Tétricos hogares de tintes fantásticos se levantan en Glasgow. La sombra alargada del monumento en la plaza, se extiende hasta fundirse con los fenómenos desiguales de las cornisas, proyectados en la negrura máxima de un ocaso bermejo. A campo abierto, pues, espaciosa es la plaza George, sentado en uno de los bancos, espera Clark jugueteando con su cigarrillo.
Había recibido una carta de Kawak, avisando su regreso a Londres y acordando el punto de encuentro. Mencionó llevar una carga especial consigo. Clark quiso que su hijo especificara el tipo de carga, no puede comprometer la organización con vanos sentimientos que perjudiquen sus labores. Aunque en Estados Unidos son flexibles de acuerdo a las normativas que rige Reino Unido. Dio vueltas al asunto, transfigurándolo en una pregunta sencilla: ¿por qué Escocia?
Anduvo con la limosna en la mano, se la dio a un ejemplar guitarrista ambulante. Unas muchachas correteaban; un periodista capta la belleza impresionista de la plaza a la luz del atardecer evanescente. Miró al cenit celestial, atisbó una bandada de pájaros formando una «v» y graznando. Los ecos desaparecían en los rincones de los edificios alrededor.
Pidió un taxi en una esquina, dirigiéndose a un hotel cercano. Ubicándose en su habitación, el teléfono suena como si alguien detrás de la línea hubiera esperado su llegada. Atiende con aire de novela negra, cubriendo su nariz y boca, previniendo un probable polvillo que pudiera paralizarlo.
—Estoy en Ayr —informó la voz inconfundible de Kawak.
Clark suspiró por dentro, fue directo al asunto.
—¿Cuál es esa tal «carga»? —preguntó, seco y sombrío.
—Una adolescente, es hija de una agente francesa —apresuró a contestar con ducha oratoria.
—¿Por qué me necesitas?
Hubo unos segundos de silencio antes de la respuesta.
—Debemos ir a Bridgepark, ella deberá reunirse con su padre. De algún modo u otro, estamos atados a la gente del pueblo.
—¿Planeas ayudarme a proteger a tu hermana? ¿Qué pasó con la tribu? —Pasa el teléfono a la otra mano, busca un cigarrillo en la pechera de su abrigo.
—Deberíamos hablarlo…
—No, Kawak. —El silencio de su hijo permitió acomodar el cigarro en los labios, sosteniéndolo, aprovechó de tomar el encendedor y prenderlo. Dio una calada honda, lo suficiente para atiborrar sus pulmones de humo—. Existe la mínima probabilidad de hallar al rey blanco en Bridgepark.
Se alargó el silencio.
—Tú intervención puede arriesgar la operación de captura —continuó tras la prolongación del mutis—. Puedo permitir el ingreso, pero la jovencita deberá acercarse sola y tú volver a Estados Unidos.
—Recibí un comunicado de la Unión soviética, padre —la voz de Kawak sonó desafiante. Clark reprimió una risa reveladora de soberbia.
Sacudió el cigarro en el cenicero.
—Los bufones comunistas, mándales mi saludo…
—Conozco la existencia del manuscrito —atacó de una buena vez. Clark ni se inmuta—; ven a Ayr y aclaremos el asunto.
—Hijo, no soy escritor, soy un asesino y un espía.
—Padre, leí cierto párrafo que me causó indignación…
—La verdad no es otra que el mismo engaño que ellos están tejiendo, desconocemos quién es quién en esta empresa de eliminar a nuestros enemigos —interrumpió Clark con severidad, dio una c*****a acelerada al pitillo—. No debes creer en mentiras sin bases.
—Esta conversación está siendo grabada —advirtió Kawak.
—Y tú estás siendo apuntado, querido —culminó Clark, colgando.
El hombre retiró el anillo del caballo n***o, tomó el peón de su maleta y extrajo el anillo del rey blanco, colocándoselo en el dedo del medio.
—Hay sacrificios que debemos hacer para ganar la partida —dijo en alemán.
En la mesita de noche, abrió el cajón. Recargó su revólver y lo guardó en la pechera. Culminó de fumar el cigarrillo. Salió de la habitación.
