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4434 Palabras
Drew recibe la visita de Alba. Ha pasado una semana desde que hablaron con Babus. La mujer Marche llega con su vestido de flores tejidas por las manos cándidas del orfanato. Su sombrero de paja de alas anchas, la hace lucir como una granjera. Drew esta sentado jugando con unos soldados de plomos en la mesa donde debería estar el tablero de ajedrez. Toca la puerta abierta que descansa en la pared. Drew alza la mirada abstraída de una campaña imaginaria para derrotar a sus enemigos fortificados en una montañas improvisadas de papel. —¡Alba! —espetó, alegre. Su rostro se ilumina por la felicidad de ver a su madre adoptiva. —¡Querido! —exclamó respondiendo a la felicidad del niño. Acudió a abrazarlo. Dejó a vista fuera de Drew, un bombón empapelado detrás del cuello de la camisa de rayas. El niño sintió el leve cosquilleo, agitándose entre risas, Alba lo suelta y él palpa su espalda. El bombón descendió hasta la mitad de la columna. Con la otra mano lo ataja. —¡Chocolate! Eres atenta a mis gustos... —Tiene nueces, tus preferidas —respondió Alba moviendo la silla que también usaba Estíbaliz cuando visita a Drew. Se sienta y acomoda retira el sombrero. Tiene cabello rubio recogido en un puño—. Estaba revisando el arcón familiar de Marche. Te cuento que encontré un manuscrito muy especial. Lo estuve leyendo durante un rato, parece que es de ese tipo de narraciones que te agrada escuchar. Drew está fascinado degustando el bombón que no prestó atención a las palabras de Alba. —Puedo traerte otro la siguiente semana. —¿No podemos salir hoy? —preguntó con la boca llena de chocolate. —Eres un desastre pero así te quiero —aclaró limpiando maternalmente el chocolate de la boca de Drew. Su voz es suave, muy delicada para el tímpano—. No obtuve la autorización. —¿Por qué? —gimió, triste. —No tengo idea, pero dicen que las cosas en Bridgepark se están tornando turbias —respondió culminando de limpiar a su hijo de espíritu. —¿Qué clases de cosas? —De nuevo hay una oleada de asesinatos desmedidos —dijo con un deje de decepción. Drew se fijó en los ojos maternos, observó que Alba no ha dormido bien estos días. —Estás preocupada —confesó su pesquisa a los cristales de su futura mamá. —Sí, es normal estarlo cuando oyes que anda un asesino suelto —afirmó. —No solo es eso, también te preocupa Marche como a mí me preocupa Teodoro. Dijo que estaría cerca... —¿También recibiste una carta así? —preguntó anonadada. —Sí, está en el armario, puedes leerla. —Señaló con el mentón las dos puertas correderas del armario. Alba tomó los pomos y abrió. El aroma a ropa vieja la zarandeó un poco. Tosió por el polvo en el interior. Gracias a la luz de la mañana atravesando la ventana única, pudo encontrar la carta en perfecto estado dentro del sobre prometido. La agarró y procedió a leer el contenido mientras se acerca a la silla. Sus párpados se extendieron, un terror inusitado infectó sus células de la temible prospección de mal fario. —Las letras son las mismas, un calco y el contenido también, pero las firmas simulan las de Teodoro y Marche, pero... —Teodoro no tiene firma —aclaró con el ceño fruncido, ladeando la cabeza—. Tal vez la inventó en el viaje, es la única posibilidad... —Marche no escribe así, pero no puedo negar su firma —interrumpe—. Debemos quemar estás cartas. —¿Por qué? Teodoro pudo... —Drew, estás cartas no son de ellos, lo llevaré a la policía local, puede ser obra del asesino —especificó, alarmada. —No sé, puede que hermano aprendió a escribir así —protestó, menos convencido. —Drew, querido —acaricia la mejilla pueril del niño desilusionado—, lo hago para protegernos. Dicen que el asesino busca eliminar a los sobrevivientes... Unos pasos apresurados en el pasillo, discontinuó la conversación. Babus entró azorado a la alcoba con una misiva en su mano derecha, alzándola como una bandera. Se paró, reduciendo su entusiasmo comedido, recordando su papel como sacerdote viendo a Alba. —Buenos días señorita Alba —dijo el sacerdote con tono profesional, como si cualquiera creyera que es serio en