—¿Estás completamente segura de que estás preparada?—. Franco me apretó la mano con fuerza al ver que yo tamborileaba nerviosamente con el pie. —Sí, estoy segura. Tengo un trabajo que hacer—. Él soltó un largo suspiro y se volvió hacia el bullicioso club que teníamos delante. La gente abarrotaba la zona, esperando en largas colas ese viernes por la noche mientras el portero comprobaba sus documentos de identidad y se aseguraba de que nadie de la lista se colara. Gracias a la riqueza de los hermanos, el club podía permitirse el lujo de tener guardias y porteros a los que realmente les importaba. No se limitaban a echar un vistazo al carné, y la razón por la que tardaban tanto en dejar entrar a la gente era porque hacían comprobaciones rápidas para asegurarse de que ninguno fuera falso. Ha

