Nadie puede tocarte

1435 Palabras
Pasé la mañana tomando el sol y envuelta en suaves sábanas. Mantuve los ojos cerrados, relajándome entre las manos que recorrían mi cuerpo y el peso de otra persona presionándome contra mí. Sus manos se deslizaban arriba y abajo, calmando mi cuerpo de tal manera que me derretía. Cada vez que sus manos se alejaban ligeramente de mi piel, mi cuerpo suplicaba que volvieran, arqueándose hacia ellas, y yo podía oír su risa cada vez que lo hacía. Se aventuraron hasta mi cintura, hasta la curva de mis pechos, que acarició suavemente hasta llegar a mi cuello y mi cara. Los besos salpicaron lentamente todo mi rostro, moviéndose de un lugar a otro y posándose en mis labios varias veces. —Abre los ojos, mi amor—, susurró Terry suavemente, depositando un delicado beso en mi mandíbula. Sus dedos recorrieron mi cuerpo y atrajeron mis piernas hacia sus caderas. Gemí, estirando los brazos y rodeándole el cuello con ellos. —Ahí estás—. Sentí sus labios curvarse contra mi cuello mientras esbozaba su habitual sonrisa. Era extraño. Me sentía cómoda tocándolo, dejando que él me tocara. Dejando que me tocaran. Pensé que estaría asustada; entre lo que me había pasado y las palabras conscientes de Franco, pensé que sería más cautelosa. Pero era como si me atrajeran; mi cuerpo los deseaba. Abrí los ojos y vi la cabeza llena de cabello oscuro en mi cuello con suaves besos a lo largo de mi clavícula. Levanté las piernas para rodear sus caderas sin apretar, mordiéndome el labio y empujando sus caderas hacia mí. Me di cuenta de que ahora solo llevaba unos calzoncillos, y examiné su musculoso cuerpo y los tatuajes que lo cubrían. Parecían cubrir cada centímetro de sus brazos y algunos de su pecho. Por algunas marcas, parecía que había algunos en proceso. —¿No te bastó con lo de anoche, cariño?—. Empujó sus caderas contra mí y se me escapó un pequeño gemido mientras él se reía. —¿O es que mi gatita está tan necesitada, eh?—, susurró, clavando sus caderas contra las mías. —Necesitas que te llenen, que te den placer todo el tiempo, ¿verdad?—. Su mano se deslizó entre nosotros y llegó a mis pliegues, que ya estaban húmedos. —Estoy deseando f0llarme tu precioso c0ñito, ¿cuándo puedo, nena?—. Rayos, lo deseaba con todas mis fuerzas, más que nada en el mundo, pero probablemente no podría hasta dentro de una o dos semanas. Nunca he tenido tanto deseo s3xual como con estos hombres. Me está volviendo loca. —Pronto...—, gemí suavemente, abrazándome fuertemente a él y frotando mis caderas. —Te llenaré tan bien, nena, que siempre estarás llena de nuestro s3men. ¿Quieres eso, nena?—. Asentí con entusiasmo y lo acerqué más a mí. —Lo quieres, ¿verdad?—. Su otra mano me levantó la barbilla para obligarme a mirarlo. —Sí, por favor—, mi cara se iluminó con un dulce color rosa, mirándole a los ojos mientras le suplicaba por sus deseos lascivos. Sentí una mayor confianza, metí la mano en su ropa interior y le saqué la p0lla. Al rodearla con mi mano, pude sentir su grosor, su dureza y su longitud. Mi mano la agarró con firmeza y comenzó a acariciarla. Él gimió con una risita, sus dedos se movieron por mis pliegues hinchados y dos dedos presionaron suavemente mi entrada. Estaba nerviosa, temía que me doliera cuando se hundiera lentamente, pero no pasó nada. No sentí ningún dolor. Lentamente se adentró un poco más, prestando atención a mi cara antes de encontrar un ritmo constante. Mi respiración se aceleró y no pude evitar empujar suavemente contra su mano. Seguí acariciando solo su longitud, mirando hacia abajo entre nosotros y viendo cómo su mano se movía rítmicamente junto con la mía antes de acelerar el ritmo. Arqueé la espalda, dejando escapar pequeños chillidos y gemidos mientras abría más las piernas para él. —P-Por favor—, gemí. —¿Por favor qué? Me mordí el labio, apretando la base de su p3ne y oyéndole soltar un gemido gutural. Un brazo me rodeaba firmemente la cintura, sus dedos se clavaban en mí tan rápido que ni siquiera podía mantenerme