su oficio. —Buenos días, padre Babus —saludó Alba, pero atajó el asunto—. Veo que usted también recibió una carta. —¡Sí! —Sus ojos se anegaron en lágrimas de emoción—. ¡Es de mi hija! —¡¿Qué?! —exclamó saltando de la sorpresa, Drew. —¡Sí, es mi hija, Ana! ¡Anita está viva! —Se arrodilla entregado a su esperanza. —Padre, permítame leerla —pidió Alba, sospechando de la treta del homicida. —¡Tenga, deléitese con su increíble letra! —Se incorporó y la entregó a las manos gentiles de Alba. Alba procedió a leer. La letra era totalmente diferente, le supo mal al comprobarlo y ceder la razón de tal alegría a Babus. Por lo menos, la misiva es real y no falsa como las dos falsas que se encuentran arrugadas en la mesa. —¡Es ella! —dijo Babus tomando la carta pero de pronto, la emoción se esfumó al mirar por la vente hacia lo alto de la torre: un hombre cayó desplomado—. ¡Jesús! El grito de aquella alma moribunda descendiendo al vacío y muriendo al instante, fue un homicidio cometido por una silueta para nada distinguible para la vista gastada de Babus. Drew y Alba giraron para compartir la estupefacción de Babus, también habían escuchado el rumor del grito. Una exclamación pública viajó en cada rincón del pueblo. Los vecinos colocan escaleras para subir al tejado y verificar el suceso. —¡Acaban de asesinar a alguien empujándolo desde el campanario! —exclamó Babus y se retiró lo más rápido que pudo. Alba y Drew se miraron. La cadena de acontecimientos los tomó de desprevenidos. Alba preocupada, no podía parar de pensar en Teodoro y Marche. Drew intuyendo la perpleja ojeada de su madre adoptiva, supo de inmediato que nada está bien. Habían recibido cartas faltas, tal vez, el asesino esté tras la pista de ellos o solo espera el momento adecuando para ejecutar su abyecto plan. —Espero ellos estén bien —susurró Drew. —¿Dónde está Estíbaliz? —preguntó, adusta. Drew ahogó un grito, respirando y reteniendo el aire hasta soltarlo con los ojos fuera de órbitas. —¡Está en el mercado! *** Estíbaliz fue testigo de la caída del cuerpo hasta impactar en el adoquinado. Un perro hambriento olisquea el c*****r. Murió el sujeto con los ojos en blanco y entornados; de su boca abierta surge un espumarajo bermejo. Las hormigas en fila se acercaban para comer sus entrañas. Acumulados en la escena del crimen, murmuran los habitantes intentando dar una explicación viable y coherente sobre el c*****r. Nadie conocía al tipo, esa era la única conclusión. Estíbaliz sintió un leve vaho frío en la nuca, al girarse, solo está la matrona con los brazos cruzados y sus pechos abultados, negando con la cabeza. Las demás muchachas creyéndose detectives, sacan sus propias conclusiones. Estíbaliz imaginó que darían rienda suelta a una sarta de párrafos hablados, contando una trágica historia de una disputa amorosa. El muerto es el amante y quien lo mató, es el esposo o si están de buen humor, viceversa. Conformes, tejen un prólogo de lo más cómico. No diré sus estupideces, no merece la pena conocer lo que una verdad puede llegar a convertirse en malas lenguas. Llega la policía local al sitio y una ambulancia sin armar escándalo con la sirena. Estíbaliz no pudo evitar sentir un repelús cuando observó la marca de un peón en el cuello de la víctima. De improviso, una frígida sensación maligna embarga su cuerpo, como si alguien la estuviese vigilando. En varias direcciones recorre con su mirada el entorno en pos de aquel extraño ente que proporciona dicha sensación de vigilia. Las contraventanas abiertas, asomándose los curiosos y discutiendo del asunto; las tiendas de verduras con sus cajones vistosos, exponiendo sus productos a la sombra de una tela que se extiende sobre cuatro bases de madera, pendiendo el cartel del nombre emprendedor de una empresa autónoma; en los tejados no hay nadie; los pueblerinos ni la ven, Estíbaliz es inexistente para ellos a excepción de un hombre encapuchado. Enjugó sus ojos y la figura desapareció. Había brillado una pieza en sus manos, un ejemplar de un peón. Era indudable, aquel Debía de ser el asesino, pero la piel de gallina corresponde a una alteración