La llegada de Magui y Davis no pasa desapercibida. Aunque Zack intenta mantener la calma y normalidad, el murmullo se esparce rápido entre los lobos.
En el comedor común, los más jóvenes lanzan miradas curiosas, algunos incluso de desprecio. Una humana con un niño en el corazón del territorio es algo que nunca se había visto.
El primero en hablar es Elias, un lobo veterano de pelo gris y ojos oscuros, consejero de Zack y uno de los más respetados.
—Con todo respeto, Alfa —su voz retumba en la sala—. Exponer a la manada a un peligro externo no es prudente. No sabemos quiénes son. No sabemos qué traen con ellos.
Noah, sentado a un costado, sonríe de lado.
—No seas tan dramático, Elias. No es la primera vez que protegemos humanos.
—¡Niños humanos, sí! —replica otro lobo, más joven, de temperamento ardiente—. Pero este… este chico no es normal. Todos lo sentimos.
Zack se incorpora, su figura imponente acallando el murmullo.
—No tienen por qué preocuparse. Yo lo decidí, y mi decisión es ley.
La tensión se puede cortar con un cuchillo. Algunos bajan la cabeza en señal de obediencia, otros intercambian miradas desconfiadas.
Mientras tanto, Magui observa desde las escaleras, abrazando a Davis contra su pecho. Puede sentir la hostilidad que flota en el aire, aunque intenta no mostrar miedo. Davis, en silencio, aprieta su manito contra la de ella y sus ojos verdes brillan con un destello extraño, casi sobrenatural.
Noah lo nota. Y se queda pensativo.
Más tarde, cuando la sala queda vacía, Noah se acerca a Zack.
—Te estás jugando mucho —dice con un tono más serio de lo habitual.
Zack lo mira con sus ojos helados.
—No podía dejarlo morir.
—¿Al chico? —pregunta Noah, bajando la voz.
—A los dos —responde Zack sin titubear.
Noah suspira y sonríe apenas.
—Entonces ya estás perdido, hermano.
Zack no responde, pero en su interior sabe que Noah tiene razón: su corazón ya eligió, aunque su mente aún lo niegue