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La Obsesión del Capo

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Descripción

Leonardo ves cari es el líder absoluto de una organización criminal que gobierna desde las sombras.Calculador, estratégico y temido, ha construido un imperio a base de sangre y obediencia.Todo en su mundo está bajo control... hasta que ve a Kira Bellucci.Kira, una joven estudiante de fotografía, vive ajena a ese submundo. Su vida es simple, creativa y libre, marcada por una independencia forjada de la infancia.Pero cuando cruza caminos con Leonardo primero como una silueta, luego como una presencia que no puede ignorar se convierte, sin saberlo en el centro de una obsesión silenciosa y peligrosa. Lo que comienza con una vigilancia discreta termina en un secuestro meticuloso. Kira es arrancada de su cotidianidad y llevada a un lugar aislado donde despierta rodea de lujos y vigilancia..... pero sin libertad. Allí, el encierro activa un trauma profundo que pensaba que tenían en control. Leonardo al verla quebrarse se enfrenta un dilema que nunca consideró: controlar a alguien no es lo mismo que poseer su voluntad.Atrapados en un juego de poder, miedo y deseo, ambos se ven arrastrados por una relación marcada por la tensión y la contradicción. Kira se resiste, lucha por conservar su identidad; Leonardo, dividido entre sus necesidad de tenerla cerca y su incapacidad de comprender los límites del amor, comienza a desmoronarse desde dentro. Mientras los enemigos del capo se acercan, las fisuras dentro de su mundo criminal se agrandan. Pero el mayor riesgo no es externo: es lo Kira despierta en él y lo que podría destruirlos a ambos. La obsesión del capo es una novela intensa sobre el poder, el trauma y la delicada línea entre el amor y la obsesión. Un viaje oscuro en el que nadie sale ileso.

“No lo busques.Él ya te encontró. Y no comparte lo que es suyo"

