—¿Qué pasa aquí?—, preguntó Horacio, con la mirada fija en mis mejillas manchadas de lágrimas y en los temblores que sacudían mi cuerpo. —Nada, señor, ¿verdad, Penélope?—. Me rodeó los hombros con un brazo y no pude evitar encogerme. —S-Sí... nada, señor Simons—, no me atreví a mirar a Horacio, sabiendo que me derrumbaría en cuanto lo hiciera. —Vete, Sebastián —le ordenó. Sebastián me dio una palmada en el hombro y me lanzó una mirada fulminante antes de marcharse y darme la espalda, y entonces pude volver a respirar. —Conejita, ¿qué ha pasado?—. Me acarició las mejillas con la mano, secándome las lágrimas, pero la advertencia de Sebastián estaba grabada a fuego en mi mente. —N-Nada—, le aparté las manos y me di la vuelta, volviendo al club, pero él me agarró suavemente por la cintura

