Aproveché que Santiago no estaba. Se había marchado con uno de sus hombres, diciendo algo sobre "ajustar cuentas". Sabía que eso me daba, a lo sumo, veinte minutos. Veinte minutos de libertad silenciosa en esa mansión que parecía tragarse el alma de quienes vivíamos en ella. Caminé descalza por el pasillo, aún con el cuerpo adolorido por la noche anterior. Me detuve frente a la puerta del despacho. El corazón me latía en los oídos. Dudé unos segundos, pero lo hice: giré el picaporte y entré. El lugar olía a cuero y a tabaco. Todo en ese despacho era una extensión de Santiago: ordenado, oscuro, intimidante. Fui directo al teléfono. No sabía si funcionaba para llamadas externas, pero tenía que intentarlo. Marqué el número de casa de mis padres. Mis dedos temblaban tanto que tuve que hacer