de nervios indómita en Estíbaliz. ¿Cómo no pudieron verlo? Dudaba sobre la verosimilitud de su visión, tal vez sea un efecto psicológico por el choque emocional al haber visto un hombre estrellarse contra el adoquinado. —¿Estás bien, hija? La matrona asustó a Estíbaliz, esta dio un respingo. —Vamos a regresar, no te preocupes —dijo la voz tranquilizadora de la matrona, impertérrita a la reacción de Estíbaliz. Ella no lo pasó por alto. —Usted ni se inmuta. La matrona arqueó una ceja, luego palmeó y dirigió el rebaño de vuelta al orfanato. Los enfermeros estaban montando el c*****r en una camilla, la policía no pudo indagar nada relevante del suceso, dándolo por un s******o. Un dedo tiembla en la mano de Estíbaliz. Voltea hacia el escenario y los espectadores están retomando sus habituales tareas pasada la conmoción pública. En un pilar jónico cerca de una fuente con una preciosa venus retocada hace un tiempo por un artista reconocido de la región, se esconde una lánguida sombra. Estíbaliz no lo atribuyó a ningún efecto óptico, la sombra sonrió revelando los dientes. Ellas se acercó a la matrona y agarró la mano de esta. La matrona miró atónita a Estíbaliz, descubrió su temor. —Lo crudo se te pasará en un rato —dijo la matrona, tratando de amenizar el espíritu agitado de Estíbaliz. —Señora. —Detuvieron la marcha, las demás también se pararon a contemplar el nerviosismo de Estíbaliz—. Allá por la estatua de la fuente hay una sombra. Cuando Estíbaliz señaló, no había nadie para los ojos de ellas, pero Estíbaliz lo observaba. Una crisis se adueñó del cerebro de Estíbaliz, no podía apartar la vista del peón de cristal y el ser sonriente. La matrona, preocupaba por el comportamiento anómalo de Estíbaliz, la asió y siguieron la caminata. —¡Sigamos, sigamos! —repetía con voz militar. Voltea y continua volteando. La sombra está allí, riéndose de ella como las trabajadoras que expelen risitas idiotas. —Le afectó ver un muerto —comentó una de ellas. —Es una niña, no ha visto lo peor de la guerra —contestó otra. Hablaban con aires de superioridad como si Estíbaliz no tuviera la misma resistencia psicológica. Sabía ella que de antemano, las empleadas mienten para relucir su altivez de pobreza. Negativos azotes de pensamiento llegaron a cruzarse por su cabeza, sintiéndose patética por reaccionar así por tal escena. Tenía ganas de correr a los brazos de Teodoro, besarlo y hacerlo suyo en sus brazos cándidos. Extraña cada caricia y palabra expresada de su ingenio romántico que tanto reserva en el iceberg de sus emociones. Unas lágrimas dieron a conocer su estado de autoestima, pequeña ante aquellos comentarios despectivos que tildan su cordura de locura. El sacerdote Babus viene al sentido contrario, está trotando hacia la iglesia. Estíbaliz reprimió sus sollozos débiles y su rostro resplandeció cuando atisbó a Babus. El padre reparó en ella y jadeando frenó la carrera. Estíbaliz abandonó la ilusión de alegría al verlo demacrado. —Un asesinato —declaró entrecortado. —¿También lo viste? —preguntó Estíbaliz. Los chismosos formaron un semicírculo. Están en una calle rodeada de faroles, andando por la acera. Unos cuantos coches pasaron doblando en una de las esquinas. El sitio es frondoso, poblado de árboles pletóricos de hojas verdes, pero el cielo y sus cambios, parecen anunciar el invierno, confiriendo al ambiente, un ominoso aspecto grisáceo. —Sí, lo vi desde la alcoba de Drew —informó, reponiéndose del cansancio—. ¿Dónde estabas? —En el mercado. —Escruta a las presentes—. Nos devolvimos por seguridad —supuso, realmente desconocía la razón, pero es la más lógica para la circunstancia. —Drew te dirá la noticia, debo ir a la iglesia y cerciorarme que los integrantes están bien. Continuó trotando hacia la iglesia. El viento removió las coletas de Estíbaliz y su vestido se mueve formando pliegos. —Llegará pronto el invierno —avisó la matrona—. ¡Vamos! —exclamó palmeando en el aire. *** Clark fuma sentado frente al foco de una lámpara flexible. Las bocanadas de humo flotan de aquí y allá, fundiéndose con las oscuridad completa. La puerta se abre. Se oye un