Capítulo 22

1017 Palabras
El Príncipe le pasó el casco de la moto a Charlotte para que se lo guardara en el monedero. - Es una orden de su alteza real, dijo el Príncipe altivamente subiendo la cabeza como un gallo. Charlotte hizo una reverencia y lo cogió con suma delicadeza. Lo acarició cómo si se tratara de una corona. Se sintió Reina por un momento. Ernesto se ofreció a llevarlo él. Intentó quitárselo a Charlotte de las manos pero ella lo agarró de tal manera que él no tenía fuerzas suficientes para arrebatárselo. Era un tira y afloja. Ernesto comprobó que Charlotte tenía la fuerza de un toro, a ver quién podía con ella. Sabía que no tenía nada que hacer, era una lucha perdida. La miró temeroso por si ella le atizaba. Se puso las manos para protegerse. Soltó el casco y se lo cedió completamente a ella, no quería problemas. Fue positivo y pensó que sería mejor así porque estaría más libre para irse de fiesta con el Príncipe y poder ligárselo qué es lo que realmente deseaba. No había nada mejor en una noche de fiesta que quitarse de en medio a una mariliendres porque generalmente suelen hablar muchísimo, es cómo si tuvieran cuatro lenguas. No puedes ni mirar a otro lado porque no te dejan. El Príncipe Alexander los miraba divertido como si estuviera en presencia de dos bufones en la corte. - ¿Y por qué no lo lleváis un rato cada uno? Propuso el Príncipe justicieramente haciendo gala de su buena educación. Charlotte y Ernesto se miraron. Los dos esperaban que fuera el otro el que cediera al orgullo. - No es mala idea Príncipe, contestó valientemente Charlotte haciendo una leve reverencia a modo de gratitud por la idea que se le había ocurrido. El Príncipe le dio una colleja: - ¡Levanta solterona que no te comes una rosca! He decidido que lo mejor será hacerlo a cara o cruz ¿Qué os parece la idea? Ernesto se le quedó mirando cómo si el Príncipe hubiera hablado en alemán o japonés. - ¿Te lo traduzco verdad? le preguntó el Príncipe. Ernesto asintió continuamente con la cabeza. - Significa que tiramos una moneda al aire y si sale cruz gana el que la haya elegido y si sale cara pues el contrario. - ¡Uf! Qué difícil de entender, replicó Charlotte angustiada. ¿Y si lo buscamos en Google? Podías haber buscado otro juego más fácil. El Príncipe la miró complacido: - No es mala idea, no se me había ocurrido a mí. En verdad, nunca terminé yo tampoco de entender este juego. Ernesto puso el YouTube y observaron detenidamente los tres el video con las cabezas pegadas a la pantalla del móvil. - ¡Creo que ya lo he pillado! Gritó el Príncipe. Ernesto y Charlotte comenzaron a aplaudir con tanta fuerza que las palmas de las manos se les pusieron rojas. - ¿Lleváis una moneda? Les preguntó el Príncipe. - ¡Pero si el Príncipe eres tú! Tendrías que llevar monedas y de oro y además regalarlas. - No poneros así ¿Me concedéis un préstamo a tres meses sin intereses? - Trato hecho, le replicó Charlotte. El Príncipe levantó la mano con el pulgar hacía arriba. Charlotte y Ernesto comenzaron a rebuscarse en los bolsillos en busca de monedas. - No llevo ni una, dijo Ernesto. - Yo tampoco, mintió ella, abriendo y cerrando rápidamente el monedero con dificultad porque se le salían las monedas. - Está bien, sacaré una mía y a cambio me debéis una copa, dijo el Príncipe. Sacó una moneda del bolsillo trasero del pantalón. - ¿Qué elegís? ¿Cara o cruz? - Ummm yo cara, dijo Ernesto. - Pues yo cruz. No me queda otra, la moneda solo tiene dos caras, se quejó Charlotte. El Príncipe la tiró al aire con tanta fuerza que tardó una media hora en volver a caerle en la mano. Cuando bajaron las cabezas, les dolían los cuellos. - Tengo torticolis, se quejó Charlotte poniéndose las manos en el cuello. Qué fuerza tienes hijo, eso es porque eres de sangre azul. Si tuvieras nuestra sangre, no habría ido más allá de tu zapato. El Príncipe tapó la moneda con la palma de la otra mano. Les miró cómo si aquello fuera un duelo de vida o muerte. Fue quitando la mano poco a poco y dejó la moneda al descubierto. - ¡Cruz! gritó el Príncipe. Empezarás tú Charlotte llevando el casco una hora y después lo hará Ernesto. Los dos asintieron y Charlotte le cogió la moneda y se la echó al monedero. El Príncipe la miró sorprendido y ella se puso el dedo en la boca indicándole que no rechistara, que la moneda era para ella. - Rita, Rita lo que se da no se quita, le dijo Charlotte. El Príncipe le echó con la mirada fuego cómo si fuera un dragón. -¿Os parece si tomamos algo? Les preguntó el Príncipe dirigiendo la mirada hacia la barra. Observaron que el camarero estaba más solo que la una, desojando una margarita: - Me quiere, no me quiere, me quiere... ¡No me quiere! Y empezó a llorar desconsoladamente. - ¿Estás seguro que quieres ir a la barra? El camarero está venga llorar y nos lo va a contagiar, le dijo Ernesto al Príncipe. - A mi ya no me cabe ni una gota en el cuerpo, si bebo algo más exploto como una bomba, dijo Charlotte mientras se ponía el casco en la cabeza. Ahora los ojos, eran dos rayitas al fondo del casco. - ¿Pero para que te pones el casco en la cabeza so burra? - Así no bebo, prefiero asfixiarme con el casco puesto que beber más, no me entra en la boca ni una pajita. He bebido esta noche lo suficiente como para dar de beber a esta discoteca en dos semanas. Deberíais de pedirme a mí la bebida, en vez de hacerlo al camarero. El Príncipe y Ernesto dudaron. - Pues vayamos nosotros Ernesto, le pidió el Príncipe.
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