclava de bajo rango que carece de modales? Solo te interesa llenarte el estómago, pero sin el protocolo que debe tener una concubina. Te niegas a hacerlo en la mesa a la hora debida. Entonces vamos a tratarte como en realidad eres. Me lleva a rastras en dirección a la cocina, jalando mi cabello con malicia. Un grupo de chicas y jefas nos siguen con curiosidad, no dispuestas a perderse tal espectáculo. Me lanza con brusquedad al piso. Entonces empieza a tirar las sobras de la cena sobre mí y a vociferar entre risas: —¡Come, animal! ¡Llénate la barriga como la cerda asquerosa que eres! Las risas de las demás nublan mi razón, la vergüenza de tal humillación me hace bajar el rostro. Lágrimas pesadas recorren mis mejillas, los recuerdos de mi hogar causándome más dolor y desolación. En casa siempre tenía un plato caliente en la mesa, mamá se preocupaba de mantenernos alimentados. No me era necesario implorar por ellos ni ser humillada por pedirlos. Mamá, papá... ¡Cuanto los extraño!
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