La Caza

1182 Palabras
La sonrisa sombría aún se curvaba en los labios de Leonardo mientras entraba en la sala privada de la Galería Ambrosiana. Luca caminaba a su lado, la discreta, pero imponente presencia de sus hombres asegurando el perímetro. El senador Lombardo, un hombre de negocio antes que de política, se puso de pie al verlos, extendiendo una mano con una afabilidad calculada. —Leonardo, Luca, es un verdadero honor tenerlos aquí— dijo el senador, su voz untuosa y cargada de un respeto palpable. —El placer es nuestro, Senador— respondió Leonardo, estrechando la mano con firmeza. Sus ojos, penetrantes como siempre, escanearon la sala con su habitual escrutinio. Se sentaron alrededor de una mesa de caoba mientras los papeles con cifras y acuerdos se desplegaban. Luca tomó la palabra, detallando los puntos del trato con la precisión habitual de quien maneja asuntos de gran envergadura. Leonardo, por su parte, escuchaba, asentía en los momentos justos. Su mente, un laberinto de estrategias y cálculos, procesaba cada palabra, cada gesto del senador, analizando debilidades y oportunidades. Solo por un breve instante, la imagen de la joven en la galería parpadeó en su memoria, un destello fugaz, antes de que su atención volviera, implacable, al negocio. Necesitaba consolidar su posición, expandir su imperio. Todo lo demás podía esperar. —Con esto, Senador, nuestro acuerdo no solo se consolidará, sino que se expandirá en el norte de Italia de forma significativa— concluyó Luca, señalando un mapa sobre la mesa. Leonardo desvió la mirada del mapa para clavarla en el senador, una frialdad calculada en sus ojos que ponía fin a la cordialidad superficial. —Queremos la garantía de que no habrá obstáculos inesperados, senador. La lealtad es un camino de doble sentido, y los caminos torcidos no son de mi agrado. El senador palideció ligeramente, asintiendo con vehemencia. Una gota de sudor perló su sien. —Absolutamente, Leonardo, su palabra es ley. Mi compromiso es total, puede estar seguro de que no habrá ningún problema. La reunión continuó, una danza de poder y amenazas veladas, típica de su mundo. Cada cláusula se revisaba, cada detalle se ataba con la precisión que solo un hombre como Leonardo podía exigir. La victoria era palpable, el control, absoluto. Su ambición no conocía límites, y cada victoria, por sangrienta que fuera, solo alimentaba un apetito insaciable por más. Una vez cerrada la reunión con el senador, y tras las últimas indicaciones a Luca sobre los próximos pasos del negocio, Leonardo no esperó. Mientras se dirigía a la salida, su voz fue un murmullo apenas audible para los demás, pero Luca la escucho con claridad. —Quiero que pongas a alguien de tu entera confianza en esto, Luca. La joven de la galería averigua quién es todo. Y que la vigilen de cerca. Luca frunció el ceño, conocía esa mirada en los ojos de Leonardo. Una que rara vez se manifestaba fuera del tablero de ajedrez del poder. Era peligroso, un punto ciego que el no solía permitirse. ¿Estás seguro de esto, Leonardo? Esa chica… no es de nuestro mundo. Es una complicación innecesaria. Leonardo se detuvo, sin girarse, su voz convertida en un filo helado. —¿Acaso he preguntado tu opinión sobre mis deseos, Luca? Es una orden, y te la doy a ti. Ocúpate. Luca asintió, su rostro inexpresivo. No hizo preguntas, conocía esa determinación, sabía que, cuando Leonardo fijaba un objetivo, no había marcha atrás. Y por el tono de su voz, este nuevo objetivo era diferente. Mucho más peligroso para todos los involucrados. PRIMEROS MOVIMIENTOS DE LA CAZA Pasaron dos días. Dos días donde los hombres más sigilosos bajo la supervisión de Luca se movieron por Milán, siguiendo el rastro de una sombre. La información no llegó de inmediato. El primer retazo del velo sobre la joven se entregó a Leonardo en su vasta propiedad en las afueras de Milán. El olor a pólvora recién quemada se mezclaba con el aire puro del bosque. Leonardo, con gafas protectoras y un chaleco de cuero impecable, acababa de romper una serie de platos con precisión. Luca se acercó discretamente mientras uno de los empleados recogía los cartuchos vacíos. En su mano, llevaba una tableta delgada. —Aquí está el primer informe— dijo Luca, con un tono de voz que apenas superaba el eco de los disparos aún resonando. Leonardo se quitó las gafas, sus ojos grises ahora enfocados en la pantalla que Luca le ofrecía. El informe inicial era conciso. —Kira Bellucci, veinticuatro años. Estudiante de arte en la Academia de Bellas Artes. Apartamento en Brera, sin familia directa en Milán. Amiga cercana: Sofía Rinaldi. Aficionada a la fotografía, paseos por ciudad para capturar imágenes. Leonardo asintió, absorbiendo cada palabra mientras limpiaba superficialmente el cañón de la escopeta. Kira, el nombre no era como los nombres ásperos y utilitarios. —¿Fotografía, dices? — preguntó, devolviendo la tableta a Luca. Su mirada se dirigió hacia el cielo, donde otro plato naranja era lanzado al aire. Levantó la escopeta y lo hizo añicos antes de que cayera. Había una sincronía perfecta entre su mente, su cuerpo y el arma. Un control absoluto. Luca confirmó— Sí, y parece que tiene un ojo excepcional para el detalle. Leonardo permitió que media sonrisa, casi depredadora, se dibujara en sus labios. Le gustaba la idea de que ella observara el mundo de esa manera. Lejos de ser una debilidad, la “ordinariez” de su vida, como la habían descrito, se convertía en un reto. —Necesito que la vigilancia sea permanente— dijo, entregándole la escopeta a un empleado. — Discreción total, cada movimiento, cada interacción. Sus horarios, sus rutas, con quien habla, a dónde va. Quiero conocer sus hábitos, sus miedos, sueños. Y asegúrate de que esté segura. Ni un rasguño. Si alguien la molesta, aunque sea sin querer, lo pagará muy caro. Asintió, la sombra de preocupación cruzando de nuevo su semblante mientras seguía a Leonardo de regreso a la mansión. Esta no era una petición de negocio, era una petición de obsesión. Sabia que debía ser cauteloso. La fascinación de Leonardo era un fuego que podía consumir a todos a su alrededor. Leonardo no solo quería saber de ella; quería poseer su esencia, su vida. La caza había comenzado. Y sabía que no había nada que pudiera detenerlo una vez que fijaba su mirada en algo. Esta vez, el premio era un alma…. En su despacho principal, Leonardo se permitió un momento. En la gran pantalla táctil, se proyectaban discretas fotografías de Kira: ella caminando por las calles de Brera con su cámara, sentada en un café con su amiga, absorta en sus libros en la biblioteca de la universidad. Eran imágenes robadas, pero para Leonardo, eran el inicio de una galería personal. Cada foto alimentaba su fijación. La veía, la analizaba, la sentía cada vez más cerca. Quería que ella supiera quién era él, y que entendiera que ahora, su mundo, le pertenecía. Para Leonardo, el día apenas comenzaba, impulsado por una obsesión que prometía ser tan inquebrantable como su propia voluntad.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR