Me encontré con la mirada de ese hombre, el mismo con el que había compartido tantas noches en un camarote, que conocía mi cuerpo mejor de lo que tal vez yo misma lo hacía. Su tacto, se sentía tal cual como lo recordaba, ni siquiera hacía falta que me diera la vuelta para saber que, manos como esas no me habían tocado nunca, hubiera reconocido que era su tacto, incluso con los ojos vendados.
¿Qué era exactamente lo que estaba haciendo aquí? ¿Por qué la vida me ponía de nuevo ante los ojos de un hombre que no podía ser mío? Estaba a un paso de casarse, si no tal vez hubiéramos logrado construir un futuro juntos.
En esas ocasiones que me detengo a recordar nuestras largas noches de conversaciones, que venían acompañadas del sexo desenfrenado, recuerdo que éramos muy similares en tantos aspectos, pero el destino, la vida o dios, se había encaprichado en cruzarnos demasiado tarde, cuando ya un nosotros es imposible de idealizar.
—¿Me extrañaste? —preguntó en mi oído, con esa voz ronca, su respiración caliente.
Mi ropa interior se humedeció de repente, mi cuerpo estaba reaccionando al recuerdo de aquellas noches, por un momento se me olvidó que el chico que me había traído una bebida estaba esperando mi respuesta.
—¡Oye! —me llamó desde detrás de la barra.
Giré medio rostro para toparme con su ceño fruncido, al parecer no hizo falta que abriera la boca para decirle nada, porque había sentido la atracción entre ambos.
—No quiero interrumpir nada, creo que será mejor que olvides lo que te mencioné, al parecer estás muy bien acompañada y no quiero problemas —se adelantó a decir.
—Iba a decirte justamente que no sería posible —dije lo suficientemente alto para que me escuchara.
Volví a girar mi mirada en dirección al hombre ante mí, sus ojos brillaban, pude notar la satisfacción ante mis palabras, deseaba escucharme decirle que no a ese chico, deseaba que lo rechazara por su compañía.
—¿Nos vamos? —se atreve a preguntar.
—¿A dónde? —le respondo alzando una ceja.
—Deja que te sorprenda —deslizó sus manos hasta mi trasero y lo presionó un poco.
Quería decirle que ese no era el sitio más apropiado para hacer eso, pero el tacto de sus manos sobre mi cuerpo se sentía tan bien, además de que los tragos de más que llevaba encima me impedían razonar desde mi cordura.
Nos salimos del sitio, allí estaba un automóvil que al parecer se había quedado esperando por él, me pude dar cuenta por qué salimos directo en esa dirección y se detuvo un momento.
—Escucha, dame un momento, tengo que hablar con el chofer —me dijo a lo que yo simplemente asentí.
No quise preguntar, porque seguramente iba a buscar una excusa suficientemente convincente para que nos llevara hasta donde quería sin hacer demasiadas preguntas. Al cabo de varios minutos regresó, una sonrisa apareció sobre sus labios e hizo una reverencia indicándome que subiera.
No quise hablar durante el camino, tampoco él habló y mantuvimos una distancia prudente, aunque pude darme cuenta de que el chofer no dejaba de mirarme por el espejo retrovisor. Entonces nos detuvimos ante un gran edificio, en primer momento no me di cuenta de donde estábamos, hasta que nos bajamos y pude verlo unos segundos con detenimiento.
Uno de los hoteles más importantes del país, que suele rentarse por año, sobre todo las suites, que nunca están disponibles para ser adquiridas por personas corrientes, sino que son rentadas por los hombres más adinerados.
Me quedé un momento mirándolo, él no parecía ser el tipo de hombre que rentaría un sitio de esos para vivir, pero tampoco quiero sacar conclusiones adelantadas, después de todo no lo conozco, no conozco su vida privada, solamente sé lo que en este tiempo ambos hemos querido compartir el uno del otro.
Al pasar la puerta de entrada, se aproximó hacia la recepción, cruzó algunas palabras con la mujer, que le habló con tanta familiaridad que llegué por mi cuenta a creer que sí vive allí. Subimos al ascensor, iba a preguntarle, pero en un movimiento rápido me levantó en sus brazos.
Un jadeo se escapó de mis labios, firmes, sus manos firmes recorriendo mis muslos, sus labios amenazantes a punto de abordar mi boca, su mirada, penetrante, que no dejaba de desafiarme y yo, que solamente era una bomba de tiempo.
—No hay noche en la que no haya soñado con volver a tenerte de este modo —susurra dejando pequeños besos húmedos por mi cuello.