Kawak, absorto, quedó mirando el teléfono durante un lapso de minutos. Su instinto alerto que algo anda mal. Ana está segura en la habitación de un señor de cuarenta años, cuya alcoba rentó a los extranjeros. Miró a los alrededores, no se atrevía a salir de la cabina. El sol aún está bajando, la calle está silenciosa y hay poca gente transitando. Un auto pasó a un lado de la calle, espantando unas palomas. Los faroles se encendieron al compás de una tocada de corneta. Estudió una vez más el entorno. 162 High St, punto de referencia, la torre Wallace. Examinó, cauteloso, el final de la torre, donde ondea una bandera, palpó el revólver en el bolsillo, esperó, rogando que pasara un coche con los faros delanteros encendidos. Unió su espalda sin despegar su mirada impávida de la cúspide, está seguro de la presencia de un francotirador.
En su mente no paraba de cavilar sobre la actitud de su padre, siempre lo había tomado como un modelo ejemplar, ético y moral, un retrato de toda su enseñanza durante la infancia. No podía imaginar si quiera que él fuera él rey blanco y aunque es probable que lo fuese, no podía dejar de ser su padre.
¿Qué razones impulsan al hombre a corromperse? Asesinar por placer está descartado, Clark no es ese tipo de personas. Tampoco ansía el poder político, no conviene que resurja el Eje y son vapores ficticios una supuesta resurrección del tercer Reich. Hitler feneció y sus esbirros fueron juzgados y pocos pudieron huir a Latinoamérica. ¿Por qué Clark decidió ser un agente doble? ¿Participó en la planificación de los almacenes de pólvora? ¿Planea matar a Estíbaliz? Una pregunta catastrófica dilucidó su realidad: ¿Podrá ser Estíbaliz la heredera de esta ridícula guerra entre bandos? Kawak sintió un pinchazo en su alma, una lágrima aterrizó en el suelo yerto; puntos en la piel delataron el frío de la traición, siendo esta de gallina como dicen. Reseca su boca, trémulo el pulso, cerró los ojos, respirando lento, movió su cuerpo a un lado. El teléfono suena y asustado, mira la bocina. No se atreve a contestar, pero su ingenio ideó un señuelo. Sacó su pañuelo y lo dejo caer cerca de la bocina.
La bala destruyó el teléfono y el vidrio agujereado expelió pequeños fragmentos inofensivos. Por el sonido, supo que es una Máuser Kar 98, fusil alemán de cerrojo. Pateó la puerta, apuntó calculando la trayectoria, martilló con presteza y disparó. Las personas gritaron y comenzaron a correr despavoridas. Un oficial de policía en una esquina desenfundó su arma, pero el francotirador lo eliminó con un tiro a la garganta. Kawak corrió hacia el callejón, vio un contenedor de basura. Saltó como gato y se impulsó para sostenerse del borde la pared. Metió el pie en un nicho, aupándose, escala el edificio. Su inhumana agilidad jugó a favor. Giró el tambor y martilló, estando en el techo, se cubrió a tiempo en una torre de chimenea, silbando la bala y reventando un costado, produciendo una nubecilla que se desvanece tal como apareció. Aguantó la respiración, puso el pie al descubierto y lo retiró como una mosca esquiva un golpe. Llegó el disparo, se descubrió y disparó hacia la torre. Tomó en cuenta el despiste del tirador inexperto, saltó hacia otro edificio, procurando no descolocar una teja. Se lanzó al momento que percibió la impaciencia del francotirador. La bala casi perfora el lóbulo, el agujero aún humeante, lo vio de reojo. El francotirador no volvería a fallar su siguiente tiro.
Descendió a la calle y se fundió con la noche en los callejones. En pos de atajos hacia la casa, encontró uno al doblar a la esquina. Ralentizó el paso y aparentó calma, vio tres coches de policías yendo al sitio del tiroteo. Apresuró un poco la caminata, su cabeza le duele. Apartando la migraña, todavía se pregunta cómo su padre está envuelto en un mundo lúgubre como este. Kawak quería escapar, rehacer su vida. Entendió a la dama, Aimé tiene razón, lo mejor para la niña es alejarse de la vida de un espía.