quieta, y luchaba por seguir acariciándolo. Arqueé la espalda lo mejor que pude, gimiendo y chillando, gimiendo sin parar mientras él acariciaba mis paredes internas con un toque placentero. —Por favor —, supliqué, ¿y para qué? —Vamos, nena—, me besó el pecho, —dámelo—, su lengua lamió el bulto y tomó brevemente mi p3zón endurecido entre sus dulces labios. —Muéstrame lo bien que vas a correrte con mi p0lla. Mis caderas se empujaron contra su mano y sentí que empezaba a deslizar un tercer dedo, pero rápidamente lo detuve. No quería tentar a la suerte de no sentir dolor por una vez. Acaricié su p0lla más rápido y le oí gemir de nuevo, decidiendo acelerar el ritmo como forma de vengarse de mí. Mi estómago se contraía, mi orgasmo se acercaba rápidamente y parecía que él también, por la forma en que se ponía más descuidado. Me estaba acercando cada vez más, tratando de concentrarme únicamente en hacerle llegar al clímax, cuando finalmente me desbordé y me corrí sobre sus dedos, con las piernas temblando y las caderas sacudiéndose. Apreté mi mano alrededor de su miembr0, prestando mucha atención a la punta cuando chorros de su s3men golpearon repentinamente mi estómago y casi llegaron a mi pecho. Algunas gotas aterrizaron en el bulto de mi pecho. —J0der—, gimió mientras yo continuaba, queriendo sacarle hasta la última gota hasta que finalmente me rendí y me desplomé en sus brazos. Se sostuvo con un brazo, atrapándome, pero incluso su respiración era ligeramente inestable. Su otro brazo acarició mis piernas abiertas, sintiéndolas temblar bajo su fuerte mano. —Estás bien, cariño—, me besó suavemente en los labios antes de empezar a levantarse y mi cuerpo pareció enfadarse. Su cuerpo parecía bien tallado, con el pecho y los abdominales cincelados a la perfección, esculpidos para ser definidos. Me sonrojé ante tan magnífica vista; sus calzoncillos apenas le cubrían las caderas y aún podía ver la huella de su p3ne. La pronunciada línea en V curvándose hacia abajo y un feliz rastro entre medias, yendo hacia un lugar tan prohibido. Incluso donde sus caderas se mantenían firmes, podía ver tatuajes asomando por la cintura de sus calzoncillos. Sus brazos parecían capaces de aplastarme con un simple movimiento, con los bíceps abultados por la fina capa de sudor de nuestra reciente actividad. —Ven aquí—, sus manos se deslizaron alrededor de mi cintura, agarrándola y atrayéndome hacia él. —Vamos a ducharnos—, un brazo se deslizó bajo mis rodillas y me levantó y me llevó al cuarto de baño, que parecía casi tan grande como el dormitorio. —¿Dónde está Horacio?—, pregunté cansada, sintiendo el fuerte pero suave agarre de sus manos alrededor de mí. —Ha salido un momento, volverá, no te preocupes—, me dio un suave beso en la frente antes de llevarme a la ducha, que sin duda era lo suficientemente grande como para que cupieran al menos cuatro personas. Giró los grifos y el agua comenzó a salir, excepto que el cabezal de la ducha no estaba en la pared, sino en el techo. Llovía sobre nosotros, sobre mí, ya que él todavía se estaba quitando los calzoncillos antes de unirse rápidamente a mí. Su s3men, que antes cubría todo mi cuerpo, se lavó rápidamente y, cuando lo hizo, me agarró y me llevó hacia él. Sus labios se fundieron con los míos con suave guía, sus manos tomaron mi cintura para atraerme como si su cuerpo me deseara tanto como yo a él. Nuestros cuerpos se moldearon juntos, curvándose perfectamente el uno en el otro. Con sus suaves travesuras, sus labios estaban frenéticos, besándome como si me necesitara. —Eres mía—, susurró entre besos. —¿Me oyes?—. Me agarró la mandíbula con firmeza, obligándome a mirarle fijamente a los ojos, con sus ardientes iris mezclados de amarillo y marrón. —S-Sí. —Lo digo en serio, Penélope. Los dos lo estamos. A partir de ahora, ningún otro hombre te tocará—, me apartó el pelo empapado detrás de la oreja con la mano, —ni te mirará, ni pensará en ti. Si lo hace, es hombre muerto.
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