Capítulo cuatro: El héroe que todos aman

3063 Palabras
Tres semanas habían pasado desde que Lily puso un pie en Dorelly, apenas había salido de casa del ministro, tal vez unas tres veces, en las que se había escapado de noche a pasear por la playa. El área en el que se encontraban era muy solitaria, eso le gustaba. Con el pasar de los días, se había enterado de muchas más cosas. Como que el apellido de Damiel en realidad era Vulerac y no Moore, como se hacía llamar en Snowhill. Día con día, se enteraba de algo nuevo, descubría una nueva habilidad. No era la mejor en el asunto de la magia y eso era porque sus poderes estuvieron apagados desde siempre, por su seguridad, Damiel le suministraba vitaminas que en realidad eran pociones para adormecer su magia, lo único que jamás había podido adormecer era su habilidad para la telepatía, podía leer los pensamientos de los demás y con esto plantar pensamientos, ideas o recuerdos falsos, lo cual apenas estaba perfeccionando. El hecho de que Damiel estuviera manipulando sus poderes desde que era una niña, la tenía furiosa, apenas y le hablaba. Podía entender sus razones, pero no significaba que fuera a dejar el tema tan fácilmente. Dollengur le enseñaba a controlar su magia, pero muy apenas podía realizar un encantamiento para desaparecer un lápiz. Era neófita en ese mundo. Un viernes por la mañana, muy temprano, Lily escuchó dos toquidos consecutivos en su habitación. —¡¿Qué carajos quieres, Damiel?! —gritó exasperada, tapándose con la almohada. ¡Apenas estaba saliendo el sol! —No soy Damiel, soy Alec —musitó el hombre, Lily enrojeció de la vergüenza y se levantó de inmediato a abrirle—. Damiel comentó de tu mal humor por las mañanas, una disculpa por levantarte. —No se preocupe, yo… lo siento mucho —sonrió tensamente arreglándose el cabello enmarañado—. ¿Qué pasa? —Estoy por asistir a una reunión con algunos allegados, ¿quisieras venir? Me gustaría presentarte a Harvey Peacock, es un muchacho encantador, se llevarán muy bien. Lily no pudo evitar hacer un mohín, en sus planes no estaba levantarse temprano y menos por un estúpido muchacho. Sin embargo, disimuló su disgusto y asintió. —Claro, cualquier cosa que me haga sentir más cercana a la magia me interesa —mintió—. Deduzco que obviamente nadie de ellos sabrá quién soy en realidad, ¿no? ¿Qué les diremos entonces? —Ya tengo eso arreglado. Diré que eres nieta de mi hermana, Miranda. Nadie conoce a la muchacha, pero tiene más o menos tu edad. Su familia vive en Londres, en una pequeña comunidad de brujas. —¿Y eso será convencible para los demás? —Frunció el entrecejo. —Nadie dudaría nunca de mí, querida —comentó con orgullo—. Todavía no es momento de que reveles quien eres. ¿Qué opinas de llamarte Lilith Dollengur?   *** Llegaron a una enorme mansión bastante descuidada. El césped sin cortar que rodeaba las rejas les llegaba a las piernas, las fuentes de piedra estaban descuidadas y algunas rotas. La reja que cubría todo el terreno estaba oxidada. Apenas Dollengur la tocó, ésta se abrió. Lily lo siguió, quejándose en silencio porque el césped le picaba en las manos. Era muy fácil poner a Lily de mal humor. —Disculpa la fachada —dijo Alec, sabiendo que Lily estaba irritada—. Es para que los metiches no quieran meterse aquí. Se le llama la mansión de las tres sombras, se dice que hay una horrible maldición que la habita. —¿Y la hay? —No, claro que no, venía con mis amigos en mi adolescencia, jamás sucedió nada raro. ¿En su adolescencia? ¿Qué edad tendrá? ¿Trescientos? —Estás pensando muy alto —declaró Alec, que