—Amo, ¿por qué me ha llamado a su habitación? —Oculto mis manos entre la tela del vestido, como una manera de disimular mi nerviosismo.
—Me enteré de que nunca nadie te ha tocado, lo que considero un desperdicio. Eres una esclava muy hermosa. Aunque me alegrará ser el primero en disfrutar de tu piel fresquecita.
Retrocedo cuando él avanza. Las lágrimas se han acumulado en mis ojos al comprender lo que pretende. No quiero que me toque, no...
Despierto exaltada y con sudores fríos en todo mi cuerpo. Odio tener esas pesadillas, vivir otra vez ese asqueroso momento que tanto quiero borrar de mi mente.
Mi vida es un infierno del cual me estoy cansando. Sería tan fácil si cerrara los ojos para siempre.
"Lailif Roma".
Me levanto desganada, no quiero empezar un nuevo día lleno de humillaciones, miradas acusatorias, maltratos ni con quehaceres de más. Esto es peor que ser una esclava de rango bajo, por lo menos los cerdos me trataban bien. En la mansión de los señores hacía mi trabajo con tranquilidad y sin tanta tensión.
«Vivías llena de inmundicia, no dormías ni comías bien, pocas veces te permitían bañarte y los demás esclavos te azotaban porque no querías dormir con ellos».
Suspiro...
Supongo que no importa el lugar, ser esclava es horrible de todas formas. Con ese pensamiento empiezo mi día.
Semanas después...
Me miro al espejo mientras muerdo mi labio inferior. Me veo tan fea y raquítica. Si antes estaba demacrada, ahora más. No me alimentan bien porque me ponen a hacer trabajo pesado y de larga duración, lo que me impide llegar a tiempo a las comidas. Como las sobras de los trabajadores en el patio, sentada sobre el suelo como si fuese un animal. Me han quitado los mejores vestidos y solo visto unos trapos desgastados. No me dan productos para el cabello ni perfumes, porque mis calificaciones están por el suelo, me parece que buscan sacarme de la competencia. No entiendo ese odio, tampoco el interés de que yo sea devuelta a la mansión de los anteriores amos.
Ya nada me importa, solo quiero escapar de aquí.
Puesto que no he comido en la mesa ni he podido llegar a muchas clases a tiempo, estoy atrasada en el entrenamiento, todas ellas me llevan ventaja.
En fin, tengo miedo de la visita del joven amo. Ni siquiera he podido leer el libro del demonio ese.
Otra vez estoy alimentando los cerdos, después de haber limpiado el piso del baño de los trabajadores. Eso sí es un trabajo asqueroso; esos hombres parecieran que no saben utilizar un baño, lo dejan hecho una porquería.
Limpio el fango mal oliente que salpica en mi cara y continúo alimentando a los animales regordetes; que, pese a que están en suciedad, son hermosos.
«Y deliciosos».
Río ante ese pensamiento.
—¡Laida! —Kain, una sirvienta delgada, cabello rizado, n***o y largo, piel color chocolate y labios gruesos y hermosos; viene en mi dirección con expresión alarmada. Ella es la única que se ha portado bien conmigo, es de las jefas de bajo rango, encargada de la cocina.
—¿Qué sucede? —pregunto con los nervios de punta.
—¡El joven amo está preguntando por ti!
¿Qué?
—¡Pero se supone que venía en unos días!
Esto no puede estar sucediendo. Estoy frita.
—Así de alarmadas estamos todas. Hizo una visita sorpresa. Por suerte las chicas están representables, pero tú... —Me mira de arriba a abajo con marcada preocupación.
Vuelvo y repito: estoy frita.
—¿Qué debo hacer? No puedo recibirlo así. —Señalo mi estado demacrado, sucio y mal oliente.
—Vamos al baño para quitarte esa mugre. Trataré de cubrirte.
Agradezco con lágrimas en los ojos. Ambas corremos en dirección al baño de los trabajadores que hacen guardia en la mansión, pero antes de llegar, Yaja me hala del brazo.
—¿Para dónde crees que vas, niña rebelde?
—Me quitaré la suciedad para recibir al amo.
