Lluvia de orgasmos

1440 Palabras
Cansado y jadeando, Terry me dio la vuelta para que quedara debajo de él, con las piernas temblando por mi reciente org4smo. Se humedeció los labios y se limpió la boca antes de inclinarse y besarme. Sus labios se movían con cuidado, pero con pasión. —¿Quién te ha hecho esto?—, preguntó de repente, acariciando con delicadeza los moretones de mis muslos. Pero yo mantuve la boca cerrada y miré con vacilación a Horacio, cuyos ojos recorrieron mi piel manchada, ya que parte del maquillaje había empezado a desprenderse. Jod3r. —Me caí—, murmuré sin aliento, pero la mirada que cruzaron él y Horacio demostraba que no me creían ni una palabra. ¿Qué podía decir? ¿Uno de tus empleados me vi0ló? Probablemente me matarían por decir algo así sobre un empleado de confianza. —Conejita—, su mano volvió a deslizarse hacia mi c0ño, frotándolo suavemente, pero provocándome un placer tan abrumador que arqueé la espalda. —Dinos, nena, y recibirás una pequeña y dulce recompensa—. Solo negué con la cabeza, tratando de apartar su mano. —Di canela si quieres que paremos—, me susurró Terry al oído y yo asentí. —¿No quieres otra recompensa, cariño? ¿Por ser nuestra buena chica y contárnoslo?—, susurró Horacio en mi otro oído, retorciéndome el clít0ris y haciéndome gemir. —N-No...—, jadeé, aferrándome al fuerte brazo de Horacio, que no me soltaba, mientras Terry me chupaba con avidez por todo el cuerpo, en cada pequeño lugar que sus suaves labios podían encontrar. —¿No? ¿Acabas de decirnos que no, nena?—. Terry se movió mientras Horacio se arrastraba sobre mí, cogiendo mis piernas y tirando de ellas hacia sus caderas para que pudiera sentir su erecci0n clavándose directamente en mi centro. Terry se deslizó detrás de mí, acariciando mis pechos y besando mi cuello. Me derretí en los brazos de ambos hombres, sin siquiera preocuparme por luchar en esta batalla continua por estar con los dos en ese momento. Pero la forma en que sus manos recorrían mi cuerpo, sus labios posando besos ricos, me hicieron caer. Gemí entre ambos hombres, Horacio jugando con mi c0ño y mordisqueando mis pechos, mientras Terry me sujetaba con fuerza por el cuello para mantenerme en mi sitio mientras me mordía el cuello. —Vamos, nena, sabes que quieres contárnoslo. Sé nuestra buena chica ahora —me susurró con voz ronca al oído, provocándome escalofríos por todo el cuerpo. —N-Nada—, logré decir, moviendo mis caderas al ritmo de sus dedos. Terry deslizó un brazo alrededor de mi cintura para acercarme más, pero yo apenas podía mantenerme en pie. Con un rápido movimiento, me apartó el pelo de la frente sudada antes de inclinarse y susurrar: —Dale un poco de placer también—. Sus ojos se posaron en los de su hermano con una sutil sonrisa, ayudándome a sentarme. Empujé a Horacio y él me dejó, gateando sobre Horacio con las manos y las rodillas, viéndolo extender una mano y luego tomarme en sus brazos, donde me robó mis labios tan hinchados. Esta vez, deslicé mi mano por su pelvis y le desabroché el cinturón con un movimiento rápido. Nuestros labios se separaron y sentí cómo Terry deslizaba sus manos por mi trasero y besaba una de mis nalgas. Miré a Horacio inocentemente, sacando lenta y vacilante su p0lla de sus calzoncillos y tragando saliva ante su ridículo tamaño. Él sonrió. Mi mano se deslizó por su miembr0, rodeando la punta y el poco líquido pr3seminal que se escapaba por la hendidura, que unté alrededor. —¿Todavía goteas, amor?