Capítulo 20

1023 Palabras
Le gente vitoreaba a Ernesto que se sentía ya cómo un ídolo de masas. Les pedía con las manos que se calmaran. Levantaba los brazos sacando músculo mirándoles presumidamente. -¡Ernesto, Ernesto! Gritaban todos emocionados. Les pidió calma. Estaba muy emocionado. No pudo evitar que se le escaparan unas lágrimas, nunca se había sentido así en su vida. Siempre había sido un marginado, un excluido y un insultado. Un chico con la cara avinagrada, le acercó un kleenex. Ernesto le dio las gracias y los dos se abrazaron llorando. Le costó quitárselo de encima, se le había pegado como una lapa. Eso era lo que siempre él había soñado, ser el centro de atención, sentirse cómo se sentiría cualquier persona en su lugar pero que él no había tenido la oportunidad de conseguirlo aún. Incluso su madre le solía decir que era la vergüenza de la familia, se lo recordaba día sí y día también. Ella no era consciente del daño que le estaba infiriendo. Ernesto había aceptado ya que era un don nadie, se lo había creído de oírlo repetidamente. En cuánto llegara a casa y se lo contara a su madre, no le creería pero a él le daba igual porque había conseguido su sueño: ser valorado por los demás aunque ellos desconocían su "secreto". La gente gritaba su nombre, le daba palmadas en la espalda. Nunca se había sentido así con tanta sonrisa junta en tan poco espacio. Solo veía dientes mirara donde mirara y algún chico también le guiñaba el ojo insinuándosele. Ernesto le contestaba que sí, pero más tarde. Llegó hasta la puerta metálica que estaba cerrada a prueba de bomba como si se tratara de un búnker de guerra. Los guardaespaldas del príncipe sacaron las porras y le pidieron que se detuviera. - A ver quien es el guapo que se atreve a pasar, dijo uno de ellos. Comenzaron los dos a cachearlo. Le pidieron a Ernesto que se identificara mientras le ponían de espaldas y le aproximaban la cabeza a la pared. Comenzaron a palparlo entero de nuevo. Ernesto vio la porra por el rabillo del ojo. Tras identificarse, los guardaespaldas sacaron un rollo de papel de papiro y le enumeraron una a una, las cincuenta normas que debía cumplir en presencia del Príncipe para velar por su seguridad. A cada norma que iban leyendo, Ernesto tenía que decir con voz alta, clara y firme ¡Acato! Si los guardaespaldas no le escuchaban correctamente, le daban con la porra en el culo y tenia que volver a repetir ¡Sí acato! Le amenazaron que si incumplía cualquiera de las normas que le habían leído, sería llevado a los calabozos. Ernesto dijo que sí acataba todas las normas, no tenía ganas de calabozos porque los consideraba antiglamourosos, era lo que menos le apetecía en ese momento. Quería dormir en casa aunque su madre lo zapatilleara esa noche y durmiera con el culo caliente. -¡Dime la norma veintiséis! Le gritó el guardaespaldas dándose con la porra golpes en la palma de la mano. Ernesto se quedó paralizado mirando para los lados. Decidió jugársela y arriesgarse: - No mataré al Príncipe bajo ningún concepto. - ¡¡Mas fuerte!! ¡No te hemos oído!! Ernesto lo repitió hasta quedarse sin voz porque pensó que estaban sordos. - ¡No mataré al Príncipe bajo ningún concepto! Los guardaespaldas comenzaron a darle la enhorabuena por tan buena memoria y le dieron permiso para acceder a la Sala Vip. - ¡Lo has conseguido chaval! Eres muy grande, enhorabuena. Ernesto miró hacía arriba y se encontró con Charlotte que estaba asomada con cara de no haber roto un plato en su vida. Tenía cara de ángel de la guarda. Ella le saludó con la mano como si no hubiera pasado nada entre ellos y le sonreía enseñando la dentadura con más huecos que dientes. - ¡Eres más falsa que Judas! le gritó Ernesto. ¡Falsa! ¡Sindientes! ¡Víbora! Charlotte cogió y le arrojó un vaso de agua. - Será japuta que me ha calado entero y encima agua fría. ¡Eres más mala que un dolor! Ernesto le pidió prestado un paraguas a un guardaespaldas que se disculpó por no tener pero que iba a buscarlo gustosamente. Cuando regresó comenzó a darle a Ernesto en la cabeza con el paraguas. - ¡Arreando qué es gerundio! le dijo el guardaespaldas mientras no dejaba de darle con el paraguas. Ernesto pensó que el guardaespaldas se creía que estaba en el tren de la bruja. A Charlotte se le unió Daniel. Se le puso un morro de elefante cuando vio que Ernesto estaba a punto de subir arriba, donde ellos estaban. Se puso tan pálido que Charlotte comenzó a darle guantazos para que cogiera color. Después lo arrojó al suelo, se subió encima de él y siguió dándole guantazos. A continuación, se puso de espaldas y se tiró un pedo bomba en toda su cara. Ernesto volvió a coger color. Abajo el guardaespaldas hablaba con Ernesto: - Juras cumplir todas las normas que te hemos enumerado. Ernesto juró asintiendo con la cabeza y levantando la mano. - ¡Mas fuerte! Cómo si se lo dijeras a un sordo! -¡Lo juro! Gritó hasta quedarse afónico. Los policías y los demás guardaespaldas le aplaudieron. Comenzaron a lloverle a Ernesto monedas de todas las clases. Se agachó y se metió varias al bolsillo del pantalón pensando que le vendrían bien después. El guardaespaldas se sacó un manojo de llaves del bolsillo, arrastró un taburete, se sentó y empezó a quitar candados. - De aquí no me escapo ni en una semana, pensó Ernesto. El guardaespaldas llamó a otro que estaba a escasos metros de ellos y juntos empujaron la puerta para abrirla de par en par. Chirriaba cómo si llevara años sin abrir. - Ya puedes pasar. ¡Rápido! Cuando subas te estará esperando el Príncipe para recibirte con todos los honores. Ernesto estaba muy nervioso, los dientes le rechinaban como postizas. Iba a conocer por fin al famoso Príncipe. Aún no se lo podía creer. ✨✨✨✨
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