Derrumbándose el respeto por su padre, intentó dirigir sus esfuerzos de serenarse a otros pensamientos, pero todos paran en el mismo abismo. Kawak recordó desconocer el nacimiento de su progenitor. Clark nunca contestó la pregunta. Antes era un detalle de nimia relevancia. Mediante el decurso anual y como pinta la ocasión, supuso que Clark sería Inglés y Alemán. La hipótesis es inválida cuando quiso dotarla de sentido, no llegó a cosechar una teoría y aquella semilla que suponía ser la respuesta, quedó eternamente enterrada en tierra infértil. Rumió y no pudo conseguir lógica en lo que pasa. En primer lugar, él no pidió unirse a la organización, sin embargo, fue su decisión, sería tonto reprocharse por un acto producto del ímpetu juvenil. En segundo lugar, ¿por qué no puede hacer su vida como cualquier otro ciudadano? ¿Por qué sigue luchando una batalla que no es suya? Entendió, unas cuantas manzanas más, que está en el tablero, es una pieza movida por una fuerza ignota.
«Somos peones en el tablero de Dios. ¿Vemos acaso al diablo reír cuando mueve el padre que es madre a la vez?», piensa Kawak.
La torre puede moverse en línea recta. ¿Por qué no puede moverse cómo le plazca? Está diseñada para ello, está creada para el único propósito de moverse así y a****r así.
«Nacemos siendo quienes somos sin saber quienes somos, cuando crecemos, pensamos hallar en nuestro reflejo la respuesta, ciegos por no ver las cuerdas que nos manipulan».
Ellos son piezas, deben proteger al rey, pero ¿quién es el rey? Un gordo dantesco que se mofa de su oponente de seguro, aunque el evento actual lo refuta: el rey es un demonio poderoso en el averno. Su padre pudo con facilidad ordenar su ejecución, con tal sangre fría que repugnó a Kawak. El nativo se detuvo en un árbol y vomitó. Estas acciones no lo debilitan, solo le recuerdan que aún es humano y no ha perdido la oportunidad de redimirse.
¿Cómo Clark entró en la orden? Se fue a África. Kawak no volvió a saber de él. ¿Qué tanto tiene que pasar un hombre para que deje de ser un padre abnegado? ¿Sería culpable él por ser un bastardo? ¿Por qué aquella doble moral enmascarada de cuidar a Estíbaliz, su vástago legítimo, y no asesinarla de una vez?
Tomó la aldaba y llamó. La casa es de dos plantas, hace recordar al estilo arquitectónico de la época medieval. El señor sonriente atiende abriendo la puerta. Tiene un monóculo puesto; tez blanca, barba pelirroja, pantalón, camisa de cuadros con dos tiras del pantalón pasando por sus hombros. El cabello es greñudo pero trata de mantenerlo; ojizarco hasta la muerte.
—Llega temprano hoy, señor Kawak —dijo con su voz servicial, haciéndose a un lado, permitiendo el paso de Kawak que retira su abrigo y lo guinda en el perchero—. Escuché a la policía. —Cierra la puerta—, ¿ocurrió algo de lo que sabré mañana?
—Un intercambio de disparos en la torre Wallace —contestó, adusto y reflexivo. Arrastró un taburete, se sienta poniendo los pies encima de una mesita que se usan en la sala para la hora de té con visitas.
—¡Malditos comunistas! —espetó el señor.
«Ojalá solo fuesen los comunistas», pensó Kawak.
—Ana, ¿dónde?
—Está durmiendo. ¿Quiere hablar con ella?
—No.
—¿Desea una taza de té n***o? Corre por mi cuenta, está usted muy pálido.
—Gracias, de ser posible, me gustaría una taza de café.
—¿n***o puro para ahuyentar la somnolencia?
—Más bien para estar alerta.
El señor se dirigió a la cocina, poniendo a hervir el agua en la tetera vieja. Kawak aún seguía encajando piezas, probando una tras otra. Se entrega a un suspiro, relajando los músculos, una breve gota de sudor resbala en su sien latente. Mira hacia la ventana, espera una granada o una lluvia de balas atravesando la pared. Hizo un largo suspiro más. Una duda inquietante lo abrumó: ¿cómo supo Clark que estaba en Ayr?
