Capítulo 6

1287 Palabras
BASTIAN Llegue a la casa y me reciben con una ráfaga de reproches... — Bastian, cada vez llegas más tarde a casa. Estoy cansada de esto, de tu comportamiento. ¡Estoy embarazada, por Dios! Soy la madre de tus hijos y exijo atención. ¿Crees que es fácil todo esto? Parece que estoy en una prisión. Estoy cansada, aburrida, adolorida. Tus hijos y yo te necesitamos… — Finalizó, su voz quebrándose en un tono de frustración y reproche. Estaba parada en medio de la sala, su figura delgada pero con el vientre que comenzaba a mostrar su avanzado estado. Su rostro reflejaba un agotamiento que iba más allá de lo físico; era mental, emocional. Podía ver la furia en sus ojos, mezclada con algo de desesperación. Pero yo no respondí. Tratar de justificarme o explicarme era inútil. Ella no entendía, no podía entender. Mi mundo no era el suyo, y aunque intentaba mantenerla al margen, su constante exigencia de atención me resultaba exasperante. Sin decir palabra, pasé junto a ella, ignorando el veneno en sus palabras. Ni siquiera la miré cuando subí las escaleras hacia mi despacho. Podía oírla soltar un suspiro de frustración, probablemente esperando que me detuviera, que dijera algo, que mostrara un mínimo de interés. Pero no lo hice. Una vez en el despacho, cerré la puerta tras de mí y exhalé profundamente. Su voz todavía resonaba en mi mente, pero me forcé a apartarla. Este era mi refugio, el único lugar donde podía pensar con claridad, lejos de los reproches, lejos de las emociones que me hacían sentir atrapado. Me acerqué al mini bar y serví un poco de whisky en un vaso bajo. Un trago para calmar los pensamientos. Porque, aunque no quería admitirlo, había algo de verdad en sus palabras. Mis ausencias eran constantes, y no podía negar que la responsabilidad que venía con los hijos que esperaba no era algo que pudiera evadir. Pero no era tan simple. Mi vida no estaba diseñada para ser un padre presente, ni siquiera un esposo ideal. Cada movimiento, cada decisión estaba calculada para mantener el control, para sostener el peso de lo que significaba ser yo. Y Clarissa, por mucho que se esforzara, nunca podría entenderlo. Di un sorbo, dejando que el licor quemara mi garganta. Mis ojos se posaron en la ventana, donde las luces de la ciudad brillaban como recordatorio de todo lo que estaba en juego. Todo lo que debía proteger, aunque significara cargar con su descontento y con el vacío que sentía en este departamento. 《Tus hijos y yo te necesitamos》, había dicho. Pero yo sabía la verdad: no era necesidad, era dependencia. Y eso era algo que no podía permitirme. No podía ser el hombre que ella quería, porque eso significaría traicionarme a mí mismo. La conocí en una de esas reuniones donde los verdaderos negocios no se cierran en la mesa, sino en los gestos y en las palabras medidas. Su padre, un hombre influyente, con contactos que valían millones, había solicitado mis servicios. No porque yo lo necesitara, sino porque él necesitaba algo de mí. Su presencia era imponente, pero lo que realmente captó mi atención fue ella: Clarissa. No me pasó desapercibida ni un segundo. Era hermosa, de esas bellezas que no puedes ignorar aunque lo intentes. Pero lo que más llamaba la atención no era solo su físico, sino la forma en que se manejaba en ese ambiente. Educada, refinada, siempre con la palabra adecuada. Una "niña de casa", como suelen decir. En ese momento, pensé que era simplemente una pieza más en el juego de su padre, una herramienta para ganar simpatías y acuerdos. Sin embargo, Clarissa tenía su propio juego. Poco a poco, se fue metiendo en mi cama, las veces que quiso. Y vaya que supo cómo hacerlo. Cada encuentro era una combinación de placer y control, de la tensión entre su imagen de perfección y lo que realmente era cuando estábamos a solas. Eso me gustó, no lo voy a negar. Me atrajo no solo porque era hermosa, sino porque sabía cómo hacerme sentir… grande. Me trataba como si fuera un dios, como si cada palabra mía fuera una orden divina. Quizás era un fetiche extraño, pero disfrutaba la fantasía de ser venerado de esa manera. Ella me daba algo que nadie más había logrado: la sensación de poder absoluto, incluso en los momentos más íntimos. Con el tiempo, me acostumbré a su presencia, a su forma de enredarse en mi vida. No fue nada planeado, simplemente pasó. Lo que comenzó como encuentros fugaces se convirtió en una relación que carga con expectativas que no comparto. La boda, los hijos, el legado... Todo parece ser un plan permanente armado, pero nunca el mío. Aun así, aquí estoy atado no solo a ella, si no a la idea que representa porque aunque no la ame, ella sabe como jugar su papel. Y en mi mundo donde todo es un juego de apariencias y poder, eso vale más que cualquier otra cosa. Con Clarissa vivimos en un departamento dentro de la ciudad, en un barrio lujoso, de esos que las personas comunes solo ven en revistas o en televisión. No sé cómo describirlo para que quede claro, pero es un lugar que, a pesar de la exposición, me da un tipo de protección diferente. Aquí estoy rodeado de gente, rodeado de ojos que ven y oídos que escuchan. Es una especie de escudo implícito: mis enemigos lo piensan dos veces antes de actuar de manera impulsiva en un lugar tan visible. Sin embargo, he pensado más de una vez en mudarme. Este lugar, aunque cómodo, se siente limitado para lo que realmente necesito. Si alguna vez mis hijos crecen aquí, necesitarán más espacio, más privacidad, algo que este departamento dentro de la ciudad no puede ofrecerme. Quizás ya sea hora de buscar algo más grande, más aislado, donde pueda tener control absoluto. Pero claro, por ahora, todo esto no es por mí… es por ellos. Para ser sincero, nada de lo que hago por Clarissa es realmente por ella. Es solo por los hijos que lleva en su vientre. Lo nuestro nunca fue amor, nunca hubo sentimiento. Fue simple deseo, atracción física, química en su momento. Ella me trataba como un dios, y a mí me gustaba sentirme así. Pero las cosas han cambiado. Desde que su cuerpo comenzó a transformarse, desde que su embarazo empezó a notarse, ya no despierta en mí lo mismo que antes. Eso no significa que no me importe su bienestar. Sé que tiene que estar bien cuidada, bien alimentada, lejos de preocupaciones o tensiones innecesarias. Pero no me interesa más allá de eso. No me quita el sueño si se siente sola, si extraña la atención o si se queja de que no la trato como antes. Su estado actual me da una excusa perfecta para mantenerme a distancia, dejarla tranquila, sin las obligaciones de "atender a un marido". En cuanto a sus sentimientos… honestamente, no los sé, y no me interesa saberlos. No me importa si me ama, si me odia, si está resignada o esperanzada. Clarissa solo es el medio por el cual mis hijos llegarán al mundo, y todo lo que hago ahora es por ellos. Ella es solo un peón más en este juego, una pieza que fue útil en su momento pero que ahora se mueve con un propósito claro: mantener el legado. Suspiré, dejando que estos pensamientos se disiparan por un momento. La rutina continuaba, y había mucho por hacer. Clarissa podía tener su mundo dentro de estas paredes, pero mi vida, mis verdaderos intereses, estaban allá afuera, lejos de este lugar al que, irónicamente, llamamos hogar.
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