Era viernes por la noche y había quedado con chicas a cenar a mi casa: María (mi novia) y Sofía (amiga en común). Aquella noche estuvimos cenando, y después bebiendo. - ¿A ti no te afecta nunca el alcohol? – me preguntaba Sofía. - Pues claro que me afecta – contesté yo. - Es que nunca te he visto borracho, siempre vas mejor que nosotras – insistió ella. Era verdad que nunca me había emborrachado mucho en realidad, así que tampoco conocía mis límites, de modo que bebí sin preocuparme. Como podréis imaginar, no tardé mucho en acabar sentado en el sofá con la cabeza dándome vueltas, con serias dificultades para levantarme. - Creo que deberíamos acostarlo – propuso Sofía. - Pues sí, tal como está… - apoyó María. - ¡No, no! Ni hablar