De repente las puertas del ascensor se abren, se aparta un poco y tira de mi mano con tanta prisa que tuve que dar pasos largos para poder mantener el ritmo de su caminata.
Abrió la puerta con la tarjeta, cuando entramos, bastó con ver la puerta cerrarse para empezar a desvestirse con prisa y bueno, quitarme la ropa a mí tampoco es como si haya sido una tarea muy difícil, después de todo debía de darle las gracias a mi mejor amiga y ese vestido minúsculo.
Me levantó en sus brazos, sus labios bajaron por mis pechos, sus dedos se inmiscuyeron debajo de mi ropa interior, entraron en mí, me hizo soltar el primer gemido, uno lleno de alivio, sentirlo había calmado las ansias que en el trayecto fueron en aumento.
—Cada vez que te tengo así de cerca, solamente quiero más de ti, solamente quiero que el tiempo se paralice, que esto continúe sucediendo —murmura con su rostro hundido entre mis pechos.
—Vas a casarte, eso no puede suceder —susurro entre los jadeos.
Mis palabras, mi recordatorio, perece enfurecerlo, me fulmina con su mirada mientras aumenta el ritmo de la penetración de sus dedos y cuando más lo estoy disfrutando, cuando los gemidos empiezan a aumentar, se detiene en seco.
—No arruines el momento con esa mierda, aunque vaya a casarme, no amo a esa mujer, no voy a amarla nunca, y a ti no voy a sacarte de mi cabeza ni un solo día —se atreve a decir mientras camina conmigo en brazos hasta la cama— Repetiré las noches a tu lado cada maldito día.
—La follarás pensando en mí —bromeé con una sonrisa maliciosa.
—Ya lo hice, porque no hay momento en que pueda quitarte de mi mente, no hay momento en el que no desee tenerte sobre mi cama —se separa un poco de mi cuerpo y lo contempla— Así, justamente como te tengo ahora, deseando que te haga mía.
Me costó pasar la saliva ante sus palabras, posesivas, desbordadas de deseo, notoriamente sinceras. No podía creer que haya sido capaz de follarla pensando en mí, que se lo haya hecho pensando que era a mí a la que tenía en la cama, aunque suene mórbido, aquello provocó que mis ganas fueran en aumento, entonces apareció una sonrisa sobre mis labios.
—Fóllame, hasta que te quede grabado en la memoria mi gemido y la próxima vez que se lo hagas a ella, no sea el suyo el que escuches —me atreví a pedirle.
—O puedo volver a buscarte, prometo dejar el anillo de bodas en la mesa de noches, prometo volver a follarte como la primera noche en aquel camarote —susurra en mi oído.
No me atreví a decirle que no en aquel momento, pero aunque estuviera disfrutando de tenerlo entre mis piernas, la manera tan encantadora en la que me hacía sentir mujer, jamás me convertiría en lo que me hicieron, no puedo ser la amante en medio de un matrimonio, no puedo aceptar que esto vuelva a suceder, así que disfrutaría de sus manos sobre mi cuerpo por última vez.
Después de no obtener respuesta de mi parte, por supuesto que no perdió el tiempo, entró en mí de forma tan brusca que tuve que comprimir mis gemidos, parecía en cada movimiento querer demostrarme cuanto le había hecho falta sentirme.
De repente giré sobre su cuerpo, quedé encima de él, que por breves segundos, con mis primeros movimientos cerró sus ojos, pero luego los volvió a abrir, como si quisiera guardar en su memoria el recuerdo de mi rostro y una sonrisa maliciosa se dibujó sobre mis labios.
—Maldita sea —susurró tensando su mandíbula.
Lo sentía, estaba reprimiendo sus deseos de correrse, no quería decepcionarme, no quería que esto fuera efímero, pero se sentía bien con cada movimiento que daba. Mi maldad rebasó cualquier límite, lo vi sufriendo por retenerse, pero aumenté mis movimientos y aquel deseo de contenerse se fue a la mierda.
—Esto no va a quedarse así —se quejó entre gruñidos.
Salí de encima de él, pensaba que aquello se había terminado, pero lo vi rígido, como si no hubiera sido suficiente. Yo que estaba erguida de rodillas a su lado, recibí por su parte un leve empujón en la espalda, quedé de cuatro patas, como la perra en la que me había convertido en aquel momento y con su sonrisa ancha volvió a entrar en mí.
Nunca había pasado una noche como aquella, fue una completa locura, debo de admitirlo, no me arrepiento de nada…