—, murmuró Terry y me lamió para hacerme gemir. Todo mi cuerpo se estremeció, ya tan cerca de otro 0rgasmo. Por la forma en que me atrajo hacia él y me devoró, mis piernas estaban a punto de fallarme de nuevo. Mi lengua lamió su p0lla abultada, sintiendo las grandes venas que la recorrían y el pequeño espasmo que le provocaba cuando lo hacía. Seguí acariciándola mientras lamía hasta la punta y la chupaba. Mis ojos se mantuvieron fijos en los suyos, con un evidente rubor calentándome las mejillas. Me sumergí en ella, tomando todo lo que pude antes de sentir náuseas y acaricié el resto. Horacio se mordió el labio y sonrió, pasando suavemente la mano por mi cabello y acariciándolo. Me recogió el pelo en una coleta y luego guió mi boca arriba y abajo. Mi lengua se deslizó y lamió todo lo que pude, utilizando algunas técnicas que había aprendido a lo largo de mi experiencia s3xual y que siempre parecían funcionar con los hombres. Mi lengua se sumergió en la hendidura de su glande, recogiendo con avidez el líquido pr3seminal que brotaba de él, mientras trataba de contener mis gemidos ante la experta lengua de Terry. De vez en cuando se deslizaba en mi raja y me hacía chillar, hasta el punto de que él me sujetó. Mis dedos se curvaron, mi estómago se contrajo y volví a correrme, y él lo lamió como un animal hambriento. Pensé que eso sería todo, pero él siguió, y cuando me retorcí, me sujetó con más fuerza. Intenté levantar la cabeza de Horacio para protestar por mi sensibilidad, pero él me obligó a bajarla. Terry se rió, dándome una palmada en el cul0: —Pararé cuando me des un nombre—. Pero yo negué con la cabeza, con lágrimas en los ojos por lo mucho que me había atragantado. —Apuesto a que le encanta esto... ¿verdad?—, se burló Horacio con la mano enredada en mi pelo mientras se forzaba a entrar en mi garganta. Asentí con la cabeza, tratando de concentrarme en mi respiración, en sus caricias. Los pulgares de Terry acariciaban mis muslos mientras me comía. —Nuestra pequeña zorra traviesa, ¿te encanta ser nuestra pequeña zorra, nena?—. Mis entrañas se tensaron y gemí: —Todo para nosotros... eres nuestra, nena. Ningún otro hombre volverá a tocar este precioso cuerpo, ¿me oyes?—. Me levantó la cabeza y un hilo de saliva conectaba mis labios hinchados con la punta de su p0lla, cubierta de mi saliva. —S-Sí—, dije obedientemente, mientras seguía acariciando su p0lla tan rápido como podía mientras se acercaba otro orgasm0 y empujaba hacia Terry. —Buena chica. Y así, durante el resto de la noche hasta el amanecer, los hermanos se turnaron conmigo, provocándome un orgasmo tras otro mientras intentaban que dijera quién era. Sus labios tocaron cada parte de mi piel, dejando sus marcas por todo mi cuerpo. Sus marcas cubrían las antiguas, cubrían los moretones, ocultándolos para que no pensara en él, sino en ellos. Terry era un animal, su mano parecía incapaz de levantarse de mi cuerpo. A diferencia de Horacio, que quería tomarse su tiempo y torturarme, Terry no cedía, no paraba. Horacio tampoco, parecía físicamente imposible para ellos. Al final de la noche, yo temblaba, me retorcía, mi cuerpo estaba cubierto por una fina capa de sudor mientras ellos se sentaban allí y me besaban de arriba abajo. Horacio me tomó suavemente la mano, con sus ojos depredadores fijos en los míos, y la besó con delicadeza. —Lo... lo siento—, sollocé sin saber por qué, con la voz quebrada. Ambos me rodearon, Horacio a mi espalda y Terry delante. Terry siguió besándome el cuello. —¿Por qué, conejita?—, la mano áspera de Horacio recorrió la curva de mi cintura unos centímetros más hasta llegar a mis caderas. —Por no haber podido hacer nada...—, murmuré, hundiéndome en el pecho de Terry, que me abrazaba con fuerza, mientras Horacio se acercaba más. —No tienes por qué disculparte por nada, cariño—, Terry me acarició el pelo y sus labios, tan suaves como siempre, se posaron con delicadeza en mi frente sudorosa. Me apartó el pelo que se me había pegado antes de levantarme la cabeza. —Horacio hablaba en serio cuando dijo eso antes—, sus ojos recorrieron mis rasgos. —¿Qué? —Conejita—, Horacio giró mi cabeza hacia él, —te queremos. Mis ojos se movieron entre los dos con un pinchazo de nerviosismo. —¿Los dos?—. Esto era una locura. ¿Estar con los dos? ¿Era eso siquiera posible? Horacio me agarró las caderas con un poco más de fuerza, empujando mi trasero hacia él y arqueando mi espalda. —Los dos—, susurró con una mueca ronca.
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