Me levanté más temprano que de costumbre. No porque quisiera. El cuerpo me ardía. La cabeza me pesaba. Y la boca… amarga, como si hubiera tragado cenizas. Caminé por la habitación como un espectro. No podía pensar. Solo sentía un hueco. Un vacío que comenzaba en el pecho y me devoraba hacia dentro. No había dormido. Apenas cerré los ojos. Santiago se había ido anoche furioso, después de que lo empujé… después de que le dije que no. Otra vez. Débora irrumpió en la habitación sin tocar. —¡Levántate, inútil! —escupió, con su tono venenoso—. Pareces un cadáver. No respondí. Ya ni siquiera me dolía. Solo sentí un mareo. Su mano me agarró del brazo y me zarandeó. —¡¿Me escuchas cuando te hablo, basura?! Y entonces pasó. Sin avisar, sin poder evitarlo, sentí cómo el estómago se me s

