|Frieda Hartmann| El dolor de cabeza que me golpea al abrir los ojos es insoportable. He estado tan drogada desde que llegué aquí que apenas puedo incorporarme o moverme por mi cuenta. Tengo la lengua entumecida y los ojos me arden por tanto llorar y suplicarle a ese hombre que me saque de este lugar. Está conmigo de nuevo, en la misma habitación. A pocos pasos de la cama se encuentra su escritorio, rodeado de papeles, carpetas y varios ordenadores. Lleva puestos unos lentes de montura transparente y parece completamente concentrado en su trabajo. Nunca se va. Nunca me deja sola. Trabaja con un ojo puesto en mí y el otro en sus deberes. —Estás despierta —dice sin mirarme—. Levántate y come algo. Al lado de la cama, sobre una pequeña mesa, hay una bandeja cubierta. El olor a comida me