forcejo. Una sonrisa de medio lado en los viejos labios agrietados como las cornisas de los hogares Galés, demuestra conformismo respecto a los objetivos planteados durante la víspera. Destella la umbría retina de Clark con los brazos atrás y los dedos entrelazados formando un único puño. El francotirador detrás de sus lentes oscuros, privando notar sus ojos grises como el cielo invernal. —Se acerca el invierno —observa Clark, abstraído por la profusión de nubes cubriendo los rayos solares y difuminando el ratio del aro universal—. ¿Qué hiciste con Kawak? —No lo herí —respondió, tajante. —Irá a Bridgepark, lo tengo seguro... —Los soviéticos están enterados... —¿Qué importan los soviéticos? —Ríe, sobrestimando la fiereza de Moscú—. No pueden estar aquí en tiempo récord para presenciar la desaparición de Bridgepark. —Hemos detectado intrusos en Galés —dijo, inmutable a la soberbia de Clark y a la oscuridad en la que se encuentra sumergido—. No hemos dado con ninguno. —No podemos fracasar. —Es tarde para arrepentirnos. Un silencio reinó por unos segundos. Clark no dejaba de dar toquecitos al cigarrillo, esparciendo cenizas que caen despacio o vuelan ingrávidas cerca del chorro de luz del foco como un velo fantasmal. —¿Aún así prefiere continuar el operativo? —preguntó el francotirador. —Si muero me llevaré a mis hijos, no tengo razones para seguir con vida —contestó con la voz álgida, pero por en el interior, hierven sus emociones. Recordó la imagen de su esposa chamuscada. Cuando detonaron los almacene, Clark desde la lejanía con unos binoculares, postrado en un techo, veía a su esposa arder en las llamas. El lagrimaba con el rostro impávido. No sabía lo que hacía, no tenía idea de que sentir. Pudo haberla salvado, pudo entrometerse en la persecución de Kawak y rescatar a Estíbaliz, revelarlo allí en medio del desastre, librarse de una carga pesada. Hubiera querido decirle cuánto la amaba y cuánta culpa tenía encima por lo cometido. Ya era el líder de los renegados, había causado un atentado y no podía expiar un pecando de tal envergadura con una simple disculpa. Asesinó a su esposa, nada la devolvería a la vida. Murió engañada, creyendo que su marido había muerto en África. —Es doloroso morir con la mentira grabada en la memoria cuando el portador de la verdad oye la petulancia del ignorante —reflexiona Clark en voz alta. Da una calada al cigarrillo, honda y tranquilizante. El silencio cada vez más pesado, recayendo en el sentido auditivo y escuchando los latidos de ambos, reduciéndose el ruido blanco del ambiente. —¿Quiere hacerlo? —pregunta el francotirador. —¿Por qué preguntas tanto? Es como si no quisieras hacerlo —cuestionó, su moral es herida con cada pregunta, sin embargo, no se gira para dar la cara al emisor. —Quizás usted se lo dice a sí mismo. —Reposa el peso del cuerpo en la pared, apoyándose del hombro, tiene los brazos cruzados—. Soy un asesino, pero no un psicópata, también puedo padecer y como usted, me siento perdido en el mundo. —¿Cuánto tiempo nos queda? —Poco —susurró y luego habló con el tono normal—. Marche está en Moscú. —De por sí, es un peligro... Envió un informe a Kawak que no pudieron interceptar —expuso—. Su empresa está dirigida por los sobrevivientes y son demasiados en el territorio, es como si se hubieran multiplicado... —Se aliaron con el tablero n***o. Clark ahogó la impresión, apurando el cigarrillo que no acababa de consumirse. —¿Cuánto territorio perdimos? —La mitad, han reaccionado más rápido de lo que planeamos. —¿El rey n***o está en el país? —Sí. —¿Vivo? —Muerto. Otra breve pausa. El cigarrillo cae en el cenicero. —La dama negra —dijo el francotirador— regresó a Francia. —Tardarán en coronar un nuevo rey. —No —negó, contundente—. Es el fin de la partida, señor Clark. —¿Cómo puede ser el final? —Anonadado, enciende un nuevo cigarrillo. Sus dedos tiemblan al llevarlo a los labios. —Señor Clark, es usted solo que pretende mantener esto con vida. Todos nos retiramos la venda de este ideal absurdo. Hemos sido descubiertos; controlamos Galés por dos efímeros años; eliminamos a los nazis sublevados y