Capítulo 5.

1175 Palabras
Bastian. El día había sido largo, como todos últimamente. El trabajo en la oficina no daba respiro, y aunque mis hombres mantenían las operaciones en marcha, siempre había detalles que revisar, cabos que atar. Mi mente no paraba. Entre los pendientes del día y las incógnitas que todavía giraban alrededor del profesor Ignacio, necesitaba un respiro. Algo que me desconectara, aunque fuera por un par de horas. Por eso estaba aquí, en este club, con el único hombre con quien podía relajarme de verdad: Dante Borrelli. Había sido mi amigo por más tiempo del que podía recordar, casi un hermano. Su humor mordaz y su lealtad inquebrantable eran justo lo que necesitaba en momentos como este. El club era un lugar discreto, exclusivo, donde la música era lo suficientemente alta para mantener las conversaciones privadas, pero no tanto como para ser molesta. La iluminación tenue y las mesas repartidas estratégicamente ofrecían justo la privacidad que requería alguien en mi posición. No era raro encontrarme aquí, pero esta vez sentía que necesitaba más de lo habitual. — ¿Y bien? ¿Qué diablos te tiene con esa cara? — Preguntó Dante, alzando su vaso de whisky mientras se recargaba en el respaldo de la silla. Siempre directo, como de costumbre. Sonreí ligeramente, tomando un sorbo del bourbon en mi vaso. La calidez del licor bajó por mi garganta, relajando un poco la tensión acumulada en mis hombros. — Nada fuera de lo normal. Solo un día complicado. Hay un maldito profesor que parece más importante de lo que debería ser. — Respondí, aunque sabía que Dante no iba a conformarse con esa respuesta. Él arqueó una ceja, divertido. — ¿Un profesor? Eso sí es nuevo. ¿Qué tan peligroso puede ser un tipo que enseña matemáticas o filosofía? — Más de lo que piensas. — Suspiré, dejando el vaso sobre la mesa. Mi mirada se perdió por un momento en el movimiento del club, en las personas que llenaban las mesas y la pista de baile. Mi mente, sin embargo, volvía una y otra vez a los detalles que no lograba encajar. Le expliqué lo básico: Ignacio no era solo un simple profesor. Había algo detrás de él, conexiones que todavía no entendíamos del todo. Y aunque aún no representaba una amenaza directa, el hecho de que alguien como él estuviera en nuestra órbita me incomodaba. Nadie aparecía en mi camino sin una razón, y si había algo que odiaba, era la incertidumbre. — Por ahora, es solo una pieza más en el tablero. — Concluí, tomando otro sorbo. Dante se inclinó hacia adelante, su expresión divertida cambiando por una más seria. — Si me necesitas, sabes que estoy aquí. Pero, ¿De verdad es el profesor lo que te tiene así, o hay algo más? — Lo miré de reojo, con una leve sonrisa. Dante siempre sabía más de lo que decía. — Es parte del problema, pero no todo. — Hice una pausa, considerando si valía la pena mencionarlo. Al final, lo hice. — Hay alguien más… Una mujer. — Su expresión cambió al instante, y una risa baja escapó de sus labios. — Ah, ahí está. Sabía que tenía que haber una mujer en esta historia. ¿Y quién es ella? — Elena. — El nombre salió de mis labios con una facilidad que me irritó. Dante se dio cuenta de inmediato. — Ya veo. ¿Y qué tiene de especial? — Todo. — Lo dije sin pensarlo demasiado. Era la verdad, aunque me costara admitirlo incluso para mí mismo. No había forma de describirla sin sonar obsesivo, pero esa mujer tenía algo que me había atrapado desde el primer momento en que la vi. Dante soltó una carcajada, negando con la cabeza. — Sabes que no eres precisamente discreto cuando algo o alguien te interesa, ¿Verdad? — Lo ignoré, volviendo mi atención al vaso en mis manos. La verdad era que no podía sacarla de mi cabeza, y aunque sabía que no debía, no podía evitarlo. — No es nada. — Dije al final, más para convencerme a mí mismo que a Dante. Él sonrió de lado, claramente no creyéndome, pero no insistió. Sabía que, cuando estuviera listo, le contaría más. El resto de la noche transcurrió sin problemas. Hablamos de negocios, de las operaciones pendientes y de los movimientos recientes de nuestros enemigos. Mis hombres estaban trabajando como un reloj, y aunque siempre había riesgos, por ahora todo fluía con normalidad. El único inconveniente real seguía siendo Ignacio y el misterio de sus conexiones. Cuando salimos del club, ya entrada la madrugada, me sentía más relajado. Pero mientras Dante se despedía con un golpe amistoso en mi hombro, mi mente volvió a Elena. Y aunque intenté apartarla de mis pensamientos, sabía que, al final, no iba a ser tan fácil. Una diosa, me repetí en silencio mientras encendía un cigarro y subía a mi auto. No puedo permitirme distracciones, y menos con Clarissa a mi lado. Suspiré, cansado, dejando que el peso de mis pensamientos se manifestara. La relación con ella era... funcional. Un compromiso de años, casi una obligación. Clarissa está ansiosa por llevar a cabo la boda, como si ese momento fuera a cambiar algo en lo que somos. La verdad es que no creo en esas formalidades. Una ceremonia, un papel firmado, ¿Qué cambia realmente? Nada. Pero no tengo opción. Si no me caso con ella, mis hijos nacerán fuera del matrimonio y no podrán llevar mi apellido. Y ese es un problema que no puedo permitirme. No es por mí, por supuesto. Podría ignorar esas tradiciones arcaicas, pero mi familia no. Una partida de ancianos decrépitos con autoridad y siglos de legado sobre sus hombros. Ellos mantienen vivo el peso del apellido, el prestigio, el linaje. Todo un teatro que detesto, pero del que no puedo escapar. Es mi responsabilidad, o al menos eso me han inculcado desde que tengo memoria. Mi vida no me pertenece del todo, y Clarissa lo sabe. Quizás por eso insiste tanto en la boda: porque entiende que, más que amor, esto es un negocio, un contrato social que debe cumplirse para satisfacer a quienes están al margen de mi vida. La miro a veces y me pregunto si siente lo mismo. Si realmente me ama o si, como yo, simplemente está cumpliendo con su parte del trato. Es atractiva, inteligente, sabe jugar el papel de prometida perfecta. Pero no hay pasión, ni deseo. Todo se siente vacío. Y ahora, aparece Elena, cruzándose en mi camino como un destello de algo diferente, algo vivo. Algo que no puedo ignorar. Es una distracción peligrosa, lo sé, pero maldita sea, no puedo dejar de pensar en ella. Volví a suspirar, cerrando los ojos por un momento. No puedo permitirme flaquear, no ahora. Clarissa está esperando, mi familia está esperando, y mi futuro ya está escrito en piedra. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me pregunto si realmente quiero seguir ese camino. Si todo este legado, estas formalidades, valen la pena.
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