Federico está de pie en la puerta de su habitación, con un hombro apoyado en el marco, y observa a Clarissa dormir. Está acurrucada de lado, con las rodillas ligeramente dobladas y una mano bajo la mejilla. Su cabello se desparrama sobre la almohada —rosado oscuro contra gris oscuro— y su cara aún está enrojecida por el llanto. Tiene manchas de rímel bajo los ojos. Su ropa está arrugada y la camisa le queda retorcida en la cintura. Ella parece destrozada. Ella luce perfecta. Ella está en su cama. Por fin. Después de tres años de desear, de esperar, de observar desde la barrera mientras el idiota de su hermano daba por sentado lo que Federico quemaría el mundo por poseer. Ella está aquí. En su espacio. Rodeada de su aroma. Respirando el mismo aire. Sus dedos se flexionan contra el ma

