Capítulo 8

1371 Palabras
BASTIÁN ¿Qué si pude dormir? Sí, pero solo después de algunos tragos. Me recosté en la cama y cerré los ojos mientras mi mente seguía divagando en torno a una mujer que no conozco, una mujer que de alguna manera ha logrado colarse en mi cabeza. Elena. No hubo culpa, ni siquiera un leve rastro de remordimiento al pensar en ella, aun sabiendo que Clarissa dormía en la habitación de al lado. Así ha sido desde hace meses: habitaciones separadas. Es más cómodo, más… práctico. La cercanía con ella se volvió insoportable desde que empezó a presionarme con la boda, con el futuro que ella imagina pero que yo no comparto. Como sea, ya estoy despierto. Son las 7:20 de la mañana. Ya estoy listo, traje oscuro, reloj ajustado, todo en su lugar. Mi rutina nunca cambia, pero hoy mi plan es distinto. Tomé mi celular y envié un mensaje al chófer para que alistara el auto. En cuanto estuvo listo, salí sin perder tiempo. No podía esperar hasta la noche para verla. No podía soportar la idea de dejar pasar un día entero sin al menos estar cerca. — Conduce al colegio “San Giuseppe” — Ordené apenas me acomodé en el asiento trasero. No hubo preguntas, nunca las hay. Mi equipo sabe que no tolero cuestionamientos innecesarios. El trayecto fue silencioso, pero en mi cabeza, todo estaba lejos de estar en calma. Me preguntaba cómo reaccionaría al verla de nuevo, esta vez en persona, lejos de las imágenes de un video. ¿Sería igual de impactante? ¿Podría sostener su mirada, esa que probablemente ignoraba su propio poder? El coche se detuvo a una distancia prudente frente al colegio. Me acomodé las mangas del saco mientras observaba el lugar. Ni un movimiento brusco, ni nada que llame la atención. Hoy soy solo un espectador. Bajé el vidrio apenas unos centímetros y esperé. Los alumnos empezaban a llegar, las madres y los padres dejaban a los niños en la entrada, y entre todo ese caos matutino, la busqué a ella. Y entonces, apareció. Elena. Caminaba con un aire de tranquilidad, su cabello n***o azabache perfectamente liso, cayendo como una cascada brillante sobre sus hombros. Vestía un conjunto sencillo, profesional, pero no había duda: esa mujer tenía algo que no podía ser ignorado. Un imán natural. Una diosa caminando entre mortales. Su piel blanca y delicada parecía esculpida por la divinidad misma, con mejillas teñidas de un rosado natural que irradiaba vida. Sus labios, carnosos y provocativos, eran un llamado silencioso al deseo. El maquillaje apenas rozaba su rostro, destacando con sutileza la perfección que ya poseía. Se veía tan frágil y etérea, como una brisa fresca en un mundo que no estaba a su altura. Miraba mujeres todos los días. En mi mundo, hay cualquier cantidad de ellas: hermosas, seductoras, ambiciosas. Pero esta chica… esta chica no es como cualquiera. Es sencilla, humilde. No viste ropa cara ni lleva accesorios de lujo. No pretende encajar en un molde ni ocultar sus líos existenciales tras una fachada de vanidad. Está siendo simplemente ella. Y esa autenticidad, esa belleza natural sin artificios, es justamente lo que la hace especial. Entretanto, la observo con una mezcla de curiosidad y deseo. Algo en ella me inquieta, me jala, como si su sola presencia rompiera las reglas del juego al que estoy acostumbrado. No sé si me gusta… o si me molesta darme cuenta de que la estoy mirando demasiado. Mi corazón latía más rápido, algo extraño para mí. No estaba acostumbrado a sentir nada, y mucho menos por alguien que apenas conocía. Pero verla ahí, sin siquiera saber que la observaba, fue suficiente para mantenerme en ese estado de cautivadora inquietud. No hice nada, no podía hacer nada. Solo verla bastó para que mi día tuviera un propósito: la certeza de que Elena no sería solo un pensamiento pasajero. Ella era algo más. No sé cuánto tiempo me quedé ahí, pero en ese instante, supe que el deseo de permanecer en la sombra no duraría mucho más. Pronto, tendría que presentarme en su mundo. De alguna