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La Sombra del Imperio
Milán, Italia Leonardo Vescari observaba el asfalto mojado bajo sus pies, el reflejo de las luces de neón disolviéndose en charcos como sangre diluida. El almacén, un laberinto de sombras y óxido en las afueras industriales de Milán, olía a metal, sudor y el inconfundible hedor de la traición. Antes él, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y la boca amordazada, yacía un hombre. Un subordinado que había intentado jugar a dos bandos. El silencio denso del lugar solo era interrumpido por el goteo constante del agua, que se filtraba a través de una grieta en el techo, marcando un ritmo funesto sobre un charco cercano. —Dile qué pasa con los traidores, Luca— la voz de Vescari era un susurro frío y aterrador, una orden que no admitía réplica. No había ira en su tono, solo una autoridad absoluta, una calma depredadora que era mucho más intimidante que cualquier grito. Luca Vescari, su primo y la única persona que se atrevía a hablarle con franqueza, se acercó al hombre arrodillado. Sus movimientos eran tan precisos como los de Leonardo. Con un gesto rápido, le quitó la mordaza. El hombre, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre por el terror, balbuceó. —¡Por favor, Leonardo! ¡No he hecho nada! ¡Lo juro por mi familia! Luca clavó su mirada en él — El juramento lo hiciste con nosotros. ¿Y qué hiciste? ¿Crees que somos estúpidos? Un escalofrío de pánico recorrió al traidor. Leonardo dio un paso al frente, su silueta imponente, recortándose contra la escasa luz de una bombilla colgante. —La lealtad, Carmine—Leonardo articuló cada con una precisión escalofriante—Es la única moneda que valoro. Y tú has demostrado ser pobre en ella—Se agachó, sacando de su chaqueta un cuchillo de hoja reluciente. La luz reflejó en el metal—Demasiado pobre. El hombre gimió, con miedo, transformando su rostro en una máscara de desesperación. —¡No! ¡Haré lo que sea! ¡Lo que sea! —⁣Demasiado tarde— sentenció Leonardo, y con un movimiento rápido y experto, el cuchillo se hundió profundamente en su cuello. Un grito ahogado llenó el almacén, seguido de un borboteo. La sangre brotó un contraste vibrante contra el gris del cemento. El olor metálico de la vida desangrándose se mezcló con la humedad del aire. Luca observó la escena con su habitual estoicismo. Era necesario, sabía que Leonardo era despiadado, que su imperio se sostenía sobre cimientos de acero y sangre. Y sabía también que era brutalidad, esa fría eficiencia, era lo que los mantenía en la cima. No había lugar para el sentimentalismo en ese momento, solo para la fría realidad de su mundo. Se puso de pie, limpio, sin una sola mancha en su traje impecable. Miró a Carmine, que ahora respiraba con dificultad. —Esto es una advertencia, para todos. Que entiendan las consecuencias de la deslealtad. —Si, jefe, —respondió uno de los guardias, con la vos apenas audible. Mientras salían del almacén, dejando atrás el cuerpo de Carmine, Luca se volvió hacia Leonardo. —Están inquietos, necesitaban este recordatorio. —Siempre es un recordatorio, Leonardo—replicó Luca, y su voz no tenía reproche, solo la fría aceptación de la necesidad. Leonardo asintió, subiendo a su lujoso coche blindado. Su expresión era ilegible, sus ojos grises, fijos en el camino. —Necesitan saber quién tiene el control. Siempre. El rugido del motor ahogó el silencio de la noche. En la oscuridad de la cabina, la mente de Leonardo ya estaba en otra parte, analizando los movimientos de sus rivales. Siempre un paso por delante, siempre buscando consolidar su poder, su control. Su ambición no conocía límites, y cada victoria, por sangrienta que fuera, solo alimentaba un apetito insaciable por más. Horas más tarde, el coche blindado se detuvo en el exclusivo distrito, frente al rascacielos donde Leonardo poseía un pent-house que dominaba la ciudad. Mientras uno de sus guardias abría la puerta, Leonardo descendió, su mirada fija en la imponente entrada. Giovanni Gabrielli, su Consigliere, lo esperaba justo dentro, en el vestíbulo privado del edificio. Su postura era de una calma imponente, el cerebro calculador. —Bienvenido, Capo — dijo Giovanni, con su voz llana y directa, desprovista de cualquier formalidad excesiva. No había necesidad de fingir deferencia. La relación entre ellos era de comprensión mutua. Leonardo asintió — Giovanni —¿Algo más que necesites esta noche? — pregunto, su mirada evaluando a Leonardo con su habitual precisión. Leonardo frunció el ceño — Si, Giovanni… consigue una distracción para esta noche. La que sea. Asintió con un movimiento apenas perceptible. Conocía a Leonardo lo suficiente como para saber qué tipo de “distracción” buscaba, y el mensaje no necesitaba más detalles. El Consigliere no dijo nada más, simplemente se giró para hacer una llamada con discreción mientras Leonardo se dirigía al ascensor privado que lo llevaría a su penthouse. Cuando Leonardo entró en su imponente pent-house, el ambiente era radicalmente distinto al del almacén, aunque la misma esencia de control flotaba en el aire. La ciudad de Milán se extendía a sus pies, un manto de luces que él dominaba. Menos de una hora después, una mujer elegante, de cabello oscuro y ojos grandes, entró en el amplio salón. Era una de las tantas que cada noche adornaban su espació, un capricho pasajero para satisfacer una necesidad física, tan calculada y desprovisto de emoción como cualquiera de sus negocios. Ella se acercó a él, sus ojos cargados de una expectación que él percibió con indiferencia. —Leonardo—susurró, la voz apenas audible, mientras sus dedos se deslizaban por la solapa de su chaqueta. Él la observo, sus ojos grises como el hielo. No había ternura, ni deseo en su mirada, solo