Mientras las luces de la ciudad comenzaban a parpadear al caer la tarde, Kira Bellucci se movía por su pequeño apartamento como si fuera un estudio de arte personal. Las paredes, en lugar de cuadros convencionales, estaban cubiertas con sus propias fotografías: retratos en blanco y n***o de rostros desconocidos, paisajes urbanos capturados con una sensibilidad inusual, y macros de detalles insignificantes transformados en obras maestras. Había en su arte una honesta curiosidad por el alma humana, una chispa que le había llevado a Milán para estudiar en la Academia de Bellas Artes.
Un suave jazz sonaba de fondo mientras ella examinaba una de sus últimas tomas: un primer plano de las manos de un anciano artesano, arrugadas por los años y el trabajo, pero que aún irradiaban una fuerza y una historia que ella había logrado plasmar. Admiraba la capacidad de las imágenes para contar relatos que las palabras no podían expresar. Era su refugio, el lugar donde se sentía más libre. Le gustaba fotografiar cada detalle que captaba su atención, buscando siempre la belleza oculta en lo cotidiano.
El sonido vibrante de su teléfono la sacó de su concentración. Era Sofía Rinaldi, su amiga y confidente. Sofía era su pilar, la persona en quien confiaba sus miedos y deseos.
—¡Kira, te vas a quedar dormida otra vez! —exclamó Sofía con su habitual energía desde el otro lado de la línea— Ya sabes que la profesora Greco odia que lleguemos tarde. Y hoy es la charla sobre el futurismo italiano.
Sonrió, despegándose de la foto. —Lo sé, lo sé. Es que me envuelvo tanto en lo que hago que pierdo la noción del tiempo. Me sumerjo en cada sombra o cada textura. El arte me habla de una forma única, ¿sabes? Es una conversación constante que me encanta.
—Pues menos mal que tienes a esta amiga tan maravillosa para sacarte de tu burbuja, ¿eh?, —replicó Sofía, riendo— Nos vemos en la facultad. ¡No llegues tarde!
Ella colgó el teléfono, una mezcla de emoción y el leve apremio de la puntualidad. Se apresuró a recoger sus cosas.
Horas más tarde, el bullicio de los pasillos de la Academia de Bellas Artes envolvía a Kira. La charla del profesora Greco sobre el futurismo había sido estimulante, llenándola de nuevas ideas y perspectivas para sus propios proyectos. Al finalizar la clase, Sofía se acercó a ella, con una sonrisa radiante.
—¡Por fin! Creí que el profesora Greco te iba a momificar en ese asiento— bromeó Sofía, dándole un suave codazo— Siempre tan absorbida
Kira rió. —Es que… ¡era fascinante! Cada vez entiendo mejor cómo los artistas intentan capturar el movimiento, la velocidad, la vida misma.
Me da ideas para mi fotografía. — Mientras caminaban por el pasillo, esquivando a otros estudiantes, Sofía se detuvo junto a un tablón de anuncios.
—Oye, Kira— dijo, bajando un poco la voz y con un brillo en los ojos — ¿Te acuerdas de la exposición que te comenté? La de la Galería Ambrosiana. Es hoy por la noche. ¡Tienes que venir! — Sacó de su bolso un par de invitaciones elegantemente diseñadas— Es un evento importante. Mi padre tuvo que esforzarse para conseguirnos las invitaciones, sabes lo exclusivo que es la Ambrosiana. Hay un artista nuevo que está dando mucho de qué hablar. Un poco de inspiración te vendrá bien.
Tomó una de las invitaciones, examinando el papel de alta calidad. La idea de una exposición de ese calibre era emocionante, pero la imagen de un espacio concurrido, del que sería difícil salir rápidamente, le provocó una sutil inquietud. Se mordió el labio. — Hoy, ¿eh? Ay, Sofí, los lugares donde me siento sin una salida fácil pueden ser…. Complicados para mí. Además, tengo que avanzar con mi proyecto de fotografía urbana.