forma, esa mujer tenía que saber que yo existía. — Llévame a la empresa. — Fue mi segunda orden, esta vez con un tono seco, casi cortante. Elena ya había entrado a la escuela, y yo… yo no tenía nada más que hacer ahí. Pero no quedé tranquilo. Más bien, peor que antes. El auto arrancó y dejé que mi cabeza se llenara con la imagen de esa mujer, su forma de caminar, la tranquilidad en su rostro. No sabía cómo, pero lograba desarmarme sin siquiera estar cerca. Mi control, mi enfoque, mi rutina… todo empezaba a tambalear, y eso era peligroso. Muy peligroso. Llegué a la oficina, y como siempre, mi presencia era suficiente para que todos enderezaran la espalda y se pusieran en marcha. Sin embargo, mi mente estaba en otro lugar. — ¿Café? — Preguntó mi asistente al verme pasar. — Doble, y rápido. — Entré a mi despacho y cerré la puerta tras de mí. Me apoyé en el escritorio, mirando por la ventana como si la vista de la ciudad pudiera darme respuestas. Pero no las había. Lo único que tenía claro era que no podía dejar que esto me consumiera. No había espacio para distracciones, no con todo lo que tenía en juego. El día empezó a ponerse intenso. Los informes pendientes se acumulaban, las reuniones que había pospuesto esperaban mi atención, y las llamadas entrantes parecían no tener fin. Decidí que trabajaría sin descanso, que terminaría cada pendiente, atendería cada reunión, cada detalle. — Envíame el informe completo de las operaciones en curso, ahora. — Ordené a Andrés por teléfono. La jornada avanzaba, y con cada hora que pasaba, mi frustración crecía. Intentaba sumergirme en el trabajo para distraerme, pero cada pausa, cada silencio, me traía de vuelta a Elena. ¿Por qué? ¿Qué tenía esa mujer que me hacía sentir así? Atendí reuniones, discutí contratos, di órdenes. Era implacable, como siempre. Nadie se atrevió a cuestionarme, pero podía notar las miradas nerviosas de mi equipo. Sabían que algo estaba fuera de lugar. Yo nunca perdía el control, pero ahora... algo estaba diferente. La tarde comenzó a desvanecerse, y aunque había logrado avanzar en todo, el vacío seguía ahí. Elena seguía ahí. Me recosté en el sillón de mi oficina, exhalando profundamente. Necesitaba verla de nuevo. Necesitaba entender qué diablos me estaba pasando. — Andrés, haz lo necesario. Asegúrate de que esta noche todo esté listo. Quiero un informe detallado antes de las 7. — Colgué antes de que pudiera responder. El reloj avanzaba, pero mi mente estaba fija en una sola cosa: la noche traería respuestas. O eso esperaba. Fue un día largo, pero, por lo menos, se hizo más de lo que se debía. Mis empleados deben estar odiándome más. Los había presionado sin tregua, delegando tareas, exigiendo resultados inmediatos, sin dar espacio para excusas o demoras. Que me odien si quieren. Eso no me preocupa, mientras hagan lo que tienen que hacer. Mientras cerraba el último archivo sobre mi escritorio, sentí el peso de la jornada caer sobre mis hombros. Me masajeé la nuca, intentando aliviar la tensión, aunque sabía que el cansancio no venía solo del trabajo. — El auto está listo, señor. — avisó Andrés desde la puerta, con su habitual tono neutral. Asentí sin decir nada y recogí mi saco, colgándolo sobre mi brazo antes de salir del despacho. Al pasar por la oficina, las miradas de mis empleados apenas se levantaban de sus escritorios. Sabían que hoy no era el día para cruzarse en mi camino. El camino al estacionamiento fue silencioso, salvo por el eco de mis pasos. Al subir al auto, respiré profundamente. Sabía que la jornada aún no había terminado del todo. — Llévame a casa primero. — Le dije al chófer al acomodarme en el asiento trasero. Necesitaba una ducha, un cambio de ropa, y luego… luego estaba la noche. El motor arrancó suavemente, y mientras miraba por la ventana, no podía evitar pensar en ella. Elena. Esa imagen volvía a mi mente como un fantasma que no podía exorcizar. ¿Qué demonios me estaba pasando?
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