por accidente pilló sus pensamientos—. Tengo ciento cinco años, Lily. Damiel me dijo que tú cumples quince en un mes, ¿eh? La rubia prefirió no decir nada al respecto, asintió dándole la razón. Ya estaba lo suficiente avergonzada como para decir otra cosa, o pensarla. El ministro debía pensar que era una malcriada y ciertamente, lo era. Pero no quería serlo con él, lo respetaba. Después de caminar un extenso tramo de césped sin cortar, llegaron a las enormes puertas de la mansión. Dollengur sacó una llave antigua de su túnica y la introdujo en la cerradura, provocando unos escandalosos chirridos. La puerta crujió conforme se abría. Primero entró Lily y después él, cerrando la puerta detrás de ellos y volviendo a guardarse la llave en la túnica. Lily aprovechó para observar un poco el lugar, por dentro no se veía abandonada, sino muy cómoda. Estaba alfombrada y el vestíbulo tenía un enorme candelabro dorado. A lo lejos se veían unas enormes escaleras en forma de caracol (cubiertas de una alfombra roja), que posiblemente daban a las habitaciones. La adolescente dejó de observar la casa cuando escuchó un chillido de una mujer. —Director Dollengur, ¡qué bueno que llegó! —Vociferó. Era bastante pequeña y regordeta, de cabello n***o, piel morena, cabello rizado y ojos grises que resaltaban en cualquier lado—. ¿Quién es la muchachita? —Lily —se presentó la mencionada. —Lilith es mi nieta segunda —le dijo con total naturalidad—. Es nieta de mi hermana Miranda. Su madre decidió que debe estudiar en Starborn. —Ay, por Clether, ¡qué maravilla! Starborn es la mejor escuela de magia de todo el mundo, mis doce hijos estudian ahí —dijo viendo a la rubia. Lily se horrorizó de escuchar que tantos niños habían salido de ella—. Vengan, vengan —los instó a seguirla—. Ya todos están en el comedor. ¿No cree genial que Damiel volviera? Vino ayer en la noche. Trabajar en Relaciones Internacionales debe ser agotador para el pobre, nos contaba que su último viaje fue en Dinamarca. Lilith abrió la boca para contradecir a la señora, ¿qué estaba diciendo? Alec hizo un movimiento negándole esa oportunidad. No digas nada, recuerda que no conoces a Damiel. ¿Qué demonios? ¿Dollengur se había metido en su cabeza? ¡Qué irrespetuoso! El anciano se rio ligeramente, como si leído sus pensamientos. —Es muy gratificante que un mago tan extraordinario como Damiel haya vuelto a su casa —respondió Dollengur—. Y también lo es tener a un m*****o de la familia Dollengur. —¡Por supuesto que lo es! —Contestó entusiasmada—. Ay, me muero porque conozca a mis niños, ¡seguro serás amiga de todos! Y también de Harvey, es un muchacho tan encantador, guapo, inteligente… Qué asco. Lily se esforzó por no decir nada grosero, no quería dejar en ridículo a Alec, que tan amablemente la estaba ayudando en todo. Al entrar al comedor, las voces distantes se hicieron más claras, pero al ver a Dollengur todos guardaron silencio, asintiendo repetidas veces y dando saludos cortos. Todos lo respetaban. —Buen día a todos, estoy muy feliz de ver sus rostros de nuevo… después de todo lo que ha sucedido… ¿Qué no le habían dicho a ella? —¿Quién es ella? —Preguntó altaneramente una muchacha. Parecía ser hija de la señora que los había recibido en el vestíbulo. Su cabello estaba alisado, pero se veía bastante parecida, las facciones eran idénticas. —Entiendo tu curiosidad, Genevieve, ella es mi nieta, Lilith. Antes de que se lo pregunten, es nieta de mi hermana, Miranda. Lily ha venido desde Londres. Lily, ¿podrías sentarte junto a Damiel? —señaló al hombre, quien tensó la