Magui nunca había disfrutado caminar sola por el bosque, pero necesitaba aire fresco. Davis trotaba a su lado, recogiendo pequeñas ramas y piedras brillantes, ajeno al misterio que los rodeaba.
El sol bajaba lentamente, tiñendo los árboles de tonos dorados y anaranjados. Cada crujido de hoja seca bajo sus pies hacía que Magui tensara los hombros. La sensación de ser observada era casi tangible.
—Mamá… —dijo Davis, deteniéndose y mirando fijamente entre los árboles—. No me gusta esto.
—Tranquilo, mi rayito de luz —respondió ella, acariciándole la cabeza—. Solo estamos paseando. Nada más.
Pero no era solo el viento. No era solo un paseo inocente.
Zack estaba allí, entre las sombras, con el azul de sus ojos clavado en ellos. Noah se había adelantado un poco más, curioso y paciente, observando cómo Magui se movía. Su primera impresión se confirmaba: había algo diferente en esa mujer. Dulce, sí, pero precavida; una mezcla que no pasaba desapercibida.
Davis, con su mirada intensa, notó la presencia de Noah primero. Sus ojos brillaron con un destello amarillo miel, pequeño pero suficiente para que Noah se detuviera, pensativo. El niño no era un lobo, y aun así había algo especial en él.
Zack, a pesar de su frialdad, no pudo quitar los ojos de la escena. La manera en que Magui protegía a su hijo, la determinación en sus gestos… algo en su instinto le decía que no podía ignorarlos. Aunque nunca lo admitiría, una parte de él sentía curiosidad.
—Hermano… —dijo Noah en voz baja, rompiendo el silencio que parecía pesar sobre el bosque—. No es como los demás.
Zack no respondió. Solo frunció el ceño, los puños apretados, y su mirada volvió a fijarse en Magui y Davis. Por dentro, una chispa de interés había surgido, aunque su orgullo y su instinto de alfa le prohibían reconocerlo.
Magui avanzó un poco más entre los árboles, ajena a las miradas que la seguían, pero con un escalofrío recorriéndole la espalda. La sensación de ser vigilada la hacía tensar cada músculo, aunque no pudiera explicar por qué.
El bosque estaba vivo, y ella aún no lo sabía: no solo con los árboles y el viento… sino con los ojos de un lobo que ya había empezado a marcarla en su mente.