La noche cae sobre Mount Rainer, y el silencio del bosque parece más pesado que de costumbre. Magui logra dormir a Davis, aunque él insiste en quedarse despierto, como si algo lo inquietara.
A lo lejos, un crujido rompe la calma. Entre las sombras, el forastero reaparece. Ya no se disfraza de viajero común: viste una chaqueta negra reforzada, marcada con un símbolo antiguo, y carga un arma de aspecto rústico pero impregnada de runas brillantes. Sus ojos rojos revelan lo que realmente es: un cazador de lo sobrenatural.
El cazador no viene solo por curiosidad, sino con un propósito claro: eliminar al niño elegido.
Davis se despierta de golpe, como si hubiese sentido la amenaza, y corre al cuarto de su madre. Antes de que Magui pueda reaccionar, un vidrio estalla: una flecha con punta de plata se clava en la pared, a pocos centímetros de ellos, tan cerca como para deja una pequeña linea en el pequeño brazo de Davis.
Magui grita, protegiendo a su hijo, cuando una figura entra violentamente por la puerta principal. El cazador levanta otra flecha, apuntando directo al niño.
Pero antes de disparar, una sombra blanca cruza el lugar con velocidad letal. Un rugido profundo llena la casa. El cazador es lanzado contra la pared, derribado por un golpe brutal: Zack, en su forma de lobo blanco, ha llegado justo a tiempo.
Los ojos del alfa arden de furia. Su lobo es imponente, alto como un hombre, con colmillos listos para desgarrar. El cazador intenta levantarse, pero Zack lo inmoviliza con una fuerza sobrehumana, mientras Noah aparece detrás, cerrando cualquier posibilidad de escape.
—¿Un cazador aquí? —gruñe Noah con una seriedad poco habitual—. Esto no es casualidad.
El hombre ríe con sangre en los labios, aún atrapado bajo las garras del alfa.
—El niño... está marcado. No podrán esconderlo por siempre.
Zack lo silencia con un golpe seco que lo deja inconsciente. Sus ojos azules, todavía encendidos por la furia, se giran hacia Magui y Davis. Por primera vez, ella puede ver claramente al lobo, a la bestia blanca que ha estado observándolos desde las sombras.
Magui tiembla, abrazando a su hijo, pero en vez de sentir miedo absoluto, percibe algo distinto en la mirada del alfa: determinación.
Zack vuelve a su forma humana, todavía imponente, su respiración agitada por la lucha. Se acerca lentamente a ellos.
—Ya no están seguros aquí —dice con voz grave, sin espacio para dudas—.
—¿Qué… qué quiere decir? —pregunta Magui, aún temblando.
—Ese cazador no es el único. Si él llegó hasta ustedes, otros lo harán también. —Los ojos de Zack se suavizan apenas, deteniéndose en Davis—. Vendrán por él.
Noah asiente en silencio, reforzando la urgencia de la situación.
Zack da un paso más, casi como un juramento:
—Tienen que venir conmigo. Bajo mi protección.
El corazón de Magui late con fuerza. Una parte de ella quiere negarse, huir otra vez. Pero al mirar a Davis, que se aferra a ella con sus ojos verdes brillando de miedo y un poder inexplicable, entiende que quedarse no es una opción.
El destino acaba de sellar un nuevo camino para los tres.