Capítulo 7

1074 Palabras
Bastian. Me encontraba en el despacho, tratando de desconectar tras un día lleno de responsabilidades y decisiones. El zumbido de mi celular sobre la mesa interrumpió mi concentración. Un mensaje. w******p. Al abrirlo, noté que contenía un archivo PDF. Andrés, siempre eficiente, nunca dormía cuando había algo que yo necesitaba saber. Con calma, me acomodé en mi silla, tomé un sorbo del whisky que descansaba en el escritorio y abrí el archivo. Mi vista recorrió las primeras líneas, y entonces lo vi. Su nombre. Elena. Aparecía repetido varias veces a lo largo del documento, como si estuviera gritando su relevancia en el asunto. Leí con cuidado. El informe era claro: Elena no tenía nada que ver con mis enemigos, ni con el profesor, ni mucho menos con el incidente de hoy. Solo había sido utilizada, un escudo que el profesor aprovechó para desviar la atención. Ese hombre sabía que alguien iría tras él, y había jugado sus cartas de manera brillante. — Bien jugado, profesor — Murmuré para mí mismo, reconociendo su astucia aunque con cierto desprecio por su cobardía. La segunda parte del informe era más interesante. Andrés, como siempre, había profundizado en los detalles. Esta sección hablaba exclusivamente de Elena, de su vida personal, de sus secretos. Incluso de esas cosas que ella misma preferiría mantener enterradas. Mis ojos recorrieron cada línea con una mezcla de curiosidad y algo que no supe definir de inmediato. Descubrir lo que oculta alguien como Elena siempre tiene su encanto, especialmente cuando su apariencia impecable y su vida aparentemente tranquila contrastan tanto con esos rincones oscuros que todos tienen. — Así que no es tan inocente… — Susurré con una sonrisa que se asomó por mi rostro casi de manera involuntaria. Al final del archivo, había un video. Pulsé sobre el enlace y, en segundos, la pantalla de mi celular mostró imágenes que me dejaron inmóvil, seco, con un vacío en el pecho y una inquietud extraña. Ahí estaba ella, Elena, moviéndose con una naturalidad que no esperaba, mostrándome una faceta completamente diferente. Volví a reproducirlo. Una, dos, tres veces. Las imágenes tenían algo magnético. Cada gesto, cada movimiento suyo, cada expresión parecía gritarme algo que aún no podía descifrar. Había una mezcla de elegancia y misterio que me atrapó más de lo que quise admitir. Apagué la pantalla del celular y lo dejé sobre el escritorio, pero el eco de esas imágenes seguía rondando mi cabeza. Me recosté en el sillón, mirando al techo, con una sola idea clara: necesitaba saber más. Mucho más. No. Necesito verla. Necesito estar ahí, frente a ella, ser testigo directo de cada movimiento, de cada gesto, de cada paso. El video era insuficiente, un mero reflejo, una representación pobre de lo que seguramente era verla en carne y hueso. No podía sacarme de la cabeza esa imagen: Elena moviendo sus caderas al ritmo de la música, tan natural, tan llena de vida, tan… perfecta. Había una fuerza en ella, una sensualidad que parecía envolver todo a su alrededor. Esa mujer no caminaba, desfilaba; no bailaba, hipnotizaba. Dejé el celular sobre el escritorio. El whisky en mi vaso ya no me sabía a nada. Era ella la que ahora me quemaba, la que me tenía inquieto. No podía resistirme. Esa mujer en serio era una diosa. Y yo, un simple mortal, no podía permitirme perder la oportunidad de contemplarla. Necesitaba estar allí, verla con mis propios ojos, dejar que esa presencia suya me impactara de lleno. Me levanté del sillón con una decisión inquebrantable. Si Andrés había conseguido ese video, también sabría dónde podía encontrarla. Y no iba a esperar ni un segundo más. Elena merecía ser admirada como lo que era: un espectáculo reservado para unos pocos privilegiados. Abrí el w******p nuevamente y llamé a Andrés: — Encuéntrala. Quiero saber dónde estará esta noche. Necesito verla. — No sé si era obsesión, deseo o simple fascinación, pero algo en ella me llamaba. Algo que iba más allá de su belleza, más allá de lo que sus movimientos transmitían. Era como si su imagen se hubiera instalado en mi mente, como si ese video no fuera suficiente para saciar la necesidad de estar cerca de ella. Esa noche no terminaría sin que yo la viera en persona. Sin que ese espectáculo fuera solo mío. — No será esta noche. Solo se presenta tres veces por semana.— La voz de Andrés al otro lado de la línea era tranquila, como siempre, pero sus palabras me cayeron como un balde de agua fría. Maldita sea. Maldije internamente mientras apretaba la mandíbula y dejaba caer mi peso en el respaldo del sillón. ¿Tres veces por semana? ¿Y justo hoy no era uno de esos días? La impaciencia me invadió, una que no solía permitirme sentir. Pero ahí estaba, esperando por algo que nunca me había importado esperar antes: verla. — ¿Cuándo se presenta de nuevo? —Pregunté, tratando de mantener la compostura. — Mañana por la noche, jefe. En un club pequeño, bastante discreto. Tengo la dirección. — Perfecto. Quiero todos los detalles. — Entendido. Le enviaré un informe más detallado por la mañana. ¿Algo más? — Cerré los ojos un segundo, intentando calmar la frustración. — Nada más. Eso es todo por ahora. — Colgué y lancé el celular sobre el escritorio. Mañana. Esa palabra me retumbaba en la cabeza como una sentencia. No me gustaba esperar, nunca lo había hecho. Mi mundo giraba en torno al control, a obtener lo que quería en el momento que lo quería. Pero ella, sin siquiera saberlo, me obligaba a hacer algo que no estaba en mi naturaleza: tener paciencia. ¿Qué era lo que tenía Elena que me estaba trastornando de esta manera? Tomé el vaso de whisky y lo vacié de un trago, dejando que el ardor me recorriera la garganta. Mañana. Tendría que conformarme con esa espera, pero cuando llegara el momento… sería yo quien estuviera ahí, sentado en primera fila, viendo a esa mujer moverse con una gracia que parecía de otro mundo. Suspiré pesadamente, me levanté y caminé hacia el ventanal de mi despacho. Las luces de la ciudad brillaban frente a mí, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, en un club pequeño y discreto, donde Elena me haría cuestionar cada parte de mí que creía bajo control. Una diosa no debería ser ignorada. Y yo, como mortal, estaba decidido a rendirle tributo...
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