—¿Y por qué estás tan sucia? —pregunta con expresión confundida. O, es buena actriz, o se volvió loca. ¿Acaso no ha sido ella quien me ha estado enviando a hacer este tipo de tareas? En se momento, las pisadas fuertes de un hombre captan mi atención, detrás de él, un grupo de chicas —mis compañeras y otras sirvientas— caminan como si fuesen a presenciar un espectáculo.
No puede ser...
Mi respiración se detiene por unos segundos, al mismo tiempo en que los latidos de mi corazón se aceleran. La vergüenza me hace bajar la mirada, es tan incómodo estar en este estado delante de él. ¿Por qué?
—¿Qué demonios te pasó, Adelaida? —pregunta con angustia en su semblante.
—S-Solo hacía mis tareas del día, joven maestro. —Me es inevitable tartamudear.
—Tus tareas... —repite con ironía y decepción, luego mira en dirección a Yaja quien esboza un suspiro de cansancio.
—¿Ahora me entiende, joven amo? —dice ella con marcado dramatismo. No entiendo qué está sucediendo—. Me ha sido imposible educarla y entrenarla. Se ha negado a comer en la mesa con las demás para aprender modales, no ha querido asistir a sus lecciones ni hacer las tareas que de verdad le tocan; por el contrario, se viste con harapos, se pone a limpiar inmundicias y a alimentar a los cerdos. Muchas veces le he reclamado, pero ella dice que no se siente cómoda con tantas etiquetas, aseos, ropa incómoda y perfumes.
» Según ella, esto es una estupidez y pérdida de tiempo. Lo último que me dijo es que usted es un mal hombre que encierra a las mujeres y las vuelve sus esclavas sexuales. Por tal razón, ella no quiere ser su concubina. Hemos tratado de disciplinarla, pero puesto que nos prohibieron los azotes o castigos, estamos atados de mano. Creo que la solución es devolverla, dado que ella es feliz siendo una esclava de rango bajo, o, quizás, la chica ha perdido la razón y por eso actúa como loca.
Me quedo petrificada en mi lugar sin saber cómo empezar a defenderme. En ese momento, Dina y otra sirvienta traen los vestidos que ellas me quitaron, alegando que las prendas eran muy finas para que una escoria como yo las vistiera.
—Señor —Yaja habla cuando las prendas están frente a nosotros, apuntando ella en dirección a los vestidos rasgados—. Guardamos la evidencia de los vestidos que ella rompió y tiró fuera de su habitación. Estaba como loca ese día y tuvimos que encerrarla porque temíamos por las demás chicas.
¡Maldita mentirosa!
Es inevitable que las lágrimas llenen mis ojos. Todo mi cuerpo tiembla ante las falsas acusaciones.
—Quiero escuchar tu explicación, Adelaida. —La voz del amo sale dura, con reclamo. No es la misma divertida de siempre, su mirada no luce relajada hoy.
«¿Acaso eso es lo importante ahora?»
—No es cierto. Nada de lo que ella dice es verdad. —Aprieto mis puños del coraje, mi voz sale ruda porque tengo la mandíbula apretada.
—¡Osas en llamarme mentirosa! —reclama Yaja al instante—. Tengo testigos, señor. ¡Todas aquí han presenciado el mal comportamiento y la rebeldía de esta esclava! ¡Esta chica ha sido un dolor de cabeza! Ya nadie la soporta en la mansión y las demás le temen. Señor, debe llevársela de aquí.
—¿Me está dando órdenes? —Yaja se pone pálida cuando él le interpela con una mirada, que nos ha aterrorizado a todas. El joven amo sabe mostrarse intimidante cuando se lo propone.
—¡Perdone mi atrevimiento, amo! —Yaja se tira al suelo en posición de ruego. ¡Qué dramática! El joven amo la mira con expresión asesina y con denotada incomodidad.
—¡Deje de ser exagerada! Muy bien, todas las presentes —dirige su mirada a las demás, puedo notar el temor en todas cuando sus ojos claros las escudriñan—. ¿Qué pueden decir sobre su compañera?
No...
