Lentamente, bajo el último peldaño de la escalera. Me quedo unos segundo parada en mi lugar cuando llego, nerviosa por lo que pasará cuando entre.
Está claro que no volveré a dejar pasar la oportunidad de sacarle toda la información que me debe. Pero para ello voy a necesitar estar lo más lejos posible de su tacto mientras lo obligo a hablar. No estoy dispuesta a dejarle evadir esta conversación con sus ardientes caricias y su envolvente sexo. No, señor. Lo haré hablar a la fuerza si es necesario.
Suspiro, frustrada, porque no es como si fuera posible obligarle a hacer algo con mi metro sesenta y ocho y mis inexistentes músculos. Negando, me armo de valor y entro en la cocina. Lo primero que veo es a Balthazar cortando frutas de espaldas a mí, vestido con sus jeans y sin camiseta, regalándome una exquisita vista de los músculos tonificados de su espalda.
Sé que él me ha escuchado, pero aun así no hace intento de girarse en mi dirección y, en cambio, sigue con su tarea, ignorándome.
—¿Quién diría que un fantasma sabe cocinar? — hablo con sarcasmo, queriendo llamar su atención mientras sigo observando su espalda desde la puerta con los brazos cruzados.
Para mi sorpresa, un gruñido escapa de sus labios en respuesta. Deja de lado la fruta y se gira hacia mí, serio.
—No soy un puto fantasma, niña, soy un demonio. Y no es la primera vez que vago por el mundo humano — espeta con una clara molestia. Pero levanta una ceja cuando repara en mi atuendo. La diversión brilla en su mirada — ¿Crees que toda esa ropa me impedirá follarte, Valerie? — se burla.
Antes de bajar, opté por ponerme unos pantalones de gimnasia largos y una camiseta de manga larga, esperanzada de poder utilizar toda esa ropa como escudo para sus manos. Desde el momento en que me dejó sola en la habitación, me he estado mentalizando para empezar a sacarle toda la verdad a Balthazar.
—Creo que esta ropa me ayudará a no perder el hilo de la conversación que estamos por tener, Balthazar — me pongo firme, dedicándole una mirada irritada que analiza con su semblante serio de siempre, pero con una chispa de diversión desbordando en sus ojos.
—¿Te he dicho cuánto me pone que digas mi nombre? — me desconcierta la forma en que ignora mis palabras. Pero más me desestabiliza el pulso la ronquedad en su voz, las implicancias de sus palabras. Su mirada depredadora, que me eriza los vellos.
Mi cuerpo reacciona a él tan bien. Pero mi cerebro acciona antes de que Balthazar pueda llegar a mí, obligándome a mí misma a alejarme de él con rapidez y poner la enorme isla entre nuestros cuerpos como escudo. Lo miro acusadoramente y detiene su paso.
—No, no me lo has dicho. Tu nunca dices nada, por lo que dejaré pasar tu intento de evitar esta conversación con calenturientas insinuaciones y hablaré por los dos — me molesto, logrando hacerle fruncir el ceño ante mis palabras. El humor en su mirada se desvanece —. Estoy... embarazada.
A pesar de que mis palabras han salido seguras en un principio, la última frase escapa de manera temblorosa de mis labios, dejándome como una tonta al recalcar aquella obviedad. Obviedad que devuelve la diversión a la mirada de Balthazar.
—Lo sé, estuve ahí cuando el niño fue concebido — dice con ronquedad. Y para mi martirio, vuelve a intentar acercarse a pasos lentos. Lo miro irritada, deteniéndolo cuando levanto la mano.
—Eso no es lo que... yo... maldición— balbuceo con nerviosismo al tener su intensa mirada sobre mí, intimidándome. Suelto un suspiro y me obligo a enderezar mi actitud —. Quiero decir que estoy embarazada de ti. Y tú... tu eres... mierda, no sé ni lo que eres. Ni siquiera te conozco, solo se tu nombre y...
Me interrumpe cuando llega a mí. Jadeo cuando de repente lo tengo a un palmo de distancia. Su alto cuerpo se eleva sobre mí y tengo que estirar el cuello para mirarlo. Su mirada me repara con aquellos castaños ojos totalmente oscurecidos y su mandíbula apretada con fuerza.
Asustada, intento dar un paso más, pero no logro hacerlo, porque sus brazos me rodean rápidamente y con suavidad. Chillo cuando me levantan y me deja con facilidad sobre el frío mármol de la encimera.
—¿Qué haces? — balbuceo. Pero me quedo muy quieta cuando una de sus manos baja a mis piernas y me obliga a abrirlas para dejarle espacio a sus caderas entre ellas, interrumpiendo mi torpe pregunta.
—¿No crees que debiste preocuparte de hacer todas esas preguntas antes de dejarme meterme entre tus piernas, Valerie? — cuestiona con frialdad, dedicándome una indescifrable mirada que me hace encogerme entre sus brazos.
—Y-yo... — tartamudeo, observándole con vergüenza. Soy consciente de que sus palabras han tenido un tono de reproche que hasta parecía burlesco.
Y me molesta tener que darle la razón, pero incluso cuando era invisible, le dejé follarme y nunca hice ninguna pregunta. No me concentré en nada más que en el placer de sus caricias. Y he sido una tonta, pero el error ya está hecho y debo vivir con ello.
—Lo sé, maldición. Pero lo que hicimos esa noche... Lo que siguió después... — me lamo los labios, nerviosa. Cuando lo miro, sé que debo estar roja, porque recordar nuestras primeras veces, suelen hacer que las partes más íntimas de mi cuerpo se contraigan, excitadas.
Y me sorprendo al ver que sus castaños ojos se suavizan en entendimiento, junto con un ápice de frustración que me llena aún más de dudas.
—No es tu culpa, Valerie — expresa, serio —. Ni tú ni yo podemos evitar lo que sentimos por el otro. Te terminarás acostumbrando a la...
Me sobresalto cuando el timbre de la casa suena, interrumpiéndolo de terminar lo que estaba por decir. Balthazar se tensa y mira hacia la puerta de la cocina. Inclina el cuello y me sorprendo al verle intentar... ¿escuchar?
—¿Estás esperando a alguien o.... ? — el timbre me interrumpe y frunzo el ceño.
Frustrada, poso una mano sobre su pecho y presiono levemente, intentando alejarlo para que me deje bajar de la encimera e ir a averiguar quién es el inoportuno. Pero Balthazar no se mueve ni un centímetro. Deja de observar hacia la puerta y baja sus oscuros ojos hacia los míos, irritado.