Había completado las misiones restantes en Estados Unidos. Aimé zarpó en un buque de suministros hacia Francia, de ello se enteró en una misiva en Arizona. Nayeli advirtió un mal augurio, una sensación que solo las madres heredan de generación en generación para salvaguardar a sus crías. Kawak, fiel a su promesa de reunir a Ana con Babus, no escuchó a Nayeli.
Envío una carta a Clark explicando el motivo de su regreso a Inglaterra, no fue muy claro al respecto, no quiso explayarse en explicaciones. ¿Por qué? Como si fuera una espina, su instinto retuvo escribir más de la cuenta. En el inconsciente, la advertencia de su madre insistía en cancelar el viaje, pero su ingenio como queda demostrado, es superior a la media. Cita a su padre en Escocia, escoge Glasgow como punto de reunión. Avanzaron los preparativos del viaje, hasta recibir un extenso comunicado de la Unión Soviética, firmada por Teodoro Windsor, m*****o no oficial de la orden del tablero n***o. Leyó cada párrafo con el ceño fruncido. La guerra interna no era con fines de eliminar a los partidarios del nazismo, es por la necesidad urgente de radicalizar el totalitarismo político entre naciones Aliadas, degenerando los principios de la orden. Baburin dedica un argumento a su teoría, que parece conspirativa, pero no resultó ser así. Al inicio los ideales marchaban en contra de los nazis, pero en 1945 cuando finaliza la guerra, la orden debió ser disuelta. Unos miembros se opusieron, no eran nadie en la vida y sus identidades habían sido borradas de los archivos del gobierno. Eran c*******s vivos por el bien de una nación. Así nace la orden del tablero blanco renegado. Varios espías del mundo desertaron de la facción negra a la facción renegada.
Kawak, confundido, lee detenidamente que su padre, Clark, es el m*****o líder de la facción en Inglaterra, dominando Gran Bretaña paso a paso y aliándose con la resistencia Nazi, siendo uno de los agentes dobles más peligrosos de la facción, arriesgando la seguridad nacional y tal vez, mundial. Ahora el objetivo es evitar una tercera guerra mundial y disolver las células de la facción renegada.
El incendio de Bridgepark fue causado por Clark, una estratagema de despiste que funcionó a la perfección. Durante la vorágine de fuego consumista, tuvo la oportunidad de ingresar Alemanes en el pueblo. Dominó los túneles, manipuló a los miembros e impera en Bridgepark.
Leyendo párrafos subsecuentes, aclara Baburin, que los asesinados alemanes son sublevados al movimiento renegado. Cuando Kawak fue encargado de diezmar a los grupos que se escondían en Bridgepark, estaba eliminando detractores que planeaban derrocar la tiranía de Clark y peor aún, el rey n***o que es su jefe, está siendo controlado en secreto por falsos positivos que ejecuta Clark. En América, enviaron una comitiva de agentes franceses e ingleses donde estaban Aimé y el rey n***o, el motivo era reducir el número de agentes con una alarma embustera en Estados Unidos. Mientras estaban asesinando enemigos de Clark, limpiándole el camino el cual, ni tonto que fuera, aprovechó para diseminar a los agentes restantes, reemplazando las identidades de estos con miembros a favor de su ideal político. Galés cayó, Escocia resiste e Inglaterra está en grave peligro de ser tomada por Clark.
Kawak no pudo creerlo en un principio, el aviso de su madre resonaba en el fondo. Y actualmente, laso sus extremidades, oyendo el pitido de la tetera y observando el vapor expulsado dibujando una línea diagonal hacia el techo, supo que está dentro del juego de su padre, un rey que conoce su ingenio, pues, es el heredero de tal eminencia estratégica, adelantándose a cada jugada predicha. No podía contra una monstruosa lógica, Clark es un anciano, carece de tantas cualidades físicas, pero es más temido un hombre que usa su intelecto para derribar una muralla, que un amaestrado comandante que necesita embestir las puertas de una ciudadela. Su padre preferiría envenenar el agua de un reino evitando un enfrentamiento directo, eso dota de sentido el uso exclusivo de francotiradores. Sigiloso, apostado en cualquier lugar con la paciencia del cazador. Intriga la providencia de estos inexpertos tiradores, un buen francotirador lo hubiera derribado. Aunque, tal vez no fuera así.