mandíbula y abrió mucho los ojos—. Yo me sentaré por aquí —señaló una de las sillas vacías en la cabecera—. Espero no hayan empezado a comer sin mí, eh. Lily obedeció a su supuesto abuelo y se sentó en la silla vacía junto a Damiel, quien no podía ni voltear a verla de los nervios, era un mal mentiroso, pero se había guardado muy bien el secreto de que ambos eran brujos. Observó a su alrededor a los presentes, la mayoría eran hijos de la señora que los había recibido. Tenían las mismas características: piel morena, ojos grises, cabello rizado, había unos gemelos que la saludaron con la mano cuando cruzaron miradas, parecían amigables, lo contrario a Lily. Hubo una persona en específico que llamó su atención, tenía el cabello azabache, ojos verdes esmeralda y unas gafas metálicas. Él le devolvió la mirada con intensidad. A él lo había visto en algún lugar, pero, ¿en dónde? Siguió mirándolo, sin escuchar lo que los demás conversaban, ambos se taladraban con la mirada, entonces vio una cicatriz bastante reciente en su mejilla, en forma de estrella. Era Harvey Peacock, el héroe que todos adoraban y que a ella le irritaba sin conocerlo. En la comida, evitó mucha interacción con los demás, se limitó a comer en absoluto silencio, forzando sonrisas o asintiendo cada que la mencionaban. Damiel no le dirigió la palabra en todo ese tiempo, era como si no existiese, sabía que lo hacía para no levantar sospechas, pero comenzaba a extrañarlo. ¡Ella debía ignorarlo, no él a ella! —Eres Damiel, ¿verdad? —Habló Lily, mirándolo fijamente. El mencionado abrió los ojos de par en par—. ¿Podrías pasarme la salsa? Queda un poco lejos. —Claro… ten —la puso a un lado de su plato, todo sin mirarla. —Escuché que llegaste hace poco a Dorelly, ¿estabas en Dinamarca? Damiel se atragantó con su albóndiga, tosió un poco antes de contestar. —Eh… sí, viajo mucho por lo general, pero quiero establecerme en Dorelly —musitó, mirando su plato. Tenía ganas de estirarle las orejas a Lily por lo imprudente que era, sin embargo, Lily estaba divirtiéndose al verlo titubear tanto. —¿No fue difícil para tu esposa e hijos viajar tanto? Asumo que debió ser difícil para ellos… —No estoy casado —interrumpió, tomando un poco de vino para pasarse la comida. —Qué lástima, seguro serías buen esposo —lo molestó, sabiendo que cada vez estaba más tenso—. Y un buen padre, por supuesto. Cada quien tenía su propia plática, por lo que no muchos prestaron atención a lo que ambos decían, exceptuando a Harvey, y por supuesto, al director Dollengur. —No creo tener hijos nunca, menos una niña. Son malcriadas, groseras, insensibles y no entienden que un padre hace todo por protegerlas. —La comida estuvo grandiosa, Dorotea —comentó Dollengur en voz bastante alta, interrumpiendo el hilo de las otras conversaciones—. Creo que los muchachos deberían ir al salón mientras nosotros discutimos los asuntos que nos competen. ¿No creen? —Claro, claro —dijo un hombre con bigote canoso, era un esqueleto, bastante escuálido, ojeroso y calvo—. Su nieta puede quedarse con Harvey. —Iba a jugar póker con Dylan —objetó Harvey, algo irritado. —Cállate y sé amable con la nieta del ministro, cualquier adolescente tendría suerte de estar con una linda jovencita como ella. El ambiente se tornó un poco incómodo. Los adolescentes comenzaron a salir del comedor camino al salón. Harvey se quedó en la puerta, cruzado de brazos hasta que Lily salió. —Ese señor se ve muy anciano para ser tu padre, ¿es tu abuelo? —Indagó la rubia, sin muchos rodeos. No sentía simpatía por el supuesto héroe del pueblo, pero