Laurent
Llegamos en menos de diez minutos al edificio dónde se encontraban las oficinas de mi despacho, justo en el momento en que veía a los agentes sacar varias cajas con la información de mis negocios y de mis clientes.
—¿Dónde llevan todo eso?—espeté molesto en contra de uno de ellos trantando de quitarle la caja y el tipo me miró con cara divertida.
—Señor, si necesita saber algo, pregúntele al Fiscal, él le podrá dar toda esa información.
— ¡Maldito, haré que los despidan a todos, no saben con quién se estan metiéndo!
Los ineptos esos se rieron en mi cara, pero de verdad es que no sabían con quién se habían metido, los haría pagar uno a uno por esta afrenta.
Entré como el dueño del mundo que era en mi bufete y veía las caras de mis empleados, eran de espanto y más aún al verme a mí, pues no dejaría títere con cabeza después de que todo esto se solucionara.
— ¡Braulio!— bramé para que apareciera mi asistente, el que corrió hacia donde estaba y me miró con la cabeza gacha — ¿Dónde está?
—En su oficina, señor.
—Ya hablaremos los dos.
—Lo siento, señor.
—Cállate y consigue hablar con el juez Dinofrio.
—Si, si, jefe.
Caminé por el pasillo que daba a los cubículos de mis empleados, que bajaban la cabeza al momento de verme, nadie era capaz de mirarme a la cara, sabían lo que se les venía encima, porque más de una cabeza iba a rodar y no era literal, era la pura y santa verdad.
Cuando estuve frente a mi despacho tomé una bocanada de aire y me preparé para acabar con ese imbécil. Abrí la puerta y el muy maldito estaba sentado en mi silla, ¡MI SILLA! Tomando café como si fuera el puto dueño de mi despacho ¿Qué se creía el maldito hijo de perra?
—Señor Scott, que gusto de verlo tan temprano en sus terrenos.
—Pues para mi no es ningún gusto verte Roland ¿Qué mierda te crees para hacerle esto a mí oficina y a mis cuentas maldito pendejo?
El fiscal del distrito, Alex Roland, era el nuevo superhéroe de la ciudad, el tipo se le conocía por ser intachable y poco amigo del bajo mundo, era algo así como el Sir Wilfrid Roberts de Nueva York. Lo sabía, pues varias veces alguno de mis clientes quiso comprarlo y le salió el tiro por la culata, teniendo que salvar el problema cuando sus casos llegaban a juicio, pero todo "limpio", era más fácil comprar a unos cuantos jurados o hasta el mismo juez o peor aún amenazar o eliminar a la contraparte y nada de lo que el dijera haría que perdiera mi record impecable.
—Mira Scott, te puedo llamar así ¿no? —hice una mueca de desagrado, pero debía saber qué pasaba para mover mis piezas, así que lo dejé seguir—Te diré lo que está pasando, sólo como una muestra de buena voluntad por nuestra profesión. Recibimos una denuncia anónima en contra tuya y de tu adorable esposa.
—¿Qué?
—Pues, eso. Según la información que nos llegó, tu hermosa mujer se ha asociado con unos traficantes de poca monta y tú les has proveído de ciertos beneficios legales.
Maldita Anna, ¿en qué mierda se había metido? Esto no podía ser cierto, si descubrían lo del trafico de drogas serían varios años en la cárcel, pero si llegaban a saber del tráfico de personas, eso sería cadena perpetua, debía actuar rápido y eliminar a este imbécil, sí eso sería lo primero que ordenaría una vez saliera de esta oficina, pero antes debía sacarle todo lo que sabia y para eso debía ser más inteligente que él.
—Y supuestamente, esta denuncia que dices ¿ha movido a todo el aparato jurisdiccional? ¿No has investigado más a fondo? Me parece hasta una niñería Roland, estás armando un show mediático para que te postules a algún nuevo cargo.
—Oh, por favor Scott, tu sabes que esos motivos no me mueven ni un poquito, pero tranquilo, si eres inocente no tienes nada que temer.
—Y entonces ¿por qué bloqueaste mis cuentas de banco? ¿Tienes algún motivo que me estás escondiendo?
—Para nada, Scott, es sólo una forma de precaver que vayas a hacer algo. Además, te informo que desde hoy tienen prohibición de salir del país.
—Es una maldita broma ¿no?
—Por supuesto que no mi querido colega, mientras la investigación esté en curso no podrás mover tu dinero y menos podrás salir del país. Y si buscas el favor del juez Dinofrio, te digo desde ya que está en las mismas condiciones que tú.
Esto no podía ser cierto, cómo era posible que este fiscalucho de poca monta pudiera en tan poco tiempo tener todo esto, algo había que no me estaba diciendo y eso tendría que averiguarlo sí o sí. No podía quedar como el esposo de una maldita traficante y menos aún ir a la cárcel por una artimaña.
—Jefe...—esa era la voz de Braulio, pero ya sabía a lo que había venido, así que le hice un movimiento para que se callara y esperara afuera.
—Mira, Roland. No sé quién será tu bendito denunciante anónimo, pero algo te dejo claro en este momento, a Laurent Scott nadie le hace esto y vas a pagar muy cara esta afrenta.— El maldito mal nacido soltó una sonora carcajada y se levantó de mi silla, caminó directo hacia mí y se paró frente a frente.
—Mira, Scott. No sé que mal le habrás causado a esa persona, pero le agradezco que me diera motivos para por fin ponerte tras las rejas, así que prepara tu mejor traje mi estimado que nos estaremos viendo en el tribunal y consigue un buen abogado que te defienda. Jajaja, pero que digo, ¿no eras el mejor de Chicago?
Y con esas palabras, el muy maldito salió de mi despacho y me dejó con la bilis casi saliendo a borbotones de mi boca y las ganas de dispararle sin contemplación alguna, pero en este momento debía recuperar energías, necesitaba mover a mis contactos y saber quién me había tendido esta maldita trampa, porque de algo estaba seguro y más, después de esa última fracesita de Roland, alguien estaba tratando de sacar mis trapos sucios al sol y no me cabía duda alguna que la mente maestra detrás de todo esto era Olej Romanov, pero hoy haría un juramento... Todos y cada uno de los que estén orquestando este teatrito pagarían con sus vidas. Era lo menos que podía hacer para que nadie olvidara quién es Laurent Scott.
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Copyright © 2024 P. H. Muñoz y Valarch Publishing
Todos los derechos reservados.
Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2404227717969
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