Kawak analiza los disparos, es como si hubiera tratado de ahuyentarlo. Las balas impactaban cerca, pero no lo suficiente para herirlo. Reforzó su teoría, mover el cerrojo es una acción que cualquier avezado francotirador puede realizar en breves segundos. Calculó, meditando las probabilidades y confirmó las intenciones: no buscaba asesinarlo. Se acercó al teléfono, sintió una punzada al levantarse de conocer el paradero del rey n***o, conoce el número de la residencia. Incumpliría con la normativa de la organización. Chascó denotando fastidio a esta patética moral. Marcó el número, pero nadie contestó.
Procedió a redactar una carta, pero antes de subir, el anciano lo retuvo con las tazas de café.
—¡Oh! Justo va a subir usted —objetó.
—Podemos sentarnos un rato a conversar, si gusta —dijo Kawak para despistar sospechas de su actitud precipitada.
—Siéntese —indicó.
Kawak se sentó y el señor también.
—Es difícil viajar con una niña, ¿no? —pregunta mientras reparte la taza de café.
—Está acostumbrada —responde, cortés, tomando la taza de café—. Su madre participó en la guerra y su padre es un sacerdote en Bridgepark.
—¿Bridgepark? He estado allí una vez en mi vida, es un pueblo sin futuro —comentó, sentándose y sorbiendo café—. Escuché que construyeron un orfanato.
—Así es.
—Y hubo un incendio.
—Es correcto.
—¿Usted cree que pudo ser una conspiración?
Kawak casi se atraganta, pero supo controlar la sorpresa ante la inferencia.
—Fue un accidente —dijo y el café ardió en su garganta por el calor de la mentira.
—¿Usted cree? Yo no lo creo, tal vez nos invadieron y el gobierno calló para no alertarnos.
—¿Pasaron tiempos difíciles?
—Durante los bombardeos residía mi esposa, visitaba a su padres cerca de Londres. —Agregó azúcar al café.
—Lo lamento.
—No lo lamentes son… —Calló y miró con pesadez a Kawak—. Causas, sí, hechos causales que no podemos evitar, ¿ha leído usted Jung?
—No, pero he escuchado sobre la sincronía.
—El término es: sincronicidad; disculpe la corrección.
—Da igual, solo lo escuché una vez y no volví a saber el tema, confieso que desconozco todo lo referente a la psicología, pero puede usted ilustrarme e iluminar mi ignorancia, es información que no está demás adquirir —dijo Kawak animando al señor a conversar. Un viudo que lleva años solo tiene derecho a ser oído, por lo menos.
—Existen los hechos casuales y acausales. Aquellos que pueden ser probados son los casuales, mediante la estadística y probabilidad, pero los hechos acausales, son enlaces de sucesos temporales, pueden ser dos o más, simultáneos, por ende, se le dice sincronicidad.
—Sea un poco más específico.
—La sincronicidad es una relación del tiempo y espacio, condicionado psíquicamente. Entienda usted que la psique es lo que percibimos. —Apuró su café de un trago y lo dejó en la bandeja.
—Digamos que tengo una hermana en Bridgepark. Siempre quise volver a Inglaterra para verla, pero las circunstancias me lo impedían, debía atender asuntos de suma relevancia en Arizona, ¿de acuerdo? —Asiente el señor—. Un día se presenta la ocasión de viajar a Bridgepark sin yo pedirlo, la madre de Ana, la niña que usted conoce y duerme arriba, me pidió como bien sabe, ir a Bridgepark para que Ana se reúna con su padre. Según los datos que proporciono, si estoy entiendo su explicación; es una brecha estadística inmensa que una mujer con su hija en Francia, viajen a América, precisamente a Arizona y me contacten. Es un hecho casual, hay probabilidades por factores nimios, sin embargo, que la niña guarde relación con un pueblo insignificante de Gran Bretaña y de millares de sacerdotes existentes, sea hija especialmente del sacerdote de Bridgepark y yo, que tengo el ferviente deseo de ver a mi hermana, estoy destinado a reunir a Ana con su padre. Este sería el hecho acausal, ¿correcto?