tampoco tenía ganas de estar a su lado en total silencio. Sabía bien la respuesta, sus padres estaban muertos, ¡a causa del suyo! —Sí —afirmó secamente—. Mis padres murieron a causa de Levidor. —Qué pena, lo siento —lo consoló sin mucha empatía. —Tú no los mataste, no te disculpes. —Sí, pero que tal y mi padre sí —soltó, retándolo. Le había dicho una verdad dolorosa de la que no se enteraría en bastante tiempo. Vio su mandíbula tensarse—. Era broma, ¿sabes? Mi padre está muerto. —Oh… —Creí que íbamos al salón —afirmó la rubia, al ver que Harvey la estaba llevando a otra dirección. Caminaron por un estrecho pasillo hasta que dieron a un jardín muchísimo más cuidado, tenía cientos de plantas y un invernadero. —Sí, pero el director Dollengur me comentó que necesitas un poco de ayuda en los hechizos defensivos, dijo algo de que muy apenas podías mover un lápiz. Debe ser difícil usar magia sin tu varita, ¿no? Te acostumbrarás —Lily frunció el ceño. No entendía de que hablaba—. En Londres es común utilizar varita, ¿cierto? Es que aquí sólo se utilizan las varitas catalizadoras. —Sí… ha sido algo difícil —respondió, siguiéndole el juego—. ¿Así que tú me enseñarás hechizos? —La burla era clara en su tono de voz. —Eres un poquito antipática —declaró—. Sí, yo te voy a enseñar. Lo creas o no, soy el mejor en Hechizos Defensivos, es una clase que verás en Starborn. ¿Qué edad tienes? ¿13? —Voy a cumplir 15. —Eres muy joven para Damiel, así que ten cuidado. —¿Qué acabas de decir? —Lily frunció los labios y arrugó la ceja, horrorizada de tan solo pensarlo. ¡Era su padre! —. Tienes pensamientos muy morbosos para creer que me gustaría un señor de cuarenta y un años. —¿Cómo sabes que tiene cuarenta y uno? —enarcó una ceja. —Soy observadora. Harvey no le creyó en absoluto. —Perdón si sonó mal lo que dije, normalmente las chicas de mi edad han intentado conquistar a mi padrino, por eso dije eso, te vi haciéndole preguntas raras. —¿Padrino? —Lily frunció sus delgadas cejas, sintiéndose celosa de compartir a Damiel con otro adolescente irritante—. ¿Damiel es tu padrino? —Sí —sonrió genuinamente—. Es lo más cercano a un padre que tengo, a pesar de que por su trabajo no puedo vivir con él, siempre me visita, es un alivio tenerlo, mis abuelos son una pesadilla. ¡¿Lo más cercano a un padre?! ¡Es mi padre, maldito imbécil! Damiel me va a oír. ¿Qué le pasa? ¿Ocultarme a su ahijado? Maldito traidor. —Lo primero que debes de saber sobre los hechizos defensivos es que tienes que tener una concentración de 3.5 para lograr uno decente. ¿De qué demonios habla este cara partida? Lily dejó de escuchar lo que decía y se puso a merodear muy lejos de ahí con su imaginación. Pensó en Aleia, ¿estaría con Nate? Extrañaba su cuarto, jamás creyó decir eso… extrañaba estar en su laptop todo el día navegando por f*******:, extrañaba los vídeos tontos de gatitos, los blogs de conspiraciones, extrañaba ver skins y un sinfín de cosas. Dorelly era maravilloso, lo que cualquiera soñaría, un auténtico libro de fantasía, donde ella tenía que luchar con su padre biológico. Estaba exhausta de ser medianamente amigable. Quería partirles la cara a todos y ni ella entendía la razón. —Eh, rubia. ¿Estás bien? Te ves muy… distante. —Estoy bien, simplemente lo último que desearía es estar aquí contigo. No necesito aprender hechizos defensivos. —Aparentemente sí lo necesitas. Lo dijo tu abuelo. Mira, yo tampoco quiero estar aquí, iba a jugar póker con mi mejor amigo, pero se lo debo a tu abuelo. Desde que llegué a Starborn me ha ayudado muchísimo. Así que, coopera