|Oleg Ferraro| Trago saliva de nuevo aunque la boca me arde de lo seca. No puedo apartar los ojos de ese maldito lugar entre sus pechos, ni soltar su cintura. Mis manos la aferran como garras desesperadas, clavadas en su piel como si de eso dependiera mi cordura. Las manos cálidas de Ksenia me toman el rostro con delicadeza. Me obliga a alzar la mirada, a perderme en sus ojos oscuros donde reina el deseo y el poder. —Responde, cielo mío —murmura, y su voz es un maldito veneno dulce—. Un orgasmo... a cambio de ese anillo tan feo. Acerca sus labios a los míos. No me besa del todo, solo los roza, apenas un suspiro de contacto que lanza una descarga brutal directo a mi entrepierna. Siento la polla tan dura que duele, palpitando contra la tela del pantalón como si quisiera romperla. Joder.

