Santiago Russo Estaba harto. De Toni, con su risa de imbécil y su necesidad constante de probar que es hombre con bravuconadas baratas. Harto de Débora, su hermana, esa víbora pelirroja que se pasea por mi casa como si fuera reina de algo. Pero sobre todo, estaba cansado de fingir. Fingir respeto ante Massimo, el líder de la Camorra. La segunda mafia más poderosa de Italia… por ahora. Porque tarde o temprano, ese viejo terminará cediendo el lugar. Y cuando lo haga, el próximo en el trono seré yo. La cena había terminado. Todos se fueron. Solo quedaba Dylan, el único hombre en quien confiaba. Estaba de pie, frente al monitor de vigilancia de mi despacho, bebiendo lentamente un whisky doble. En la pantalla, Sofía aparecía en su habitación. La cámara no captaba todo, pero sí lo suficiente