un poco, Lilith. —Como sea, ¿qué es eso de concentración 3.5? —Todos tenemos la capacidad de llegar a la concentración siete, es el número esencial. Normalmente, casi todos están en la concentración 1.5, puedes hacer todo correctamente, una o dos cosas a la vez, si pones de tu parte, el hechizo puede ser potente. A partir del 3.5 haces una defensa muchísimo más fuerte, tanto que el hechizo le rebotará a tu oponente —lo explicó con tal naturalidad, como si hubiera nacido sabiéndolo. A Lily no le agradaba mucho el cuatro ojos, pero no negaría que era bueno en la magia—. Quiero que cierres los ojos, pienses en tu lugar favorito y te imagines ahí. ¿Su gran dote por la magia se debería al hecho de que sus padres le regalaron sus poderes antes de morir? No era natural que alguien fuera tan buen mago. —¿Qué clase de meditación inútil es esta? —¿Siempre eres así de irritante? —No, sólo estoy imitando tu personalidad —arrastró las palabras, fríamente. Harvey resopló. Esa chica era insoportable, muy bonita, pero insoportable con todas sus letras, ni siquiera Gemma era así de irritante. Después de quedarse en silencio por unos segundos, Harvey decidió que le enseñaría a esa muchacha a hacer un encantamiento defensivo, aunque fuera lo último que hiciera.  —Hazme caso, incluso te relajarás. Tal vez así dejes de ser una niña malcriada —Lily bufó, pero cerró los ojos—. Imagina tu lugar favorito, donde te sientes a salvo, puede ser con una persona, en un lugar, no lo sé… el recuerdo tiene que ser tan potente que debe elevar tu espíritu. Con esto en mente, podrás concentrarte mejor en lo que deseas. Para llegar a una concentración más alta debes preveer los movimientos de tu oponente. Pensar como él. —¿De qué me sirve pensar en un lugar bonito? No tiene sentido. —Es para que te concentres principalmente, después, ese recuerdo estará siempre presente en ti y puedes ayudarte de la fuerza que te da, para vencer a tu oponente. Finalmente decidió hacerle caso a Harvey, quien la observaba fijamente más cerca de lo que a ella le gustaría. Ambos estaban a mitad del jardín, de pie el uno frente al otro. ¿Su recuerdo más feliz? No tardó mucho en pensar en ese momento. Sin duda alguna, era aquella sensación de júbilo cuando Damiel la llevaba a nadar a la cascada en Taryn, un pueblo cercano a Snowhill. Ambos nadaban en el río toda la tarde y veían la belleza etérea de la cascada. Creció yendo a ese lugar cada que Damiel tenía tiempo. Era feliz. Rara vez llamaba papá a Damiel, él la acostumbró a llamarlo por su nombre, sin embargo, él era su padre y siempre lo iba a ser. Ese tal Bentley no era nadie para ella. Damiel Vulerac era su ancla emocional, la persona que estaba ahí para guiarla, aquel que la regañaba cada que llegaba con moretones por meterse en una pelea o causarla, era con quien veía sus programas de televisión favoritos en el sofá. El que la llevó a comprar helado cuando perdió su primer diente de leche. Toda su vida se había sentido incompleta, como que tenía algo en su vida que no entendía por completo y ahora sabía que era su magia, su origen, pero eso no quitaba el hecho de que adoraba a Damiel con todas sus fuerzas, por muy enojada que estuviera con él. —¿Qué demonios estás haciendo? —Exclamó Harvey. Lily abrió los ojos y para su sorpresa, sus manos desprendían unas enormes bolas de energía verde, su mano actuó por inercia propia y le apuntó a Harvey, lanzándole por los aires. Parecía que sí había podido realizar un encantamiento defensivo, después de todo.
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