El bosque estaba teñido de los últimos rayos del sol. Magui caminaba con Davis a su lado, intentando disfrutar de la caminata mientras el niño recogía pequeñas piedras del sendero.
—Mamá… alguien nos observa —murmuró nuevamente Davis, su voz apenas un susurro mientras sus ojos brillaban un instante en amarillo miel.
Magui se tensó, instintivamente protegiéndolo.
—No digas tonterías, mi rayito de luz —susurró, aunque el escalofrío le recorrió la espalda.
—Hola de nuevo —dijo Noah, apareciendo entre los árboles con su típica sonrisa relajada—. Parece que coincidimos otra vez.
Davis retrocedió un poco detrás de Magui, observando al hombre con suspicacia. Noah levantó las manos, divertido.
—Tranquilo, pequeño. Solo estoy curioso, nada más.
De pronto, una figura emergió entre las sombras. Alta, imponente, con cada movimiento calculado y pesado de presencia. Sus ojos azul profundo se clavaron en Magui y Davis. Su aura transmitía autoridad, concentración y algo de peligro latente.
—Buenas tardes —dijo la figura, con voz firme y baja, midiendo cada palabra—. No es usual ver extraños por aquí.
Noah ladeó la cabeza, divertido, y miró a la mujer.
—Vaya, Magui… parece que tenemos un observador muy serio.
Magui tragó saliva, evaluando la situación. La presencia de aquel hombre era intensa, fría y cautelosa, pero no había ninguna amenaza directa, solo un aire de alerta que la hacía mantener la guardia alta.
Davis permanecía detrás de ella, y por un instante sus ojos verdes brillaron en amarillo miel, lo suficiente para que Noah frunciera el ceño, pensativo. Definitivamente había algo diferente en el niño, algo que no era humano… pero tampoco era un lobo.
—¿Eres de aquí? —preguntó Magui, tratando de sonar calmada, aunque su corazón latía con fuerza.
El hombre no respondió de inmediato. Sus ojos azules la estudiaban, medían cada gesto, cada respiración. Finalmente, simplemente asintió.
—Digamos que… conozco estos bosques. Y los vigilo.
Noah soltó una risa suave, divertida por la tensión que emanaba del hombre.
—Bueno, al menos alguien se toma esto en serio —murmuró, su mirada volviendo hacia Magui con un brillo diferente—. Pero no parece que quiera hacernos daño.
El hombre permaneció en silencio, fijo en ellos, y luego, sin más, se retiró entre los árboles, dejando tras de sí un aire de misterio y alerta. Magui exhaló con alivio, aunque no pudo evitar sentir que aquel hombre era alguien que marcaría sus días en Mount Rainer.
Noah se inclinó un poco hacia ella, sonriendo con complicidad:
—Interesante, ¿verdad? —susurró—. Hay algo en este lugar que no nos cuentan… y parece que aún tenemos mucho por descubrir.
Davis no decía nada, pero sus ojos brillaban con un destello que nadie podía ignorar.