—Adelaida, amiga. —Rosaline viene en mi dirección toda exaltada y desaliñada—. Necesito hablar contigo. La miro con recelo y de inmediato siento un peso posarse en mis hombros. Me dirijo con ella a mi estudio y, una vez me siento en mi escritorio, la encaro a la espera de lo que sea que tenga que decirme. Ella a su vez toma asiento delante de mí mientras juega con sus manos con temblores. ¿Qué le pasa? —Adelaida, sabes que eres la única persona en la que confío. De todas las concubinas y mucamas, eres la única sincera y buena persona. De verdad te consideró más que a una amiga, para mí eres como mi hermana. Aquí vamos... —Estoy muy triste porque dentro de unos días será mi fiesta de cumpleaños y el amo se fue de viaje importándole un comino mi celebración. —Las lágrimas empiezan a cae