Estoy muerta. Es obvio que todas se irán en mi contra, por más que me defienda, sería mi palabra contra la de todas ellas. He fracasado sin siquiera haber dado la batalla.
—Adelaida empezó a darnos órdenes, desde el primer momento en que usted puso un pie fuera de la mansión —expone Shannon. Ella es una esclava que servía en la cocina de los comedores para esclavos en la mansión de los padres del amo, esa mujer siempre me odió porque apestaba a inmundicia. Según ella, arruinaba el aroma delicioso de su comida—. Ella nos dijo que era la favorita, como tal, no debía esforzarse.
Veo un brillo especial en la mirada color avellana que tanto me intimida. Es como si algo encajara en sus pensamientos.
—¡Qué paradójico me suenan estos testimonios! —dice él con ironía. ¿Paradójico? ¿Qué es eso? —. Algo aquí no encaja. Si Adelaida se creyera la favorita, estuviera dando órdenes y dijera que no tiene necesidad de esforzarse, entonces, eso significaría que ella quiere ir a mi mansión. Sin embargo, Yaja me acaba de decir que ella no desea estar aquí ni ser mi concubina, que se comporta como loca y que quiere volver a alimentar a los cerdos. ¿No son ambos testimonios contradictorios?
Silencio.
Miro al joven amo con lágrimas en los ojos y la esperanza en mi pecho. Él, por su parte, me guiña un ojo.
¿Ah?
El silencio se ve interrumpido cuando Marlene dice que al principio actué de esa manera, pero que de buenas a primera empecé a enloquecer. Todas apoyan su mentira.
El joven amo luce frustrado y cansado, todas las mujeres lo abruman con sus reclamos y gritos en mi contra. Están enojadas porque él intentó defenderme. Es lo que pasó, ¿cierto?
—Bien, puesto que Adelaida se ha comportado mal, sus calificaciones bajarán a cero. No tendrá ningún privilegio hasta que recompense su mal comportamiento y tendrá el doble de tareas que las demás, sumándole a eso que tiene que hacer las que yo le ponga.
Bajo el rostro ante su veredicto. Me siento indignada de ser castigada por una vil mentira. Pero más decepcionada me hace sentir que él les crea a ellas.
¡Tonto amo!
—Adelaida, ve a bañarte y ponte una ropa decente. Cuando estés representable, me encuentras en mi estudio. —Asiento. Por lo menos no me azotarán ni me devolverán a mis antiguos amos.
—Pero, señor, ¿la dejará aquí? —Yaja replica con disgusto.
—¿Y qué pretendes que haga? ¿Le doy la libertad? Ella es sirvienta de mi casa, no tengo a donde más enviarla. Además, Adelaida se arrepiente de sus actos, ¿cierto, pequeño bufón?
¿Bufón, dijo? Quiero golpearlo, mas me limito a asentir con alivio.
—Bien, ve a quitarte esa mugre de encima, me estás revolviendo el estómago con tu peste. Y tú —se dirige a Marlene—, prepara mi té y llévalo a mi estudio. Estoy estresado y cansado.
¿Ella le llevará el té?
«No debe importarme».
—Señor, disculpe mi atrevimiento. —Marlene hace reverencia y sonríe coqueta—. En la mansión de mis penúltimos amos, aprendí a dar masajes relajantes y desestresantes, ¿qué le parece si le llevo el té y le doy uno?
Di que no, di que no...
—Suena bien. Entonces, lleva el té a mi habitación, me daré un baño mientras lo preparas.
—Sí, mi señor —responde victoriosa y se marcha. No soy la única inconforme con su hazaña, todas la miramos con ganas de matarla.
«No debería importarme».
Pero sí me importa. No entiendo esta rabia al imaginarla tocando el torso desnudo del amo, ese que vi aquel día en el río...
"Lailif roma".
Suspiro profundo para alejar estas tonterías de mi mente. No debería afectarme lo que ellos dos vayan a hacer en esa habitación. Lo miro a los ojos sin entender por qué no disimulo mi descontento, él me evade la mirada alterándome más los nervios. ¿Que es este sentimiento desgarrador en mi pecho? Yo no estoy celosa del amo, ¿cierto?