ahora, ¿qué? Dominar una nación impenetrable es tan difícil que resulta imposible. —¿No íbamos a tomar Escocia? —Señor Clark, ¿sabe usted cuántos han muerto de los nuestros? La burbuja frívola de su deseo está a punto de estallar. —Creímos tener un panorama prometedor —prosiguió el francotirador—. Cuando Marche zarpó del bergantín, avisó a cada m*****o de la orden perteneciente a los países respectivos sobre nuestra participación. Usted, poseído por la gloria fantástica de sus deseos, vislumbró una oportunidad irrepetible al tener el rey n***o lejos. Eso empeoró las circunstancias, porque lo que usted ni yo sabíamos, era que el alfil a cargo reconoció al líder de los sobrevivientes. —Brandon —masculló—. Un m*****o importante, mano derecha del rey n***o. Debimos eliminarlo. —No pudimos. Recuerde la inteligencia superior de Brandon, es un mejor estratega y planificador. Cavila las opciones a tomar en el caso de ser capturado por Brandon antes de ejecutar el último atentado que borrará de la faz de la tierra su identidad junto a los que amó, poniendo fin a la partida en una injusta tabla en la que todos pagarán con sus almas. Se volteó y el francotirador seguía apoyado en la pared. Clark registra en los cajones del escritorio, buscando un objeto. Da con el peón de cristal. —¿Abajo está el coche? —No despega la vista del peón. —Sí. Un brillo en el semblante alumbró su febril apariencia. Siendo tan descarnado el hado, produciendo resquemor interno, sin dejar de pensar en sus hijos, en Nayeli, en Amanda. —Si existiera una máquina del tiempo, me hubiera suicidado antes de pertenecer a esto —dijo Clark, abatido—. ¿Cómo pudimos ser tan incompetentes? El francotirador encogió los hombros, haciendo un rictus. —Solo recibo órdenes —escupió. —Pero hubieras actuado por tus medios para evadirme y abandonar la partida... —Quizás yo quiera seguir en el tablero hasta la muerte. —Miró al techo—. No tengo a dónde ir y mi familia murió en Berlín. Pisar Alemania en precarias situación actual, sería una estupidez. —Puedes huir a Latinoamérica. Emitió una risa amargada. —¿Para qué? Soy un cascarón, mi alma está en otro sitia, desde hace años he muerto y ahora habla es la maquina de mi mente —detalló—. Ni usted ni yo podemos huir del devenir. —Iremos a Bridgepark —sentenció Clark. —Usted vacila. —Tal vez. —No quiere hacerlo. —¿Tú quieres? Chistó a modo de respuesta improvisada. —No las pasaremos repartiendo la responsabilidad de algo que ya habíamos efectuado —responde el francotirador—. Me refiero al incendio —añade. —Vi a mi esposa morir y a mi hija ser perseguida por uno de nosotros —dijo, tratando de cubrir el temblor de su voz con un respirar lento. Late fuerte su corazón al llegarle las imágenes acompañado del olor a carne quemada, luego, la barahúnda cacofónica los muertos. —Kawak asesinó unos cuantos —repuso—. Es un excelente asesino, Brandon tiene una pieza oportuna. —Aún no se ha declarado enemigo oficial. —Pero, usted ordenó herirlo o espantarlo para demostrar el poderío que denota en la nación. —Un poderío falso por culpa de Brandon. —Usted me dio dos opciones, yo escogí la adecuada. —¿Por fin tienes consciencia de tus acciones? —Se podría decir que sí, pero al ser una misión donde se me ofrece la oportunidad de elegir, lo hago. —¿Por qué? —No lo sé, Kawak es su hijo y en el fondo, usted lo ama como todo padre. —Hablas como si lo hubieras sido y entendieras mi angustia. —Lo fui y siempre lo seré, mi alma está con Dios y Dios está con mi familia. —Pasa el peso del cuerpo de una pierna a otra, llevando una mano a la cintura—. ¿Puedo dar una opinión? Siento que usted lo pide a gritos. —No estoy gritando nada. —En el interior, usted es un niño que llora. —Di lo que tengas que decir y no me obstines, hablas con tanto misterio. —Soy un francotirador, ¿qué puede esperar? Furtivo, callado y solitario, cargando con un pasado imperdonable. —Se acercó un poco y se detuvo en medio de la sala—. Enfrente a su hija a un partido de ajedrez. —¿Qué ridícula idea se te ocurre? —Si ella gana —prosiguió, ignorando la protesta—, usted no eliminará Bridgepark, si usted