—¡Perfecto! Te han quedado muy bien. Aprendes rápido, eres una mujer inteligente. Escuchar esas palabras de su boca me llena de una emoción inexplicable, por lo que mi corazón late vehemente y mis manos empiezan a sudar y a temblar. ¿Por qué su elogio me provoca esta sensación tan agradable? —Gracias, joven maestro. No soy para nada buena, es que usted es habilidoso al enseñar. —Lo soy. —Cierto, él no es para nada modesto—. Pero también eres inteligente y retienes con rapidez. Estoy orgulloso de ti. «Calma...» Trato de ocultar la sonrisa que se dibuja en mi rostro. —Por cierto, te traje algo que por el caos de ayer no pude enseñarte. —¿Otro libro? —pregunto desganada. —Ya te entregué los libros que escogí para ti, así que tu pregunta es tonta. —Disculpe mi estupidez, maestro, pero