una fría apreciación de la anatomía. La tomó de la cintura con una mano firme y dominante, tirando de ella hasta que sus cuerpos se encontraron. El vestido de seda se deslizó sin resistencia, revelando la piel suave bajo sus dedos. La mujer exhaló un suspiro, ansiosa, mientras él la levantaba sin esfuerzo. La llevó al dormitorio, la depositó en la cama de sabanas impolutas. La penumbra apenas permitía ver los contornos, pero cada movimiento era preciso, sin titubeos. Sus manos exploraron cada curva con una exigencia implacable, sin detenerse en los labios, sin un solo beso. No había caricias suaves, sino una toma, una afirmación de dominio. La mujer se arqueaba bajo él, gimiendo, respondía a cada estímulo con una pasión que él simplemente aceptaba como parte del acuerdo táctico. Sus cuerpos se entrelazaron, los gemidos se mezclaban con el sonido de la respiración agitada. Para él, era un acto de puro control, una descarga de tensión, una prueba más de que todo y todos podían ser suyos, si así lo deseaba. Cuando terminó, se retiró de ella tan abruptamente como había comenzado, la dejó recostada y exhausta, su respiración aún errática. Leonardo se levantó de la cama, colocándose una bata. Su voz, un tono monocorde, rompió el silencio del dormitorio. —Puedes irte La mujer se incorporó ligeramente, sus ojos confusos. —P…pero Leonardo… —He dicho que te largues— repitió él, sin una pizca de emoción. No le dio tiempo a replicar. Mientras ella se apresuraba a vestirse, él se dirigió al amplio baño de mármol. El chorro de la ducha comenzó a caer, el vapor llenado el espacio. De pie bajo el agua caliente, sintió cómo la tensión de la noche se disolvía. Cada gota arrastraba los rastros del almacén, de la mujer, dejando su piel limpia, su mente clara. La noche terminaba, pero su mundo seguiría girando bajo su voluntad. Dos días después, un sedán de alta gana se detuvo discretamente frente a la Galería Ambrosiana, en el vibrante corazón artístico de Milán. La exposición era el escenario perfecto para una de las negociaciones cruciales que Leonardo tenía pendiente. No le interesaba el arte en sí, sino el poder que se movía entre sus paredes: coleccionistas adinerados que controlaban fortunas, políticos que lavaban su imagen, y la élite de Milán que se reunía para ser vista y, más importante aún para Leonardo, para hacer tratos que forjaban o rompían imperios. Para él, cada evento de esta magnitud era una oportunidad para cerrar acuerdos, observar conexiones y detectar debilidades. Caminaba con su andar pausado y seguro entre la multitud elegantemente vestido, las manos en los bolsillos de su traje perfectamente cortado. Sus hombres de seguridad, vestidos con sobrios trajes, se movieron con una eficiencia casi imperceptible, mezclándose entre la gente en cuestión de segundos, su presencia una capa invisible de protección. Sus ojos grises, agudos y penetrantes, se deslizaron por la sala, una mezcla predecible de superficialidad y riqueza. Luca, con la misma estatura imponente y la mirada penetrante, caminaba a su lado. Su presencia era la de un igual, su brazo derecho y la voz de la sensatez que rara vez escuchaba, pero siempre consideraba. El senador Rossi debería llegar en unos minutos, Leonardo— murmuró Luca, consultando discretamente un reloj de pulsera. —Su asistente confirmó la cita en la sala privada. Leonardo asintió, su atención dividida entre la inminente reunión y su constante escrutinio del entorno. Fue entonces cuando la vio. Ella estaba de pie frente a una instalación de arte moderno, una maraña de alambres y luces que encontraba absurda. pero ella no. su cabeza estaba ligeramente inclinada, y el cabello castaño con ondas suaves caía sobre sus caderas mientras una expresión de pura fascinación se dibujaba en su rostro. Sus ojos verdes, grandes y expresivos, irradiaban una luz inusual en aquel entorno artificial. Un pequeño lunar, casi imperceptible, se asomaba justo debajo de su ojo derecho, un detalle tan ínfimo y a la vez tan preciso que Leonardo sintió una punzada de algo que nunca había experimentado. No era solo admiración; era un reconocimiento primario. Una conexión instantánea que no entendía y, por lo mismo, deseaba descifrar. Era una belleza sencilla, sin artificios, y eso lo hacía aún más cautivadora. No era parte de ese mundo de apariencias que lo rodeaba. Era… diferente. —Ella, —murmuró Leonardo, su voz grave, un hilo apenas audible. Luca siguió su mirada y, al ver a la joven, una ceja arqueada cruzo su rostro. Conocía a Leonardo mejor que nadie, y la intensidad en su mirada no presagiaba nada bueno. Era esa misma intensidad que aplicaba cuando estaba matando. Solo que esta vez, el objetivo era una mujer. Una mujer que no encajaba en el oscuro damero de Leonardo. —No te compliques la vida, Leonardo—aconsejó Luca, con un tono de advertencia que rara vez usaba. —Tiene una luz que no encaja en tu oscuridad. Leonardo, sin apartar los ojos de ella, esbozó una sonrisa sombría, casi depredadora. —Precisamente. Y la quiero No era una declaración de deseo común, sino una sentencia, una decisión inquebrantable. Para Leonardo, querer algo era sinónimo de poseerlo. Y por primera vez en mucho tiempo, sentía que había encontrado algo que valía la pena conquistar, algo que lo sacaba de la monotonía brutal de su mundo. La joven, ajena a la mirada que le había capturado, se giró ligeramente, y por un instante, sus ojos verdes se encontraron con los suyos. No hubo reconocimiento, solo una fugaz curiosidad en su rostro, antes de que ella se volteara para hablar con alguien que se le acercaba. Pero en ese breve cruce de miradas, Leonardo supo que le había encontrado. Y que su obsesión apenas comenzaba.

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