El resplandor pálido del amanecer comenzaba a filtrarse por las gruesas cortinas de la alcoba real, bañando la habitación en un tenue resplandor dorado. Enzo observó el rostro sereno de Dafne, quien dormía profundamente, ajena a la tormenta que se cernía sobre sus reinos. Se acercó a ella con el sigilo de un cazador, sus ojos recorriendo su piel como si quisiera memorizar cada detalle antes de partir. Una parte de él deseaba quedarse, envolverla en sus brazos y prometerle que todo estaría bien. Pero eso era una mentira que no podía permitirse. Con un suspiro lleno de resignación, se dio la vuelta y salió de la habitación. Eric, su mano derecha, ya lo esperaba en el pasillo, listo para emprender la marcha. Sin necesidad de palabras, ambos intercambiaron una mirada que decía más de lo que c

