- ¿Me prestas tres euros alteza? le preguntó Ernesto.
- ¿Pero es que no llevas dinero?
- No. Me he gastado todo el dinero que llevaba en tickets para Charlotte, me ha succionado hasta la sangre, se cree que soy donante.
- Pues bebe agua del grifo que sienta muy bien o si lo prefieres, miras cómo bebo yo que es gratis.
Caminaron hasta la barra.
Ernesto se sentía tan orgulloso de acompañar al Príncipe que levantaba la cabeza altivamente cómo si fuera él el Príncipe en lugar del otro.
El camarero les contó echo un mar de lágrimas que le acababa de dejar su novio.
Sobre la barra tenía siete margaritas desojadas, solo quedaban los tallos, mordidos ya de la desesperación.
- Me han salido cuatro margaritas que no me quiere y tres que si me quiere. Estoy mareado de desojar. Parezco una floristera.
Y empezó a llorar de nuevo a lágrima viva.
Ernesto estaba a punto de llorar, se estaba emocionando y el Príncipe echó dos lágrimas. Tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar.
El camarero comenzó a guiñarles el ojo continuamente al Príncipe y a Ernesto.
- Este chico tiene un tic nervioso en los ojos, pensó Ernesto que asentía continuamente con la cabeza porque le daba pena ignorar al camarero.
El chico sacó una servilleta de papel y se puso a escribir concentrado en ella.
Ernesto no llegaba a ver lo que estaba escribiendo aunque estirara mucho el cuello como un cisne.
El chico le estaba dando mucho misterio:
- Aquí tenéis mi numero de teléfono para lo que necesitéis, os atenderé encantado. El menú es amplio: rollo, beso, toqueteo, morreo, roce... y hoy además cómo estoy soltero, tiro la casa por la ventana, os lo dejo todo gratis. Hasta hace una hora era un dos por uno.
¡Ya más no puedo rebajar! Estoy en liquidación.
Y comenzó de nuevo a guiñarles los ojos continuamente indistintamente a uno y a otro.
Ernesto y el Príncipe se pusieron también a guiñar los ojos sin parar.
El camarero comenzó a poner sobre la barra chupitos loco de alegría por ser correspondido.
Ya no necesitaba más margaritas, las tiró todas a la basura.
El Príncipe se remangó las mangas y Ernesto le imitó tirándose un eructo para parecer más varonil. Fue tan grande que hasta él mismo se asustó.
- Serás cochino, dijo el Príncipe boquiabierto tapándose la nariz.
Comenzaron a beber chupitos cómo si tuvieran un desierto en la boca.
Charlotte desapareció escaleras abajo con el casco puesto.
Cuando llegó a la puerta metálica dio dos golpes secos para que le abrieran la puerta.
- ¿Quién anda ahí?, gritó una voz grave al otro lado de la puerta.
Charlotte se quedó muda.
No sabía la palabra secreta.
No dijo nada, disimuló cómo si no hubiera oído nada.
Volvió a dar dos golpes en la puerta.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Charlotte se encontró de frente con dos guardaespaldas del Príncipe.
En cuánto la vieron, le hicieron una reverencia pues pensaban que debajo del casco iba el Príncipe.
Charlotte les hizo una señal con la mano para que se dejaran de reverencias, estaba hasta el moño.
Se apartaron a ambos lados y dejaron pasar a la Reina Charlotte.
La gente comenzó a mirarla y a aplaudirle.
Se daban codazos unos a otros.
- Es el Príncipe que ha venido en moto esta noche a la discoteca.
Charlotte no entendía porque la miraban con esas caras tan extrañas.
Se palpó en los bolsillos del pantalón para comprobar si llevaba algún bolígrafo por si le pedían un autógrafo, nunca se podía saber, había que estar preparada para todo hoy en día.
Fue hasta la barra que estaba frente a la pista de baile.
Cuando llegó la gente se concentró a su alrededor.
No podía creer que le hubieran dejado un hueco en la pista de baile para ella sola.
- Qué amables, pensó.
Cómo no sabía qué hacer comenzó a dar vueltas sobre sí misma cómo una peonza.
El público aplaudía.
Cuando paró se sintió mareada.
Un chico con cara de estreñido, la agarró para que no cayera y le pidió permiso a Charlotte para abanicarle.
- Sigue y no pares durante diez minutos, le pidió ella poniendo voz masculina.
El chico comenzó a abanicarla tan fuerte que Charlotte le advirtió:
- Más despacio o serás castigado.
El chico le hizo una reverencia y comenzó a hacerlo pausadamente.
Charlotte se daba la vuelta, se agachaba, se levantaba, subía un brazo, después el otro... para que el chico le abanicara por todas las partes.
- Vuelve a repetirlo sin rechistar, le ordenó Charlotte.
El chico se cambió el abanico de mano porque la otra ya le dolía y la tenía agarrotada.
Las gotas de sudor le caían por la cara.
- ¡Sigue! le gritó Charlotte. ¡Es una orden!
Otro chico se acercó para que le abanicara a él también.
- A la cola que hay coca cola, le dijo Charlotte dándole un cabezazo con el casco.
El chico cayó al suelo en bloque.
- Mala suerte... pensó Charlotte. A ver quien es el guapo que se acerca ahora.
La gente se distanció, la miraban atemorizados.
Charlotte le ordenó al chico que parara, le dijo ya era suficiente por esa noche.
Decidió salir de la pista de baile.
Caminó hasta la escalera que subía a la Sala Vip.
Miró hacía arriba y vio al Príncipe Alexander hablando animadamente con Ernesto.
Al ver al Príncipe, la gente comenzó a preguntarse quien se ocultaba bajo el casco.
Charlotte bajó la cabeza disimuladamente y llegó rápidamente de puntillas hasta la puerta.
Los guardaespaldas estaban con los móviles entretenidos jugando al Tetris.
En cuanto la vieron, abrieron la puerta de par en par y continuaron con la mirada puesta en los móviles.
Detrás de Charlotte se coló la discoteca al completo, sin que los guardaespaldas se percataran.
Uno le hizo una señal al otro de que ya podían cerrar las puertas.
Cuando miraron hacía la discoteca, se extrañaron que se hubiera vaciado en tan poco tiempo.
✨✨✨✨