Sofia percibió la ligera reticencia de su amiga. Su sonrisa se suavizó, y puso una mano reconfortante en el brazo de Kira. — Vamos, Kira, es solo un par de horas. Estaré contigo en todo momento, ya lo sabes.
Hay muchos puntos de acceso y salida, y si necesitas un respiro, salimos. Has progresado mucho, no hay nada de qué preocuparse. No estarás sola.
Dudo un momento. Sofía siempre sabía cómo persuadirla. Era su cable a tierra, su ancla en el mundo exterior. — Está bien, Sofí. Solo si me prometes que no me dejarás sola ni un segundo. Y que podré tomar un respiro si lo necesito.
—Trato hecho— dijo, con una carcajada— Paso por ti a las cuatro y media.
Kira asintió, una mezcla de emoción por el arte y una ligera aprensión revolviéndose en su estómago.
A la hora acordada, Kira y Sofía llegaron juntas a la majestuosa Galería Ambrosiana. El edificio, imponente con su arquitectura clásica, ya estaba rodeado de coches de lujo y un flujo constante de personas elegantemente vestidas. Cruzaron las grandes puertas de madera, la emoción por el arte superando cualquier leve aprensión inicial. El vestíbulo era amplio, y el murmullo de las voces y el tintineo de las copas creaban una atmósfera vibrante y sofisticada.
—¡Mira toda esta gente! — exclamó Sofía, con un brillo en los ojos — Es incluso más grande de lo que pensaba.
Kira sonrió, sintiéndose a gusto a su lado— El ambiente es increíble. Me alegra haber venido.
—Lo sé, y lo mejor aún está por llegar— respondió Sofía a, entrelazando su brazo con el de Kira— Hay una sala más adelante con las nuevas obras. Vamos a verla.
Con Sofía a su lado, se adentró más en el corazón de la galería, pasando por las salas llenas de obras de arte. Sin embargo, en un momento dado, mientras Sofía se distraía saludando a alguien que al parecer conocía y el flujo de gente las separaba por unos instantes, se encontró frente a una instalaciones contemporánea. Era una compleja estructura de líneas metálicas entrelazadas y focos de luz estratégicamente ubicados. Su cabeza se inclinó ligeramente, sus ojos vivos y curiosos, absorbiendo cada detalle, cada intersección, perdiéndose por completo en el diálogo entre forma y luz.
Admiraba la forma en que el artista exploraba la tensión entre el caos aparente y el orden subyacente. El arte, como siempre, era su refugio, un lugar donde podía perderse y olvidar el mundo.
Fue entonces cuando una extraña sensación la recorrió. Un escalofrió que no tenía que ver con la temperatura del aire acondicionado. Sus ojos, casi sin querer, se desviaron y captaron una figura en la distancia. Era alto, de complexión fuerte, con un traja impecable. En el instante en que sus miradas se cruzaron, sintió una punzada, una extraña mezcla de reconocimiento y una inesperada, casi peligrosa, intensidad que no comprendía. El no apartaba la vista, se sintió expuesta, vulnerable bajo ese escrutinio. Instintivamente, intentó desviar la suya, concentrándose de nuevo en la instalación.
En ese mismo instante, Sofía regresó a su lado, una sonrisa en el rostro, ajena a la breve pero intensa perturbación de su amiga.
—¡Aquí estás! Te encontré— dijo, entrelazando su brazo con el de Kira—Ya es casi hora de irnos. ¿Te gustó la instalación?
—Si es… fascinante— con la voz apenas un susurro, aún sintiendo el eco de esa mirada.
Decidieron que era hora de partir. Sofía guio a su amiga de vuelta al Fiat. Al llegar al edificio de Kira, esperó hasta que entró en el portal. —Nos vemos mañana en la universidad, Kira. ¡Cuídate!
Ya en su apartamento, estaba llena de las imágenes de la exposición y, la extrañamente, de la intensidad de aquella mirada que la había perturbado. La suave familiaridad del lugar la envolvió. Se preparó una taza de té, revisó sus apuntes y, aunque intentó encontrar la paz en su rutina, la imagen de aquellos ojos persistía, sembrando una sutil inquietud que la acompaño hasta el sueño.