El amanecer llega con un aire distinto, pesado por lo que había ocurrido la noche anterior. Magui empaca lo poco que tenía en la casa: algunas ropas, libros y los juguetes favoritos de Davis. Todo lo demás queda atrás. La casa de madera donde había intentado construir una vida tranquila ya no es segura.
Zack espera afuera, junto a Noah. Sus ojos azules recorren cada movimiento de Magui, como asegurándose de que realmente se anime a dar ese paso. Davis, aunque confundido, parece extrañamente calmado cuando Zack se acerca. El niño lo mira con atención, como si en el fondo supiera que en ese lobo blanco hay una fuerza destinada a protegerlo.
El camino hacia el territorio de la manada es largo y silencioso. Magui mantiene a Davis en brazos, y Zack camina a su lado, su presencia imponente ocupando el espacio. Noah va detrás, vigilante.
Finalmente llegan a lo que parece un claro oculto en medio del bosque: casas grandes de madera, puentes colgantes, y un aire de comunidad que palpita en cada rincón. Hombres y mujeres los observan al pasar, algunos con respeto, otros con recelo. Una humana entrando al corazón de la manada no era algo común.
Magui lo nota y se tensa.
—No les gusta que esté aquí —susurra.
Zack la observa de reojo.
—No es eso. Simplemente… no entienden. Pero lo harán.
Más tarde, cuando Davis se queda dormido en una de las habitaciones que Zack les ofrece, Magui se enfrenta a él. La tensión acumulada explota.
—Lo que vi anoche… —su voz tiembla, pero sus ojos se clavan en los de Zack—. No me lo tenés que explicar. Sé lo que sos. Sé lo que son.
Zack se queda inmóvil, sorprendido.
—¿Lo sabías?
—Hace años —asiente Magui, bajando la mirada un instante—. En el pueblo donde crecí, hubo ataques, susurros… sombras en las noches. Nunca lo confirmé, hasta ahora.
Zack da un paso hacia ella, su voz baja, firme:
—Entonces entendés el peligro en el que estás. En el que está tu hijo.
Los ojos de Magui brillan con una mezcla de miedo y valentía.
—Por eso me fui. Por eso lo escondí. Davis… no es un niño común.
El silencio se vuelve más denso. Zack siente un escalofrío recorriéndole la piel. La diosa luna, el sueño, las palabras del cazador… todo empieza a encajar.
Magui lo mira fijamente.
—No sé exactamente qué es, pero sé que está marcado. Sé que es especial.
Zack sostiene su mirada, y por primera vez deja que su voz cargue no sólo con autoridad, sino con promesa:
—Entonces lo protegeré. A él… y a vos. Aunque tenga que enfrentar a todo el mundo.
En ese instante, Magui entiende que no hay marcha atrás. Ella ya no está sola. Y Zack, el lobo blanco, acaba de atar su destino al de su hijo.