La habitación lujosa del palacio real de Taín impresionó a Franchesca, y es que aunque el oriente había sufrido hace poco años una devastadora guerra, la edificación de aquel palacio anunciaba a todos lados la grandiosidad que había sido algún día ese reino y que ahora solo quedaba el leve recuerdo.
Franchesca esperó con paciencia la llegada del rey Taín. La ansiedad la carcomía, al tener casi en sus manos la esperada venganza, lograría matarlo y cobrar todas las injusticias.
Cuando por fin Sebastián entra, el corazón de Franchesca late aceleradamente y las manos sudorosas aprieta con fuerza, formando puños a cada lado de su cuerpo.
Sebastián se da la vuelta consiguiendo acercarse a la mujer. Intenta mover el velo de su rostro.
—Majestad, solo pondré una condición entre ambos. El velo es intocable. —dice antes de que el hombre consiguiera quitar la tela.
—Dime tu nombre
—Denali es mi nombre, majestad.
—¿Tu nombre tiene algún significado?
—Aquella que es grande.
—Un bonito nombre para una mujer hermosa
Franchesca ríe con ganas, captando la atención del rey.
—Majestad, ¿Usted reconocería la voz de la princesa consorte?
—Es mi esposa, por supuesto que la reconocería.
—Pongase cómodo majestad, bailaré para usted.
El hombre asiente y se acomoda en el diván, esperando las acciones de la jóven bailarina.
Franchesca se mueve con sutileza y elegancia ejecutando un encantador baile. El vestido acompaña cada uno de los movimientos de la princesa haciendola parecer una exótica flor. Cuando nota que el hombre se relaja toma puesto tras él, coloca sus manos blancas sobre los hombros del rey, aplicando suaves y firmes presiones en los músculos para después sacar de entre sus ropajes una pequeña cuchilla y lo amenaza con la misma.
Sebastián queda congelado. Sin embargo, casi de manera inmediata se obliga a relajar el cuerpo. Esta acción desconcentra a Franchesca y Sebastián aprovecha para quitarle la cuchilla, quedando ella bajo él, el hombre mantiene la cuchilla presionando el cuello de la muchacha y de un manotazo retira el velo dorado de su rostro.
—Sorpresa, majestad—Franchesca sonríe cínica. Aún sabiendo que el puede matarla.
El hombre abre los ojos desmesuradamente al reconocer a la mujer, sus ojos negros quedan fijos en los de Franchesca.
—¡Vamos! Cortame el cuello y termina con esto de una vez —grita enfurecida.
—No—grita él también.
—¿Acaso no querías matarme? Pues, esta es tú oportunidad. ¡Házlo!
—Tú escapaste de la ciudad, no tuve más alternativa que creer en las pruebas que mis funcionarios me presentaban.
—¿Pruebas? Estás más ciego que un camello en una tormenta de arena, ¡tus funcionarios te engañan!
—¡Guardias! Lleven a la princesa consorte a sus habitaciones
—Te arrepentirás de no haberme matado, Sebastián Taín
Los hombres custodian a la mujer por los largos pasillos de la mansión real.
—¡Alto!
—General, tenemos órdenes del rey
—Me ha encargado a la princesa consorte
Los hombres se alejan de ella dejándola a cargo del hombre.
La mujer es llevada al calabozo. Con un empujón la obligan a entrar a la oscura y fría celda.
Las horas pasaban y las ideas de escape venían a su mente, sin embargo ninguna era viable, al menos si lo hacía sola.
Aún pensando las puertas del calabozo se abren dejando en el aire un chirrido espantoso.
—Vamos, tenemos que salir rápido —Franchesca sonríe al reconocer la voz de la persona
—Rayna, gracias —se levanta del suelo y sale del calabozo
—Dame tus ropas, debemos cambiarnos y así despistar a los guardias
Las mujeres intercambian sus ropajes, Franchesca lleva puesta la túnica oscura de la mujer, mientras que Rayna su traje de presentación.
—Toma las llaves
Los guardias custodiaban los pasillos cuando alcanzaron a ver a las dos mujeres.
—¡No las dejen escapar!
Franchesca cubre su rostro al igual que Rayna y emprenden la huida, Franchesca corre por los pasillos de la prisión con el corazón en la mano. Ya estaba en la salida de la prisión cuando regresó la vista y se dio cuenta que Rayna había tropezado.