pierde, debe disolver la facción renegada. —Suena estúpido para lo que somos y hacemos —respondió riéndose de la opinión. —Tarde o temprano, Brandon nos atrapará y si caemos en manos enemigas, no tendremos oportunidad de redimir nuestros pecados, seremos ejecutados. Mire, no tengo nada que perder, todo lo perdí ya, pero usted, aún tiene un hijo y una hija que estima. Soy asesino, pero aún no puedo calificarme como un psicópata. Reservo empatía para los seres humanos... —Sentimental. —Llámelo como quiera, usted es quien decide. Una partida para decidir el destino de Bridgepark contra su inexperta hija, suena descabello para la cabeza alocada de Clark. —Ella no sabe jugar. El francotirador rio. —Sí sabe —afirmó sonriendo. —Volaré Bridgepark en pedazos. —Usted posee el tablero de cristal, el que usó para jugar con el señor Windsor antes de decidir su muerte. Le recuerdo que mi idea viene de su propuesta al difunto mencionado. Recorrió el repelús hasta la nuca de Clark. Regresó a la fría habitación en Londres, sentado en una mesa, bebiendo té con el señor Windsor mientras disputaban una partida. Si ganaba Clark, mataría a Windsor, en el caso contrario, Windsor sobreviviría. —¿Por qué seguimos perdiendo el tiempo? —Observó el reloj de muñeca. —No lo estamos perdiendo, estamos ganando. —¿Por qué? —¿Siempre tiene que preguntarme? Se supone que usted es el líder de la facción, no tengo porqué ser el comodín de sus dudas. —Ciertamente, te gusta escavar en mi alma para usar el inconsciente en mi contra. —Teodoro y Marche no llegarán durante meses, durante esos meses, ya estaremos apresados —expresó su deducción. —Lo dudo, estarán en cuestión de días. —Las cartas falsas fueron enviadas y según los nuestros, los destinatarios las recibieron. —No son tan idiotas para creerse tal letra. Marche escribe similar a su padre y Teodoro redacta como su madre. —¿Cómo usted conoce a la madre de Teodoro? —La sorpresa cayó de pronto. —Hay secretos que no deben ser revelados —puntualizó. —Antes de morir... —Que será lo más seguro... —Debe narrarme la historia. Pareció flaquear entre un sí o no. —¿Para qué sirve contártelo? —Morbo. —Encogió los hombros. —Mejor, vayamos a Bridgepark. —No. —¿Por qué? —¿Puede dejar de preguntar ante mi incesante negación? —lo dijo irritado. —Tienes motivos para postergar la ida a Bridgepark, ¿acaso vacilas? —Si eso hiciera, lo hubiera matado aquí mismo y terminado todo esto, ¿no le parece? Arrinconó a Clark por tal insinuación a sus deseos internos. Por una vez, pensaba en exterminar a Clark, pero el gélido francotirador tiene razones para no matarlo. Bastaba con que agarrara su pistola de reserva y disparara a la cabeza. Su ducha puntería no fallaría. Clark, nerviosos por el fuego de la mirada de su leal hombre, palpó el revólver en el fondo del cajón. —Sería inútil dispararnos, trato de salvarlo —reveló, deteniendo la mano rastreadora de Clark—. Antes de que pregunte: «¿Por qué?»; ¿No se ha fijado que estoy en la sombra y muy poco me he acercado? Clark se dio cuenta de la actitud al rebobinar el reproductor de su cerebro. —Hay en cada árbol alrededor del recinto, por lo menos, un francotirador custodiando la única salida que tenemos. Bajar, supondría entregarnos al enemigo. Lo mejor es esperar a que anochezca y mantener el perfil bajo, cabe la mínima posibilidad de que solo estén intentando probar suerte con este sitio, aún no saben del nuestra verdadera ubicación —expuso. —Entonces, toma asiento y escucha como conocí a la madre de Teodoro y por qué ordené asesinar a su marido —cedió y se tumbó en la cómoda silla de cuero. —Prefiero estar de pie. —No sé en qué te ayuda saber esta historia sin relevancia. —Tiene relevancia, para los espectadores de esta obra. La muerte del padre de Teodoro no tiene sentido, no era ningún m*****o de la orden del tablero n***o, se diría que usted lo mató por puro capricho. —Admiro tus conjeturas locuaces, tienes una lengua bendita para enrollar a cualquiera, pero debo confesarte que estás equivocado, no lo maté por capricho, lo asesiné por venganza.
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