—Es usted un nativo con una inteligencia indudable. Sí, es así, involucra efectos sentimentales. Por la anécdota, dedujo que es un caso acausal, no equivocándose, el mero hecho de coincidir la situación objetiva con una impresión, presentimiento, deseo, presagio, lo convierte en acausal.
—Serían pues, todos los sucesos que no pudiéramos esperar…
—Los esperamos en el inconsciente —interrumpe, emocionado—. Imagínese predecir a alguien que irá a morir mañana y su cerebro se condiciona. Sin quererlo, al día siguiente, se cae de las escaleras y queda agonizando por un daño crítico cerebral. Este desafortunado ser, atribuirá en sus últimos segundos de vida, la predicción de quién dijo que moriría, cuando realmente, los accidentes en escaleras son comunes. Aquí se mezclan dos casos, casual y acausal, dependerá del punto de vista, pero la psique del muerto, antes de exhalar y morir, lo concederá como una acausalidad. Una relación del tiempo y espacio alterada por la psique. A lo mejor los médicos no lo verán de ese modo y terminarán por sumarlo en un estudio sobre «probabilidades de morir por escaleras en casa».
—El ser humano es insostenible sin explicaciones que den sentido a su entorno —rumió en voz alta.
—¿Va a seguir tomando el café?
La taza reposa, plácida en la bandeja, apenas dio un sorbo.
—Puedo recalentarlo, si gusta —insistió.
—Claro, por favor —accedió Kawak.
Duraron en vela hablando sobre Jung, conjeturando y discutiendo argumentos. El señor mostró una chispa de audacia ante su emisor y comenzó a narrarle su vida. Como no tiene nada que ver con la trama principal, sería absurdo contarte la vida mortal de este hombre. Unas mudanzas, unos cuantos negocios fallidos, la muerte de su esposa e hija y su asentamiento en Escocia que es su tierra natal, pero por motivos de estudio, decidió ir a Londres. En el sentido de la cotidianidad, Kawak pudo sentirse como uno más del montón, un inglés, un americano, un ciudadano. Olvidó la estúpida guerra de facciones de espionaje, por una vez respiró, por una vez volvió a ser el muchacho antes de alistarse al ejército y formar parte del seno del diablo, de la agonía del hombre por el poder y dispensar su irracional comportamiento insidioso sobre el resto de humanos. En la pantalla de normalidad, en el fondo, su alma clama a gritos escapar de Escocia y no arriesgar la vida del amable señor. A veces daba una ojeada a la ventana, esperaba una bala, una temible bala que pusiera fin a esta pantomima.
No se imaginaba estar atrapado en la hélice del macabro hado. Después de beber el café recalentado, pasó la noche en un tedioso duermevela. Oía el ulular de los búhos; la luna pérfida clarea en el interior de la alcoba, trazando un cuadrado seccionado por las vigas en cruz. Cada vez que extiende los párpados, creía tener el cañón de un arma en su frente, inerte, fría, destellando el tubo argentado. Una inquietud inusitada lo invade. Se había asegurado de inspeccionar a Ana, lleva todo el día durmiendo o eso aparenta, más bien, parece que no quiere salir de la habitación ni hablar por asomo sobre el tema de su padre en Inglaterra, aún extraña a Aimé y esta es la inquietud. ¿Dónde está Aimé? ¿Volverá Aimé con vida o abandonó a la niña para siempre? Recordemos, querido lector, que ella reservó explicaciones más de las necesarias y Kawak, prudente, no quiso averiguar las intenciones de Aimé. ¿Sabía ella qué la organización está corrupta? Tal vez fuera así y no quiso involucrar a Kawak. «Tarde o temprano, todos estamos envueltos en el embrollo, arrastrados por la corriente de los hechos acausales», reflexionó. Intentó conciliar el sueño, pero despertaba de nuevo. Harto de la intermitencia, estiró los músculos, caminó a la ventana, la abre y se apoya en la jamba con los brazos cruzados. Su cabello lacio recogido en una cola desciende hasta la mitad del viaje de su columna sobresaliente. Los pechos reflejan el velo lunar en un tenue refractar producto de la grasa corporal.
—Padre —susurró.
Debe ir a Bridgepark y salvar a Estíbaliz.